Observatorio de Bioética, UCV

El aborto desaparecerá

Aborto / Colaboraciones / Píldora abortiva RU-486

13 febrero
12:23 2014
COLABORACIÓN
En pleno avance del siglo XXI y a la vista del pasado, sostengo que la humanidad, en su mayoría, se opone a la violencia contra la vida humana. Resulta difícil encontrar gente que tenga por principio vital atacar a los demás. Aunque queda mucho por hacer, se han dado pasos históricos en la defensa de la dignidad y en el reconocimiento de los derechos humanos. Negarlo sería quedar inmovilizado en un comportamiento civil pesimista y desmotivante. Prefiero apuntarme al carro de los que se ilusionan en confiar en la humanidad, en la bondad de muchos que están ahogando el mal con abundancia y difusión del bien, aunque el ritmo sea más lento del esperado. Existe el mal pero no el mal absoluto, utopía que nos conduciría a la desaparición.

Hemos abolido la esclavitud mantenida durante siglos. Condenamos la aberración de la tortura y la discriminación racista, la violencia doméstica y los abusos sexuales, los fanatismos terroristas y los crímenes de guerra. Todas ellas, conductas violentas masivamente rechazadas por la sociedad. Hemos alcanzado acuerdos internacionales que respetan la vida de los discapacitados y promueven su inclusión social. Promovemos campañas para ayudar a los damnificados por terremotos (Filipinas). Recaudamos por ONG’s, alimentos, ropa, medicinas, y dinero para reducir la injusticia de la pobreza en el mundo. Apoyamos iniciativas para acabar con el tráfico de drogas, de personas y de armas. Difundimos campañas para reducir los accidentes de tráfico. Mediante negociaciones pacíficas hemos resuelto algunos conflictos bélicos y frenado otros innecesarios (Siria), que hubieran provocado miles de muertos y daños a la naturaleza.

La humanidad entera reconoce sin fisuras un único precepto moral irrenunciable: el de la no violencia. El mundo se pone en pie contra el que viola la vida, atropella la dignidad y anula los derechos de las personas. Sabe que la violencia es su fracaso más estrepitoso, su abismo. Y que el amor a la vida configura, como ningún otro, la fuerza efectiva que ha mantenido cohesionado el mundo a pesar de las grietas del odio. Porque lo que mueve el mundo y acaba triunfando es la benevolencia, querer el bien del semejante y no su mal. A lo largo del tiempo, se ha constatado una cualidad moral innata en el Homo sapiens, una herencia de la humanidad, una experiencia universal que recorre la historia: el reconocimiento del carácter inviolable de la vida humana, y su respeto incondicional. El ser humano aprende de modo instintivo que la vida es un don y no un castigo, una bendición y no una amenaza. Contempla su existencia corporal como el mayor bien, su bien más básico. Y ni el vivir lo registra como una imposición, ni la vida como un daño o un fallo biológico. La supervivencia individual del hombre y la de su familia ha latido siempre en el fondo de su ser como el más intenso de sus instintos animales. Por eso ha peleado insistentemente por su mantenimiento y no por su aniquilación, protegiendo la vida y defendiéndola del peligro a desaparecer. De siempre, recorriendo todas las culturas, la vida ha constituido un acontecimiento celebrativo y no una tragedia. Ha sido un hecho sublime, causa de alborozo y no un suceso vulgar o una noticia lamentable. Por eso, la muerte de un ser querido es el dolor más punzante de los dolores. Y la infecundidad, la mayor frustración de aquellos que se aman y no pueden perpetuar su amor en un descendiente.

Estamos ante una evidencia primigenia que existe en el ser humano: la vida es buena y deseada, es el primero de los bienes físicos protegibles, aunque no sea el único. Refleja una intuición humana, simple y pura de la verdad. El hombre alberga en su conciencia el principio elemental de que debe respetar al otro y no matarlo, y sobre él construye la convivencia. Porque el hombre estrictamente lo que quiere es vivir y dar la vida, no morir.

Ahora, a la humanidad de este siglo XXI, le queda pendiente su mayor reto histórico en favor de esa proclamada no violencia: abolir el aborto. Representa su apuesta moral más relevante para los próximos años: lograr que bajo el amparo del respeto se cubra a todas las vidas sin excepción y durante toda su existencia.

No es difícil entender que la universalidad del respeto por la vida, reivindicado y logrado para muchos, debe alcanzar igualmente a las vidas humanas concebidas. Porque ese respeto y sus consecuentes derechos, se fundamentan exactamente en lo mismo en todas las vidas. Consiste en el principio de dignidad que se aplica idénticamente a cualquier individuo de la especie humana. No tendría sentido reclamar para unos el derecho a la vida y su protección, y negárselo a otros en determinados supuestos. Es ontológicamente contradictorio dado que estamos frente a las mismas vidas en unos casos y en otros: vidas iguales, vidas inocentes y dignas. Resulta una esquizofrenia moral reprobar éticamente, y condenar la violencia de la tortura, la pena de muerte, y el abuso de menores y silenciar el juicio o aceptar la muerte directa de humanos concebidos en crecimiento. Hemos de resolver este extraño cortocircuito ético que apela simultáneamente a la afirmación de la dignidad y a su anulación. Porque estamos siempre ante la misma categoría de seres humanos, individuos con identidad propia como no cesa de demostrar la embriología y la genética modernas.

Si una amplia mayoría social ya se moviliza de maravilla y pacíficamente ante la violencia ¿Qué se ha roto interiormente en algunos miembros de nuestra gran familia cuando ante el concebido directamente abortado no reconocen un acto igualmente de violencia? ¿Qué pensamiento prevalece en una decisión y mentalidad abortista que va contra natura, contra esa natural inclinación hacia el respeto a la vida que la humanidad ha experimentado como la primera de sus inclinaciones?

Estoy convencido de que la humanidad seguirá encontrando ese sano instinto moral en el corazón de sus hombres, y acabará oponiéndose a la violencia en todas sus manifestaciones. De la mano de la mujer embarazada, a su lado, acompañándola y ayudándola, construiremos cada vez más decisiones a favor de la vida. En poco tiempo, el mundo se convencerá – muchos países ya lo están – de que la garantía definitiva de su supervivencia y desarrollo comienza por respetar sin excepciones la vida engendrada. Entonces el aborto desaparecerá. (Las Provincias, 6/2/2014)

 

Emilio García Sánchez

Universidad CEU Cardenal Herrera

Profesor de Bioética – Dpto. CC. Políticas, Ética y Sociología
Cl Luis Vives, 1 46115 – Alfara del Patriarca. Valencia
Teléfono: 96 136 90 00 Ext. 2421 Fax: 96 139 52 72. Móvil: 663649178
E-mail: emilio.garcia@uch.ceu.es

 

El aborto desaparecerá
Relebancia

SINOPSIS: La supervivencia individual del hombre y la de su familia ha latido siempre en el fondo de su ser como el más intenso de sus instintos. Por eso ha peleado insistentemente por el mantenimiento de la vida y no por su aniquilación. En todas las culturas, la vida ha constituido un acontecimiento celebrativo, sublime y que causa alborozo

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