Observatorio de Bioética, UCV

Diagnóstico genético preimplantacional y diagnóstico prenatal. Amniocentesis.

16.1.1 Aspectos generales. Datos estadísticos. Selección de sexo, hijos y enfermos. Consejo genético. Eliminación de discapacitados. Disminución de los niños nacidos con síndrome de Dawn.
16.1.2 Técnicas, eficacia y aplicaciones clínicas. Efectos secundarios.
16.1.3 Valoración ética. Consecuencias sociales y aspectos económicos de su uso. Objeción de conciencia. Aspectos éticos del “enhancement”. Errores en el diagnóstico genético (nacimiento equivocado).

16.1.1 Aspectos generales. Datos estadísticos. Selección de sexo, hijos y enfermos. Consejo genético. Eliminación de discapacitados. Disminución de los niños nacidos con síndrome de Dawn.

1. Diagnóstico genético previo a la implantación del embrión.

Una nueva técnica para el diagnóstico genético de defectos hereditarios se empieza a utilizar, el diagnóstico genético preimplantatorio. Hasta muy recientemente únicamente se utilizaba el diagnóstico prenatal, que se basa en el análisis del liquido amniótico o el de las vellosidades coriales. Ambas técnicas se tienen que realizar con el embarazo ya adelantado. Ahora se introduce el diagnóstico genético preimplantatorio, que como su nombre indica, se realiza en el embrión antes de que se implante en la placenta. Por tanto, solo se puede llevar a cabo en embriones obtenidos por fertilización “in vitro”. Cuando el óvulo se fecunda por el espermatozoide se constituye el cigoto, que inmediatamente, empieza a dividirse en nuevas células. A cada una de ellas se les denomina blastómero. Pues bien, a un embrión de 6 a 10 células se le puede extraer una de ellas, que puede ser genéticamente analizada para comprobar si tienen o no anomalías genéticas, de forma tal que posteriormente solo se implanten aquellos embriones sanos. Es indudable que desde un punto de vista biológico, el diagnóstico genético preimplantatorio es un objetivo avance, pero cuando se considera su vertiente ética muestra objetivas dificultades. La primera es establecer los límites de normalidad de ese embrión. Es decir, determinar los criterios que van a permitir a ese embrión que sea o no implantado. En este momento ese criterio puede oscilar entre variables tan genéricas, como que sea varón o hembra, hasta anomalías cromosómicas, como pueden ser el síndrome de Down o distintas alteraciones genéticas, pero indudablemente puede ser extendido para seleccionar el embrión que se desee de acuerdo a otros criterios que pueden abarcar las más peculiares posibilidades somáticas. Es decir, se puede estar abriendo una puerta a actitudes claramente eugenésicas. Desde un punto de vista médico, el diagnóstico genético preimplantatorio se puede utilizar principalmente en tres circunstancias: a) para determinar el sexo del embrión y así poder controlar las enfermedades ligadas al sexo, b) para diagnosticar enfermedades ligadas a un solo gen, como puede ser la fíbrosis quistica y c) para detectar anomalías cromosómicas, como puede ser el síndrome de Down. Todo ello, sin duda, parece positivo, pero su valoración ética abre importantes incógnitas. En la primera circunstancia, para la determinación del sexo, se podría aplicar, por ejemplo, a embriones provenientes de madres transmisoras de hemofilia. Esta enfermedad la transmiten las mujeres y la padecen los varones. Por tanto, se podrían no implantar los embriones varones. Pero no todos los varones la padecen, por lo que se podrían eliminar un sustancial porcentaje de varones sanos. Por otro lado, esta enfermedad, la hemofilia A, es una de las enfermedades en donde parece que de una forma más eficaz se esta aplicando la terapia génica. Por tanto, se podrían eliminar embriones, que es muy posible, que en unos pocos años, podrían ver resuelto su problema médico de una forma definitiva. En el caso del Síndrome de Down, habría que preguntarse cual es la legitimidad para eliminarlos antes de nacer, y así con cualquier otra patología, pues el valor de esas vidas no depende de sus cualidades, sino de la incuestionable dignidad de la vida humana.

