Lady for a Day (Dama por un día, 1933)[1] constituye un alegato en favor de la ilusión como elemento clave para disfrutar en plenitud de la vida. El argumento es sencillo. Toda la ciudad de Nueva York, con el gobernador y el alcalde a la cabeza, instigados por un gánster que por una vez quiere hacer el bien, se sumarán a un cuento de hadas compartido: que la hija de una vendedora ambulante de manzanas, a la que su madre envió a España a criarse desde recién nacida para conseguir para ella un mejor futuro, pueda seguir pensando que su progenitora es una mujer de la alta sociedad y que, así, se la pueda presentar al padre de su novio —un caballero español que ha venido a Nueva York a conocer a su familia—, para que preste su consentimiento al enlace. De este modo nos plantea si la ilusión es un elemento imprescindible para vivir la vida con sentido. Algo que el cine se encuentra en las mejores condiciones para poder suministrar una reflexión de este tipo a la bioética personalista.
Lo que el cine puede hacer por la bioética personalista
Es una idea acertada que se repite y se escucha con facilidad que quien ama el cine ama la vida. Quizás se necesitaría apostillar que el cine que habitualmente se ama tiene un elemento personalista: nos ayuda a reconocer la dignidad de las personas, con un particular aire de fiesta. Todo ello se cumple de manera ejemplar en la película de Frank Capra Lady for a Day (Dama por un día, 1933)[2].
Desde las primeras escenas se nos invita a considerar que detrás de quienes parecen situarse en lo más bajo de la escala social —los pobres y
La cámara centra la atención en Apple Annie (Annie Manzanas, May Robson), una vendedora ambulante de manzanas, que cuenta con la protección de un gánster, Dave the Dude (David el Dandy, Warren William), que considera que las frutas que ella vende le traen la buena suerte que necesita para sus “negocios” y apuestas. De este modo, Capra presenta al personaje que habitualmente aparecía como el terrible gánster de las películas de los años treinta[3] con un toque de ingenuidad infantil, hecha patente cuando lo vemos apostar con otro mafioso llamado El griego (Harry Semels) si una mosca se posaría antes en el terrón de azúcar de uno o de otro.
Pero la historia personal de Annie es incomparablemente más densa. Quien parece tan sólo una pedigüeña anciana y alcoholizada, que con algo de rudeza lidera una red de menesterosos, esconde un secreto difícil de imaginar. Hace dieciocho años que fue madre soltera —no se nos aportan datos sobre el padre, pero por la expresión posterior de otra mendiga vendedora de flores, Tiny Jones, deducimos que pudo ser una gran dama que por esa causa vino radicalmente a menos[4]— y tomó la valiente y conmovedora determinación de sacrificarse por darle la mejor vida posible a su recién nacida. Así envió a su pequeña Louise (Jean Parker) a España para que fuera criada y educada allí —se mencionan Barcelona y Valencia—, lejos de ella y de su infortunio, para que pudiera tener una vida mejor y más feliz. En un momento dramático de la película en el que cree que va a ser descubierta, Annie le confiesa al Conde Romero (Walter Connolly), padre de Carlos, el prometido de su hija (Barry Norton): “Desde que nació, solo he tenido un pensamiento en mi mente: su felicidad.”
La “ilusión” en sentido positivo y el “desvivirse”
Aquí se encuentra el núcleo de la fuerza argumentativa de la película de Capra. Annie ha centrado su vida en una ilusión que le ha permitido vivir con esperanza, fuera de ella misma y sus miserias. Julián Marías, en una breve obra que constituye una auténtica joya, titulada Breve tratado de la ilusión[5] precisa que hay dos nociones que permiten entender lo que está viviendo Annie: “ilusión”, en su sentido positivo, y “desvivirse”. Con respecto a la primera, el filósofo vallisoletano señala que está directamente relacionada con la condición futuriza de la vida humana[6], es decir:
“… que, siendo real y por tanto presente, actual, está proyectada hacia el futuro, intrínsecamente referida a él en la forma de la anticipación y de la proyección. Esto, claro es, introduce una “irrealidad” en la realidad humana, como parte integrante de ella, y hace que la imaginación sea el ámbito dentro del cual la vida humana es posible. Si el hombre fuese solamente un ser perceptivo, atenido a realidades presentes, no podría tener más que una vida reactiva, en modo alguno proyectiva, electiva y, en suma, libre”.[7]
Y la consecuencia de ilusionarse, de tener ese sentido proyectivo de la vida, da contenido a la segunda noción, la de “desvivirse”.
