«la medicación no logra curar la infección…»

No hay duda de que el tratamiento antivírico contra el VIH representa uno de los avances más importantes de la medicina de los últimos 25 años. Sin embargo, a pesar de su aplicación prolongada, la medicación no logra curar la infección. Así lo demuestran varios hechos: la detección de ADN y ARN víricos en las células de la inmensa mayoría de los pacientes tratados; la posibilidad de rescatar virus con capacidad replicativa a través de la estimulación ex vivo de linfocitos de su sangre; la persistencia de viremia residual (menos de 50 copias de ARN vírico por mililitro de sangre) en una gran parte de los pacientes; la presencia del microorganismo en tejidos linfáticos secundarios a pesar la medicación; y la reaparición casi universal del virus en la sangre de los que la abandonan.

Por tanto, aunque los antirretrovíricos detienen la replicación del VIH, no consiguen curar la infección, lo que provoca un aumento del número de personas  que conviven con el virus. Ello plantea nuevos retos sobre las consecuencias clínicas que conlleva a largo plazo el tratamiento. Si bien la mortalidad de las personas con VIH continua decreciendo a medida que el tratamiento se va perfeccionando, todavía resulta mayor que en las personas no infectadas probablemente a que las primeras sufren una inflamación persistente y una activación crónica del sistema inmunitario. Además la incidencia de neoplasias, de enfermedades hepáticas, cardiovasculares y neurocognitivas y de pérdida de masa ósea en los pacientes tratados supera la de la población general, en especial cuando los linfocitos T CD4+ son escasos.

Por otro lado, urge reducir los contagios, ya que por cada persona infectada que inicia el tratamiento, se producen dos nuevas infecciones por el VIH. Cabe evitar también las situaciones de estigma y discriminación, que se mantienen  a pesar del acceso a la terapia. Pero hay otro aspecto aún más importante: debido a que el tratamiento debe seguirse durante toda la vida, ello tiene implicaciones para el paciente en cuanto al cumplimiento terapéutico y a las posibles toxicidades, además de suponer un elevado coste económico a largo plazo, lo que limita su acceso universal al mismo. Por consiguiente, el desarrollo de estrategias que persigan una remisión vírica sostenida tras un periodo de tratamiento conllevaría importantes beneficios individuales globales y económicos (Javier Martínez- Picado, Investigación y Ciencia, julio 2013; Fragmento).