Por otro lado, el uso de estas técnicas, especialmente para el Síndrome de Down, no está legalizado en la mayoría de los países, aunque puede ser realizado en algunos, como en Estados Unidos e Italia, llevando implícitas objetivas dificultades para la pareja, tanto sicológicas, como médicas e incluso económicas, pues no hay que olvidar que una técnica que no puede garantizar, en términos generales más allá de un 25% de éxitos, puede costar por ciclo iniciado alrededor de 1 millón y medio de pesetas.

Los datos sobre diagnóstico genético preimplantatorio son todavía escasos, pues no hay que olvidar que se trata de una técnica reciente. En un amplio estudio realizado en 886 parejas, en las que se promovieron 1318 ciclos de diagnóstico genético preimplantatorio, durante un periodo de 7 años, menos del 25% tuvieron niños sanos (Human Reproduction 15, 2673,2000). En este estudio el diagnóstico genético preimplantatorio fue erróneo en 4 casos.

Sin duda, como en muchas otras circunstancias en las que se pueden aplicar las nuevas tecnologías biomédicas, especialmente en aquellas que se utilizan en los primeros momentos del desarrollo humano, se plantean importantes problemas éticos, que deben ser profundamente debatidos, conjuntamente con los beneficios que de las nuevas tecnologías puedan derivarse.

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2. Selección de hijos por diagnóstico genético preimplantacional.
   
El diagnóstico genético preimplantacional es objetivamente una técnica eugenésica pues selecciona a los hijos para permitirles nacer por  motivos de salud. Por ello, ha sido condenada explícitamente en el reciente documento publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe el pasado 12 de diciembre.   Así, el punto se lee: el diagnóstico preimplantatoria es la expresión de aquella mentalidad eugenésica que “acepta el aborto selectivo de niños afectados por varios tipos de anomalías. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de “normalidad” y de  bienestar físico, abriendo así el camino a la legalización clínica del infanticidio y de la eutanasia.

Pero no solamente se puede y quiere aplicar estas técnicas para la selección  de niños sanos, sino que también ahora, como ya hemos referido en este mismo número de Provida Press  se quiere utilizar para seleccionar niños con un defecto físico, en este caso sordera, porque sus padres consideran que el ser sordos es un bien deseable. Esto ha  sido propuesto y hecho (Genet Conns 10; 121-31, 2001 y British Medical Journal 335; 1069, 2007). Por ello, se está discutiendo en el Reino Unido la posibilidad de incluir una enmienda legal que trate de impedir este disparate social.

Así, la “Human Fertilisation and Embiology Act” de 1990, trata de incluir una enmienda para que se discuta en el Parlamento, la anterior propuesta. La cláusula que se quiere introducir (cláusula 14, sección 4, número 9, líneas 23 a 30, en su página 10), afirma: “que personas o embriones que se conozca que tienen un gen, cromosoma o anormalidad mitocondrial que les confiera un riesgo serio de una discapacidad psíquica o mental, enfermedad grave u otra condición  médica seria no podrán ser preferidos a aquellos que se conozca que no tienen ninguna anormalidad” (BMJ, 338; 976, 2008).

Verdaderamente parece impensable que una sociedad avanzada se tenga que proponer que la vida de una persona sin discapacidades haya que preservarla legalmente para que no sea destruída.

Esto nos hace reflexionar sobre la importancia que en bioética tiene abrir puertas que después, en ocasiones, no va a ser fácil cerrar. Se abre la mano para algo que puede parecer tan normal como utilizar el diagnóstico genético preimplantacional para procurar que nazcan niños sin discapacidades, al margen de los embriones que se pierden en este proceso, y se termina utilizando la misma técnica para favorecer que nazcan aquellos que tienen la discapacidad que a sus padres les interesa. En este caso concreto para facilitar que puedan producir niños sordos. 

Sin embargo, incluso esta propuesta está causando controversia en el Reino Unido, pues la sección 4 (9) de la cláusula 14, que estamos comentando se afirma es discriminatoria al defender que los niños sordos son de menor valor biológico que los que oyen o que cualquier otro embrión. Los sordos desean tener los mismos derechos para tomar decisiones sobre sus hijos que los que oyen.