“Ilusión es un nombre; pero a algo tan activo, proyectivo y dramático le pertenece una acción verbal, lingüísticamente un verbo. Hay, ciertamente, el verbo “ilusionar”, en forma pronominal “ilusionarse”; pero significa la acción o proceso por los que se llega a la ilusión o se provoca en otro, mediante los cuales se está ilusionado. Pero una vez que se está ilusionado, ¿qué se hace? ¿En qué consiste propiamente la vida del que está ilusionado, dominado por la ilusión?
Es maravilloso que ese verbo exista, y que sea precisamente otro de esos prodigiosos hallazgos de la lengua española, otro de los secretos de esa manera de estar instalado y proyectarse que es la nuestra. Ese verbo es el extrañísimo desvivirse”.[8]
De este modo, entre la ilusión y el desvivirse se produce un movimiento recíproco.
“Se tiene ilusión, cuando se tiene de buena fe; el que está ilusionado podrá ser un iluso –es el riesgo que se corre-, pero en cuanto ilusionado está vuelto hacia la realidad que lo ilusiona, proyectado hacia ella, con todas sus potencias y reservas. ¿No es asombroso que la palabra illusio, engaño, escarnecimiento, burla o error, palabra resabiada, cautelosa, escéptica, haya venido a significar la versión inocente, activa, confiada, amorosa hacia la realidad, y sobre todo la realidad personal?
La forma plena y positiva de desvivirse es tener ilusión: es la condición de que la vida, sin más restricción, valga la pena de ser vivida. Esas dos palabras nuestras españolas nos permiten descubrir, desde nuestra propia instalación, una dimensión esencial de la vida humana, su condición amorosa, su inseguridad, su dramatismo.[9]”
Lady for a Day es como un compendio del cine de Capra
Marías termina así su Breve tratado de la ilusión y con ello nos ha suministrado claves generales para entender Lady for a Day que remiten no sólo al sentido personalista del cine de Capra, sino al séptimo arte en general. Al poner el acento en que vivimos con plenitud cuando nos
Lady for a Day es como un compendio del cine de Capra porque ese dinamismo interno de las películas aparece con una particular trasparencia. La ilusión de Annie es contagiosa. La comparten sus compañeros de mendicidad por las calles de Nueva York cuando tienen noticia de que el posible suegro va a venir a Nueva York a conocer a la familia de Louise: ven cómo ella se derrumba ante la posibilidad de que se diluya la fantasía que ha creado. Acuden a Dave the Dude convencidos de que este le ayudará, y no paran hasta conseguirlo.
El gánster en un primer momento se resiste a ayudar a Annie, pero pronto rectifica por el interés que tienen en sus manzanas. Poco a poco se va implicando cada vez más, y va superando las distintas dificultades que se le presentan para hacer verosímil que Annie sea una verdadera dama. Vive como propio lo que acaba considerando un cuento de hadas: consigue que un amigo le ceda un apartamento del mismo hotel de lujo desde el que la vendedora de manzanas fingía residir; con la ayuda de su novia Missouri Martin (Glenda Farrell) viste y arregla a la anciana para que luzca como una verdadera dama; convence al Judge Blake (Guy Kibbee), un jugador de billar con porte aristocrático, para que se haga pasar por el marido de Annie y padrastro de su hija; protege de curiosos y periodistas la llegada de Louise, de su novio y de su suegro al muelle para que no deshagan el relato de Annie con sus preguntas; llega a secuestrar a los reporteros que acuden al apartamento para evitar que difundan informaciones que cuestionen la aristocracia aparente de la hasta entonces pedigüeña; hace ensayar a sus esbirros y las chicas del club de Missouri Martin para que se hagan pasar por invitados de la recepción de Annie y del Conde para anunciar las nupcias de sus hijos; cuando la policía les impide acudir al acto social, confiesa a las autoridades la buena obra en la que está implicado, moviendo al alcalde (Samuel S. Hinds) y al gobernador (Hobart Bosworth) para que acudan a la recepción, junto a toda una serie de notables de la ciudad que les siguen.
“Una mujer admirable y una increíble experiencia. Me he rejuvenecido diez años”
Pero hay que destacar que cada uno de los implicados por Dave the Dude se suma al cuento de hadas con creciente entusiasmo. También se ilusionan y se desviven. El Judge Blake pasa de su inicial repugnancia a la proximidad de Annie por su condición marginal, a verla como una dama, tratarla con ternura y admiración y sufrir con ella sus temores y desvelos. Missouri Martin hará suya desde el primer momento la tarea de dignificar a Annie para que se presente como una gran dama. Los muchachos de Dave The Dude y las chicas del Club de Missouri se
Incluso los personajes públicos van a experimentar el beneficio de hacer algo para los demás. En las escenas en las que la policía escolta los coches que van al puerto a despedir a Louise, Carlos y el Conde Romero, Capra sitúa diversas conversaciones que muestran la pequeña transformación que todos han experimentado. De estar echándose la culpa en cadena de superior a inferior por no encontrar a los periodistas secuestrados, ahora el gobernador se disculpa con el alcalde, y este con el comisario (Wallis Clark), quien a su vez lo hace con el inspector (Robert Emmett O’Connor) y este a su vez con sus agentes. Incluso a los reporteros que han sido retenidos se les pide que finjan que se perdieron al emborracharse. Los directores de sus periódicos no quieren que quede ni rastro de algo que pudo arruinar la felicidad de Annie y su hija. La frase más sintomática la pronuncia el gobernador: “Una mujer admirable y una increíble experiencia. Me he rejuvenecido diez años.”
