Un paciente que llevaba tres años ciego por una neuropatía óptica isquémica ha logrado recuperar parcialmente la visión gracias a la implantación de una matriz de microelectrodos en la corteza visual. El avance, publicado en Brain Communications, abre nuevas posibilidades terapéuticas en el campo de la neurotecnología, al tiempo que plantea relevantes interrogantes éticos sobre los límites y usos de la estimulación cerebral.
Un paciente, que perdió la vista por una lesión en el nervio óptico causado por una “neuropatía óptica isquémica anterior no arterítica bilateral”, ha logrado recuperar parcialmente la visión.
El estudio ha sido publicado en la revista Brain Communications y su autor principal es Eduardo Fernández Jover, director del Instituto de Bioingeniería de la Universidad Miguel Hernández de Elche (UMH) y jefe del área de Bioingeniería, Biomateriales y Nanomedicina del CIBER (CIBER BBN).
Fue en 2022, cuando el mencionado paciente se presentó voluntario para participar en un ensayo clínico experimental de la UMH, en el que le colocaron un implante en el cerebro para estimular el córtex, lo que le permitiría reproducir percepciones visuales.
El procedimiento consistió en la implantación en el cerebro del paciente de una matriz de 100 microelectrodos en la corteza visual primaria. Después los investigadores lo estimularon eléctricamente para producir percepciones visuales artificiales.
Tras una serie de pruebas los médicos comprobaron que el paciente había recuperado parte de la visión.
El caso ha sorprendido a los investigadores dado que el paciente llevaba ciego tres años y ha seguido manteniendo algunas funciones visuales tras extraerle el implante cerebral hace tres años. En otros casos de recuperación de la visión se trataba de pacientes con lesiones recientes en el nervio óptico.
La recuperación de la visión le permitió percibir la luz, detectar movimientos e incluso leer caracteres grandes.
Durante seis meses, él y los demás participantes en el ensayo estuvieron entrenando al sistema y fijando umbrales. El entrenamiento consistió en tareas para evaluar la luz, la localización espacial, el movimiento, la agudeza visual y la sensibilidad al contraste.
Dado que esta mejoría visual sólo se produjo en uno de los cuatro participantes en el ensayo clínico, futuros estudios permitirán comprobar si es un caso aislado o si pudiera darse de nuevo en otros pacientes.
Previamente, en 2021 el laboratorio de Ingeniería Biomédica de la UMH ya había implantado un chip cerebral a un paciente ciego, que le permitió percibir letras y formas de objetos.
Antecedentes
Como hemos publicado previamente, otras intervenciones con implantes cerebrales han ofrecido resultados prometedores hasta ahora.
Desde las experiencias de Neuralink, o la implantación en China del chip cerebral Beinao Nº 1 en tres pacientes humanos que habilitan una interfaz cerebro-computadora (BCI), hasta el logro de la recuperación de la capacidad comunicativa bilingüe en un paciente tras un ictus, o la posibilidad de que enfermos de ELA vuelvan a poder comunicarse con su entorno, el avance en el campo de las neurociencias y la computación ofrece esperanzas terapéuticas pero también dilemas bioéticos.
Valoración bioética
La utilización de la estimulación cerebral, invasiva, a través de microchips, o no invasiva, por electroestimulación, es una opción prometedora en la recuperación de pacientes tras accidentes cerebrovasculares o patologías que afectan gravemente a su capacidad para comunicarse, moverse o percibir el entorno, así como otros procesos cognitivos.
La indicación de estos avances aplicados al terreno terapéutico es loable, éticamente aceptable y debe promoverse para que sea accesible todos los pacientes que lo necesiten. Su elevado costo puede suponer una barrera difícilmente superable en el estado actual de la investigación.
Pero junto a esta indicación, pueden proponerse otras de “enhacement” o mejora, que no buscan restaurar funciones perdidas sino implementar nuevas capacidades, mejorando la percepción sensorial, la memoria, u otras funciones cerebrales que confieran una superioridad frente a las aptitudes humanas naturales.
La posibilidad de inducir estados de ánimo mediante estos procedimientos, o alterar la percepción o la conducta de los individuos, así como extraer información cognitiva del cerebro mediante su conexión con computadoras, presenta escenarios de alto riesgo que pueden suponer una violación de la dignidad humana, la libertad y el libre albedrío de los individuos, que contribuyan al sometimiento de unos, los más débiles, por otros, los “mejorados”.
Como siempre, la bioética debe acompañar a las nuevas posibilidades que el avance científico en el área de las neurociencias ofrece en el abordaje del cerebro humano. La neuroética constituye hoy, por tanto, una disciplina imprescindible para que las nuevas posibilidades en este campo se sitúen del lado del progreso y no se conviertan en su amenaza.
Julio Tudela
Ester Bosch
Observatorio de Bioética
Instituto Ciencias de la Vida
Universidad Católica de Valencia