Sin embargo, a nuestro juicio es este un debate equivocadamente planteado,  pues la dignidad de las personas humanas no depende de sus condiciones físicas, que en nada le afectan, sino de su naturaleza humana, se es digno por ser humano, por ser persona, al margen de que se pueda sufrir alguna discapacidad, pero la propia discapacidad no predispone a un ser humano para hacerle más digno que otro, hasta el punto de que esa anomalía sea causa fundamental de que se le pueda permitir vivir o no, ¡ver para creer!.

Justo Aznar.

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3. Se reabre el dilema ético de conocer el sexo del bebé antes de nacer.

Para las parejas que intentan tener un bebé, la pregunta número uno que se puede responder con una simple prueba es: ¿estoy embarazada?  Y la número dos podría llegar pronto: ¿es un niño o una niña?

Durante años, las respuestas fiables sólo han podido ser dadas por pruebas invasivas como la amniocentesis y el muestreo de vellosidades coríónicas. Las compañías de análisis genéticos han buscado una alternativa más fácil. Dicen que se puede identificar el sexo de un bebé apenas unas semanas después de la concepción detectando la existencia del cromosoma Y en la sangre de la mujer embarazada (si lo encuentran, el bebé será un niño; si no, una niña).

El problema es que estas pruebas dirigidas al público general que no están reguladas por las autoridades sanitarias son a menudo falsas. El principio biológico que las sustenta es correcto, pero en realidad la capacidad de encontrar evidencias de un cromosoma Y en la sangre materna varía ampliamente. Por ejemplo, en un estudio de 2004 un consorcio de cinco centros médicos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos recibió muestras de sangre de cien mujeres que estaban entre las semanas 10 y 20 de embarazo. Esos centros utilizaron el mismo método en busca de los cromosomas Y en la sangre, pero ninguno fue capaz de detectar los 35 fetos de sexo masculino. Según el estudio, la tasa de detección osciló entre el 31 y el 97 por ciento.

Ahora un equipo holandés informa de un nuevo método para esta detección en la sangre materna, que según ellos tiene un éxito del 100 cien en  determinar el sexo de un bebé siete semanas después de la fecundación. El estudio incluyó a 201 mujeres embarazadas, cuya sangre fue extraída entre 2003 y 2009. Ha dado resultados concluyentes en 189 casos, y todos eran correctos, según se publica en el ultimo número de Obstetrics & Gynecology.

La idea que subyace tras esta prueba no es simplemente dar a los padres más tiempo para comenzar a pintar el cuarto de los bebés de color rosa o azul. Más bien se encamina a detectar trastornos genéticos ligados al sexo. Por ejemplo, la distrofia muscular de Duchenne y la hemofilia están vinculados a problemas con el cromosoma X y por lo tanto casi siempre ocurren en los varones.

Los resultados de los análisis de sangre son significativos para algunas de las mujeres del estudio. Entre las 156 mujeres que se sometieron a pruebas por el riesgo de un trastorno ligado al cromosoma X, los resultados permitieron al 41 por ciento evitar los procedimientos invasivos para detectar la enfermedad.

Otras 27 mujeres incluidas en el estudio estaban en riesgo de dar a luz a bebés con un trastorno genético conocido como hiperplasia suprarrenal congénita, que provoca el desarrollo de las niñas como niños. Para evitar esto, las mujeres comenzaron a tomar dexametasona  tan pronto como supieron que estaban embarazadas. Suspendieron el tratamiento una vez que la prueba de sexo reveló que los fetos eran masculinos.

Pero sólo porque la prueba sea correcta no significa que esté libre de riesgos. Algunos futuros padres podrían tener en cuenta estos resultados para decidir si continuar con un embarazo, especialmente si estaban esperando un bebé de un sexo determinado.

