Por primera vez una persona bilingüe, que sufrió un ictus hace más de diez años que le hizo perder la capacidad de hablar, ha podido comunicarse en inglés y español gracias a un implante cerebral.

La investigación, publicada en Nature Biomedical Engineering, ayuda a comprender cómo procesa el cerebro el lenguaje y en un futuro podría servir para que personas con problemas para hablar puedan comunicarse.

La persona que participa en el estudio sufrió un ictus cuando tenía veinte años que le dejó paralizado y le produjo anartria, enfermedad que le impide articular palabra y que hace que se exprese con gruñidos.

Cuando el paciente tenía treinta años se puso en contacto con Edward Chang, Catedrático de Cirugía Neurológica del Instituto Weill de Neurociencias de la Universidad de California en San Francisco para que investigara los daños cerebrales que le había producido el accidente cerebrovascular.

El equipo de Chang implantó electrodos en el cerebro del paciente para poder registrar su actividad neuronal, que traducía en palabras que aparecían en una pantalla.

El paciente es bilingüe, su lengua materna es el español, pero tras sufrir el ictus aprendió la lengua inglesa.

El equipo, liderado por Alexander Silva, desarrolló un sistema de Inteligencia Artificial para poder descifrar el lenguaje bilingüe del paciente, que consistió en entrenar a la IA para enunciar 200 palabras en una pantalla. Los esfuerzos del paciente para articular palabras crearon patrones neuronales diferentes que fueron recogidos por los electrodos de su cerebro.

Durante más 80 semanas se estuvo monitorizando el cerebro del paciente para intentar predecir las palabras exactas que quería utilizar según su actividad cerebral para poder descodificarlas para formar frases.

Los investigadores aplicaron su sistema de IA, tanto en español como en inglés, a las frases que el paciente trataba de decir.

El funcionamiento del sistema es el siguiente: para predecir la primera palabra de una frase el módulo en español elige la palabra que se corresponde mejor con el patrón cerebral. El procedimiento es similar con las palabras en inglés.

A partir de la primera palabra los dos módulos intentan construir una frase. Para escoger la segunda palabra se basan no solo en el patrón neuronal activado sino también en la probabilidad de que esa palabra siga a la primera en una frase.

Finalmente, se producen dos frases, una en inglés y otra en español, de las que la pantalla de visualización que tiene el paciente solo muestra la que tiene una probabilidad más alta de ser expresada. Los módulos distinguen entre inglés y español con una precisión del 88%.

Los resultados del estudio se contraponen a estudios previos que habían mostrado que diferentes idiomas activaban áreas diferentes del cerebro, pero en este caso los investigadores observaron que gran parte de la actividad de los idiomas inglés y español se realizaba en la misma área.

Además, las respuestas neurológicas del paciente eran bastante similares a las de los niños bilingües a pesar de que él aprendió a hablar en inglés pasados los veinte años. De este estudio se deduce que idiomas diferentes comparten algunas características neurológicas, pero habría que hacer un nuevo estudio con una muestra más amplia de personas para poder confirmar esa hipótesis.

Valoración bioética

La utilización de implantes en el cerebro de pacientes ha sido analizada previamente en nuestro observatorio.

Pacientes con Parkinson que pueden volver a caminar, enfermos de ELA o parálisis que consiguen comunicarse, moverse o deambular, son algunos de los ejemplos del potencial que este tipo de intervenciones tiene en el tratamiento de patologías para las que ahora no existen posibilidades terapéuticas eficaces.

Por tanto, debe promoverse la investigación que permite utilizar dispositivos electrónicos que, actuando sobre el cerebro, pueden llegar a corregir parcialmente las graves limitaciones asociadas con determinadas enfermedades degenerativas o secuelas de traumatismos graves.

La dificultad bioética surge cuando la intención de estas técnicas, invasivas o no, sobre el cerebro humano no es la de corregir deficiencias que limitan a los pacientes afectados sino la de proporcionar nuevas capacidades que exceden los límites establecidos por la naturaleza humana.

La pretensión de la empresa Neuralink de implantar un chip en el cerebro que permita la comunicación del hombre con su smartphone a través del pensamiento es un ejemplo de este tipo de aplicaciones. Potenciar la memoria o acceder a bases de datos informáticas con contenido ilimitado y todo ello a través del pensamiento supondría dotar al cerebro humano de ciertas facultades que se sitúan lejos de lo que la fisiología cerebral es capaz de hacer. Las consecuencias de este tipo de experimentos son impredecibles.

El término “enhacement”, es el utilizado para describir estas intervenciones de “mejora” sobre las capacidades inherentes a nuestra naturaleza, de modo que su implementación daría lugar al “transhumano” en primer lugar y el “posthumano” después.

El simple hecho de incrementar artificialmente determinadas capacidades en el funcionamiento cerebral, diferente de tratar de corregir limitaciones patológicas, no supone una mejora como afirman sus promotores, dado que las consecuencias de su implementación son aún imprevisibles, como los son sus efectos a largo plazo y su contribución a profundizar las desigualdades entre seres humanos.

La aplicación prudente de estas nuevas posibilidades terapéuticas ligadas a la tecnología más sofisticada permitirá ayudar a muchos pacientes y evitar excesos que pueden dañarnos a todos.

 

 

Julio Tudela

Ester Bosch

Observatorio de Bioética

Instituto Ciencias de la Vida

Universidad Católica de Valencia

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