Donald D. Willis, en su estudio sobre Capra, sintetiza a nuestro juicio acertadamente el valor de esta película
Dama por un día es la película de Capra más cercana a la perfección. Como El bazar de las sorpresas de Lubitsch, es una película “ligera”, un “entretenimiento”, que desarrolló todo su potencial. La diferencia entre las humildes ambiciones de estas películas y sus logros reales es una diferencia entre lo ordinario y el arte. En Dama por un día, a medida que avanzamos, aumenta su calidad hasta que cuando termina quedamos perplejos…[10]
Y, a continuación, añade a modo conclusivo:
No hay muchas películas que puedan apoyarse en la fuerza de sus argumentos, pero Dama por un día es un ejemplo de cómo deben contarse las historias. Capra y Riskin mantienen un ritmo entre los acontecimientos, la película salta de una complicación a otra, no al azar, sino siguiendo un orden lógico, desarrollando todo
Conclusión: “Una luz que, como la vida misma, pide ser acogida antes que explicada”.
Cultivar la ilusión y aprender a desvivirse son prácticas imprescindibles para situar adecuadamente la reflexión bioética. Con ellas se acoge la vida naciente —así lo hizo Annie cuando nació su hija Louise— y se acompaña aquella que seva apagando —por eso a todos los personajes implicados en el relato de la anciana se les rompería el corazón si ella tuviese que rendirse y salir de su sueño—. La bioética personalista reconoce que estas disposiciones del corazón no pueden ser apartadas por los datos numéricos y las aspiraciones de optimización de recursos. Cada persona es alguien único e irrepetible, y reconocerla como tal es el motor de la verdadera esperanza.
Así, nos hacen falta urgentemente otras miradas ante la vida prenatal, alejadas de lógicas que hurtan el lugar del corazón. Como escribía hace unos meses nuestra compañera Carola Minguet Civera:
En el aborto involuntario se adivina -de un modo terrible y dulcísimo, tan cruel como luminoso- … que lo más frágil es lo que más eternidad contiene. Y así, la criatura que apenas abrió los ojos en el claustro materno, arrebatada antes de pronunciar su primer latido audible, se convierte en una suerte de luciérnaga que guía nuestra noche, pues es una vida diminuta que Dios reclama para sí no como fracaso, sino como anticipación… [O]frece una luz pequeña. Una luz que insiste. Una luz que no retrocede. Una luz que, como la vida misma, pide ser acogida antes que explicada.[12]
Ficha técnica:
Título original: Lady for a Day (“Dama por un día”).
Año: 1933.
Duración: 1h. 15 min
País: Estados Unidos.
Dirección: Frank Capra.
Profesora e investigadora en Filosofía y Cine
Universidad Católica de Valencia
Profesor e investigador en Filosofía y Cine
Miembro del Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
[1] Accesible en español en https://ok.ru/video/7304797162152, y en versión original subtitulada en https://ok.ru/video/2677678475913
[2] La última película de Capra, Pocketful of Miracles (Un gángster para un milagro) es remake de esta película.
[3] Un año antes Howard Hawks había tenido un gran éxito con Scarface, protagonizada por Paul Muni.
[4] Un dato que también se refleja en el relato corto, que está en el origen del guion, de Damon Runyon, Madame le Gimp, de 1929. Accesible en https://inquiryunlimited.org/lit/short_stories/runyon_madame_la_gimp.pdf
[5] Madrid: Alianza, 1984.
[6] Cfr. Marías, J. (1970). Antropología metafísica. La estructura empírica de la vida humana . Madrid: Ediciones de la Revista de Occidente, pp. 39-45.
[7] Marías, J. (1984), cit., p. 38.
[8] Ibidem, pp. 134-135.
[9] Ibidem, pp. 137-138.
[10] Willis, D. (1994). Frank Capra. Madrid: Ediciones J C., p. 120.
[11] Ibid., p. 121.
[12] Minguet Civera, C. (2026): “La eternidad de lo diminuto”, Religión Confidencial, https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/carola-minguet-civera/eternidad-diminuto/20251209061305054602.html