Arthur Captan, bioético de la Universidad de Pensilvania, dice que estas pruebas están plagadas de problemas éticos. Incluso si los médicos las recomiendan para la detección de una condición médica legítima, ésta podría “conducir a un aborto por razones no médicas”. Con estas preocupaciones en mente, los investigadores holandeses destacan que “la prueba se debe aplicar con cuidado y en un entorno clínico” (Karen Kaplan. Los Angeles Times, 19-I-2010. Traducido DM, 26-I-2010).

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4. ¿Es ético producir niños discapacitados?

Esta pregunta que a algunos nos parece verdaderamente chocante, sin embargo, ha suscitado en el mundo bioético anglosajón un amplio debate.

Todo arranca de la decisión de una pareja de lesbianas norteamericanas sordas, Sharon Duschenau y Candy Collough, de intentar producir por fecundación in vitro un niño que fuera sordo como ellas (ver Provida Press nº 302 y 324). Con tal fin una de las dos  fué inseminada con esperma de un varón sordo, que además tenía un historial previo  de cinco generaciones de sordos. Pues bien, al final, parece que consiguieron  su objetivo, tener un niño sordo y así poder formar un grupo, no me atrevo a llamarlo familia, de sordos.

Este hecho, que a muchos nos parece distante de cualquier valoración ética positiva, a otros les parece que es merecedor de un más amplio debate.

En este sentido, Melissa Seimour ha publicado en Bioethics (DOI: 10.1111/j-1467-8519, 2009-01752.x) un artículo en el que de nuevo se plantea la eticidad de producir niños sordos.

En dicho artículo la autora sostiene que “la valoración ética que merece la producción de niños sordos no es tan simple como la amplia respuesta negativa que la comunidad de personas y oyentes sugiere”. Seimour incluye la valoración ética de la producción de niños con discapacidades dentro de la ética de la procreación. La nueva lección que debemos aprender del caso del niño producido sordo, afirma Seimour, es que en una edad de impresionantes oportunidades de utilizar nuevas técnicas reproductivas, se necesitan normas éticas, no tanto para valorar si es correcto o no utilizar dichas técnicas de reproducción, si no si es lícito, dentro del ámbito de la libertad humana, elegir las técnicas que los padres consideren más idóneos para conseguir el objetivo que persiguen, todo ello acorde con el utiliarismo más rampante. Comenta la autora que la eticidad de reproducir niños sordos no puede ser valorado únicamente en relación al bien del niño producido, sino con la libertad reproductiva de los padres biológicos, en este caso las madres, por lo que si esta es prioritaria, la decisión de utilizar dicha libertad en el sentido que se desee, en este caso la de producir niños sordos, no puede ser condenable.

Esta teoría ética engarza con la ya defendida por Savulescu, prestigioso profesor de la Universidad de Oxford, que contrapone (Provida Press nº 324) el Principio de Beneficiencia Procreativa, que sostiene que siempre hay que procurar lo mejor para el niño creado, con el de Autonomía Procreativa, que defiende que la pareja progenitora podría producir el niño en función de sus propios intereses. Pues bien, Savulescu se inclina por la prevalencia de la Autonomía Reproductiva, por lo que Sharon Duschnau y Candy Collough, estarían en su derecho de producir el niño sordo, que es lo que deseaban.

Ciertamente no parece que la postura de Savulescu  sea sostenible, pues la salud siempre debe prevalecer como un bien sobre la enfermedad y el derecho a la salud, sin duda, sobre el hipotético derecho a la enfermedad. A nuestro juicio, siempre el bien del niño debe prevalecer sobre el derecho de quienes lo producen, especialmente si tal derecho es tan aberrante como el de producirlo discapacitado.

Justo Aznar

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16.1.2 Técnicas, eficacia y aplicaciones clínicas. Efectos secundarios.

1. Diagnóstico preimplantacional y selección de embriones.

El diagnóstico preimplantacional se aplica a embriones de pocos días, obtenidos por fecundación in vitro, de padres portadores de una enfermedad hereditaria, para detectar qué embriones están enfermos o pueden ser posibles transmisores de la enfermedad de sus padres, para después permitir vivir solamente a los sanos. Así se consigue obtener niños que no padecen la enfermedad de sus progenitores.

Esto es, en esencia, lo que se realizó el pasado mes de junio en una clínica de Alicante, dedicada fundamentalmente a la reproducción asistida, y lo que se difundió en muchos medios de comunicación social, con gran alarde tipográfico, anunciando que se había conseguido curar, por primera vez en el mundo, a una niña que podía haber nacido siendo transmisora de retinosquisis, una enfermedad hereditaria que la transmiten las mujeres, pero no la padecen y que la padecen los hombres, aunque no la transmiten.

Sin embargo, nada más alejado de la realidad médica que este anuncio de curación. En este caso sencillamente se llevó a cabo una práctica eugenésica, al determinar qué embriones podían ser enfermos (parte de los embriones varones) y cuales transmisores de la enfermedad (parte de los embriones hembra) y eliminarlos, implantando únicamente un embrión hembra sano, del cual ha nacido la niña en cuestión.

Es decir, no se ha curado a nadie. Luz, que así se llama la pequeña, siempre fue un embrión, después un feto y ahora una niña, sana.

No queremos hacer ningún juicio ético de valor sobre la legitimidad de la eugenesia terapéutica, creo que por si sola se califica, simplemente dejar constancia que ésta se basa en la selección de embriones, eliminando a los enfermos y permitiendo vivir a alguno de los sanos. Por ello, nos parece que en esta ocasión ha habido una grave manipulación informativa, al calificar como curación de una enfermedad hereditaria una práctica eugenésica.

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2.  Efectos    del   diagnóstico   genético   preimplantacional   sobre   los embriones utilizados.

Un importante tema para evaluar el diagnóstico genético preimplantacional (DGP) es determinar si la extracción de una célula del embrión temprano influye en su viabilidad. Nuestros lectores conocen que el principal objetivo del DGP es tratar de producir niños sanos de padres que padecen una enfermedad genética o hereditaria. Para practicarlo se producen, por fecundación in vitro, varios embriones, generalmente entre 6 y 10, y después se analiza cada uno de ellos para comprobar cual es portador o no de la enfermedad de sus padres. Una vez conocido esto se implanta en la madre uno o dos embriones sanos y los restantes se congelan o desechan. La principal dificultad ética de esta técnica es que se trata de una práctica claramente eugenésica, pues se seleccionan a los embriones, para permitirles vivir, por una razón de salud, ya que, como se ha comentado, se implanta a los sanos y se desecha a los enfermos.

Para comprobar qué embriones están enfermos o sanos, lo que se hace es extraerle una célula (blastómero) cuando el embrión tiene entre 4 y 8  células, para analizarla y conocer si han heredado la enfermedad de sus padres.

Consecuentemente también incide  en la valoración ética de la DGP, el  hecho de que los embriones analizados puedan quedar afectados en su viabilidad al quitarles una célula de su incipiente cuerpo, pues no hay que olvidar que solamente tienen entre 4 y 10 células.

Para valorar esto último un grupo de investigadores belgas realiza un  estudio, que publica en Human Reproduction (24; 2988-2996, 2009), en el que se compara la viabilidad de estos embriones manipulados.

Estudia tres grupos de embriones: 1) embriones a los que solamente se le extrae una célula, 2) otro al que se le extraen dos y 3) un grupo control al  que no se le extrae ninguna célula. Los embriones incluidos en cada uno de los grupos fueron 182, 259 y 702. Todos los embriones a los que se les practicó el DGP se les extrajeron las células en el día 3 de vida,  cuando tenían 8 células.

Los autores comprueban que la formación de blastocistos fue significativamente mejor en el grupo III, que en el grupo II y similar a la del grupo I. El total de nacimientos fue significativamente mayor en el grupo I que en el II y parecido entre el I y el III. Esto demuestra que la extracción de una célula no parece  afectar la viabilidad del embrión biopsiado, pero sí cuando se le extraen dos.

A pesar de estos resultados otros trabajos (Human Reproduction 23; 481-492, 2008) si que comprueban la existencia de efectos negativos en los embriones biopsiados, por lo que sin duda se necesitan más estudios para confirmar si el DGP lesiona o no a los embriones biopsiados.

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3.  Metabolómica. Una nueva técnica para seleccionar embriones.

Un importante problema de la fecundación in vitro son los embarazos múltiples. Para solucionar este problema la medida fundamental es implantar pocos embriones. En nuestro país, la Ley de Reproducción Humana Asistida, de mayo de 2006, fija un máximo de tres embriones par ser implantados, aunque lo deseable, para evitar con mayor seguridad embarazos múltiples sería implantar solamente uno  o dos. Pero para hacer la técnica más eficiente, esta práctica debe ser complementada con la transferencia a la madre de los de mejor calidad. Es decir, se requiere evaluar la calidad de los embriones producidos y transferir uno o dos de los mejores. Esto naturalmente conlleva desechar el resto, por lo que desde un punto de vista ético se trata de una técnica claramente eugenésica.

Generalmente los especialistas encargados de la selección de los embriones se guían por varios criterios, pero especialmente por el aspecto morfológico observado al microscopio. Esta práctica se aplica en el 80 % aproximadamente de los casos. En el resto se suelen aplicar procedimientos invasivos, es decir, técnicas que analizan una célula extraída del embrión para evaluar su calidad. Indudablemente esta técnica tiene riesgos para el propio embrión, por lo que se intenta reducir su aplicación.

Consecuentemente, de lo que se trata, desde un punto de vista estrictamente metodológico, es buscar una técnica que nos indique cual es el embrión de mejor calidad, con seguridad  y sin dañarlo.

Con este objetivo se está desarrollando la metabolómica, es decir el estudio del metabolismo del embrión que se quiere implantar.

Técnicamente consiste en analizar una serie de parámetro bioquímicos en el medio en el que se encuentra inmerso el embrión, para tratar de conocer  lo que el embrión elimina y consume. El problema está ahora en conocer cuales de estos parámetros son los idóneos para conocer la calidad del embrión.

Incluso se están creando empresas dirigidas específicamente a este fin, como la estadounidense Molecular Biometrics, o en nuestro país Embryomics. Todo ello, pensando en el negocio económico que estas nuevas técnicas pueden suponer.

Pero al final de la historia, desde un punto de vista ético, no hay que olvidar que la metabolómica, por su propia naturaleza, es una técnica de base eugenésica.

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16.1.3 Valoración ética. Consecuencias sociales y aspectos económicos de su uso. Objeción de conciencia. Aspectos éticos del “enhancement”. Errores en el diagnóstico genético (nacimiento equivocado).

1. Peligros del diagnóstico genético preimplantacional.

El diagnóstico genético preimplantacional (DGP) se utiliza para determinar que embriones producidos por fecundación in vitro, hijos  de una pareja que padece una enfermedad genética o hereditaria, no la han heredado. Para llevarlo a cabo, cuando los embriones tienen 8 células, alrededor de los tres días de vida, se les extrae una célula para determinar si son  portadores de la enfermedad de sus padres. Alguno de los sanos, no más de dos, se implantan en la madre y el resto se destruye.

El DGP se empezó a utilizar en 1990, para detectar y desechar embriones machos que pudieran ser portadores de una enfermedad ligada al sexo. Su utilización ha ido en aumento, y así un informe sobre esta práctica en Europa (Human Reproduction 22; 323, 2007), que incluye aproximadamente los dos tercios de los DGPs realizados en este continente, muestra que mientras en 1991 se realizaron 131 DGPs, en 2003 esta cifra llegó a las 2984. En el año 2007, según se comenta en (Nature 445; 479, 2007), se han implantado más de 1000 embriones a los que se les había quitado una célula para practicar el DGP.

Sin embargo, según se indica en el artículo que se está comentando (Nature 445; 479, 2007), muchos especialistas están preocupados porque no saben con certeza si al usar el DGP en  enfermedades concretas se consigue aumentar el número de niños nacidos sanos  y si, por otro lado, el  extraer una célula de un embrión de 8 no puede tener algún efecto negativo para ese embrión si luego se implanta, nada más nacer o a lo largo de su vida.

Aparte de usar el DGP, para determinar si un embrión es portador de una enfermedad genética o hereditaria, gran número de DGPs se utilizan para detectar embriones aneuploides (embriones que no tienen 46 cromosomas. Tienen 23, monosomías, o 69, trisomías). La posibilidad de que aparezca esta anomalía aumenta con la edad de la madre. Más de dos tercios de los DGPs realizados en Estados Unidos se llevan a cabo para detectar embriones aneuploides y la mitad aproximadamente de las realizadas en Europa. Los embriones aneuploides tienen más posibilidad de ser abortados o de generar niños con defectos al nacer.  Por ello, se preconiza utilizar el DGP  para detectarlos, pensando que así se podrían reducir los abortos espontáneos y que habría que transferir menos embriones para producir niños sanos. Sin embargo, en el momento actual existe un intenso debate sobre si con el uso de esta práctica se consigue o no reducir el número de abortos. Algunos autores, como Verlinsky, encuentran que utilizando el DGP los abortos espontáneos caen de 68 % a 28 %. Pero otros autores, obtienen distintos resultados. Tampoco está bien determinado si utilizando la DGP específicamente en los casos en los que existe más riesgo de que se produzcan embriones aneuploides, como es el de las mujeres de más de 37 años, se consigue que nazca mayor número de niños sanos. En relación con ello, como se comenta en Nature (445;479,2007), en un estudio belga, realizado con mujeres que tenían 37 años o más, cuando se utilizó el DGP nacieron menos niños sanos que en el grupo de mujeres en donde  no se practicó. Otros autores han encontrado similares resultados. Esto hace que haya aumentado la controversia sobre la conveniencia o no de utilizar el DGP dirigida a diagnosticar aneuploidías.

Pero como ya se ha comentado, hay otro problema adicional, como es el hecho de que no se sabe bien si el  propio DGP puede ser peligroso para el embrión que lo sufre. En efecto, hasta ahora se pensaba que cada una de las 8 células de ese embrión temprano eran exactamente iguales y que extraer una de ellas no presuponía peligro alguno para el embrión. Sin embargo, estudios recientes muestran que las características bioquímicas de estas células no son idénticas y que posiblemente cada una de ella pueda dar lugar a tejidos distintos (Nature 445; 214, 2007), por lo que extraer una célula podría dificultar su desarrollo o afectar la salud del niño a largo plazo. Esto último es difícil de saber, pues los niños nacidos tras utilizar el DGP no tienen más de 10 años de vida, por lo que no se pueden conocer  como podría el DGP afectar a su salud cuando tengan más años. Por ello, muchos expertos están de acuerdo en que se necesita hacer un gran esfuerzo para conseguir datos sobre la salud de los  niños nacidos tras utilizar el DGP.

Como resumen, y al margen de la valoración ética del DGP, que por otro lado es imprescindible, los expertos parecen estar de acuerdo  que para evitar tener un hijo con una severa enfermedad genética, probablemente merece la pena utilizar el DGP, pero que, para evitar que se generen embriones aneuploides, la utilidad de ésta técnica es menos clara.

Pero como también se desconoce el peligro que para el futuro niño puede suponer el quitarle una célula en sus primeras etapas de vida, como anteriormente se ha comentado, se están explorando otras posibilidades para determinar si el embrión, hijo de unos padres con una enfermedad genética o hereditaria, también es portador de la anomalía genética de sus progenitores, como pueden ser detectar moléculas secretadas por el embrión que identifiquen tal anomalía o analizar alguna de las células destinadas a formar parte de la placenta. De todas formas,  como se recoge en el artículo que estamos comentando, Catherine Racowsky, directora del laboratorio de reproducción asistida del Hospital de Mujeres de Boston, manifiesta que “cuanto menos se perturbe al embrión, mejor, pues no conocemos si realmente estamos haciendo algún daño al extraer las células a los embriones tempranos”.

Finalmente, y al margen de estos comentarios relacionados con el artículo de Nature (445; 479, 2007) a que nos estamos refiriendo, por nuestra parte es imprescindible recordar que el DGP es una práctica claramente eugenésica, pues utilizándola se permite vivir o no a unos seres humanos en función de su salud, algo que nos parece contrario a las más elementales norma ética.

Justo Aznar.

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