Megan Davis (Barbara Stanwyck) es una misionera americana y episcopaliana que acude a una misión anglicana en China para casarse con su prometido, el doctor Robert Strike (Gavin Gordon). Cuando llega al lugar donde estaba preparada la celebración, el doctor Strike la aplaza porque tienen que ir a rescatar a unos huérfanos que se encuentran en un barrio de la ciudad en situación de inminente riesgo. Megan lo acepta y quiere acompañarlo. En su incursión ambos son golpeados y quedan inconscientes. Megan es recatada por un general chino, Yen (Nils Asther), que ya se había fijado en ella unas horas antes cuando su automóvil atropelló al conductor de la bicitaxi que estaba portando a la novia. Entonces Megan le reprochó su falta de respeto a la vida. Ahora ella se recupera del golpe en un tren en el que Yen la lleva a su cuartel general, prácticamente secuestrada. El militar chino galantea con ella el tiempo que la tiene retenida, a pesar de las advertencias en contra de su asesor económico americano Jones (Walter Connolly). Megan intenta que el general se haga más humano, frente a su desprecio de la vida de los otros. Consigue que perdone a su antigua concubina Mah-Li (Toshia Mori) a la que quiere ejecutar por traidora. Yen accede a perdonarla ante las protestas de Jones porque está rendidamente enamorado de Megan. Pero Mah-Li sigue adelante con su conspiración contra Yen, y consigue que sus enemigos le dejen sin poder y arruinado. Megan arrepentida del mal que le ha causado busca corresponder a su amor, pero el general, que no buscaba su compasión sino la libertad de su corazón, se suicida poniendo veneno en un té. De regreso a Shanghai en velero,  Megan medita todo lo que ha vivido en una semana en China en compañía de Jones.

Vemos temas esenciales de la vida humana que estimulan la reflexión bioética

The Bitter Tea of General Yen[1] se estrenó el 6 de enero de 1933, aunque la producción ya estaba completada en 1932. Esta es la razón que explica que la película aparezca referenciada unas veces en un año y otras en otro. Parece más correcto ceñirse a su estreno en 1933 y así señalar que, más de noventa y tres años después de su estreno, la película presenta un interés indudable desde el punto de vista de la bioética personalista.

En su autobiografía Capra muestra el interés que tuvo en dirigir esta película que le iba a permitir una mayor expresividad artística.[2] El biógrafo más implacablemente crítico de Capra, Joseph McBride, considera que el director tenía sobre todo un afán de ganar un Oscar en la senda de Josef von Sternberg y su éxito con Der blaue Engel (‘El ángel azul’) en 1930, a la sazón, el primer film talkie en Europa.[3] Sin embargo, y a pesar de las críticas continuas de McBride a la figura de Capra, el director de origen siciliano era un verdadero artista del cine, y hoy en día encontramos que esta película ha sido capaz de poner sugestivamente en la pantalla temas esenciales de la vida humana que concitan el interés del espectador y estimulan la reflexión bioética. El valor de la vida humana y las culturas que lo reconocen o lo minusvaloran; el amor esponsalicio y su centralidad en la biografía de las personas y las comunidades; la implicación con la cotidianidad de los pueblos o la capacidad de perdón y misericordia… son algunas de las propuestas que la película pone de relieve.

«Lo sé, pero la vida humana es lo que menos vale en China»

Desde las primeras escenas Capra presenta a la China de los años veinte y treinta del siglo XX como un lugar azotado por los horrores de la guerra. El director filma a multitudes de ciudadanos y campesinos que se desplazan despavoridos en busca de un refugio seguro. En un contexto así vemos a Megan Davis transportada por medio de un rickshaw boy (muchachos que arrastran carruajes) junto con uno de los misioneros, Mr. Jackson (Lucien Lettlefield). Su joven conductor es arrollado por un automóvil. Megan baja para comprobar lo que le ha ocurrido y para recriminar la falta de cuidado al dueño del vehículo, el general Yen, que viaja de incógnito.

El breve diálogo resulta completamente representativo a la hora de mostrar dos actitudes ante la vida: como un bien pasajero que hay que aceptar fatalistamente (Yen) o como un bien que es un don por cuya defensa hay que luchar sin excusas. Megan: «¿No va a hacer nada por ese muchacho? Puede que se esté muriendo.» Yen: «Si es así, es muy afortunado. La vida, incluso en el mejor de los casos, es difícil de aguantar.» Megan: «¿Cómo puede ser tan insensible? ¿Qué clase de hombre es usted?»

La penetración de Capra para dibujar la escena es magistral. Tras haberse expresado tan antagónicamente, la misionera observa que a causa del frenazo el general tiene una herida en la frente, de la que mana sangre. Le ofrece su pañuelo, pero él no lo toma porque lleva el suyo. La finura del gesto del militar contrasta con su ausencia de compasión hacia la víctima del atropello.

En ese momento Mr. Jackson, con una frialdad no muy distinta de la mostrada por Yen, llama a Megan: «Miss Davis, he conseguido otro chico de bicitaxi. ¡Vamos, vamos! No debería haber hecho eso, Miss Davis.» Megan: «Oh, no he podido evitarlo. Todo el mundo era tan insensible.» Mr. Jackson: «Lo sé, pero la vida humana es lo que menos vale en China».

Dar amor sin pensar en el mérito, la correspondencia ni la gratitud

La sentencia de Mr. Jackson actúa como pórtico de lo que Capra nos mostrará a continuación. Un contexto de violencia extrema del que el general Yen procura aislarse con formas refinadas. Cuando Yen secuestre a Megan y se la lleve a sus cuarteles, una residencia militar decorada con muchísimo gusto, habrá un nuevo choque entre ambos. Megan se despierta en su habitación porque da al patio donde se están fusilando a los enemigos del ejército de Yen. El general se da cuenta y se disculpa por el error, ordenando que vayan a ejecutar a los prisioneros a un lugar más distante. Justifica la medida ante Megan porque la región está asolada por una hambruna y no tiene arroz para alimentar a los cautivos. Megan se indigna: «No he escuchado nada con tanta sangre fría en mi vida». Yen, intenta exculparse: «Es mejor matarlos pronto que dejarlos morir de hambre».

Sobre todo será cuando la misionera invoque misericordia hacia Mah-Li y su traición cuando Megan se explaye en su argumentario para conmover a Yen. No debe pasarse por alto que que el personaje de Megan representa a la mujer con personalidad propia del cine de Hollywood de los años treinta, cuya capacidad de argumentación supera con frecuencia a la del varón con el que dialogan.[4] Tras hacerle ver al general la tristeza de unas relaciones humanas regidas por el miedo y la coacción, quiere hacer ver a Yen la oportunidad que se le presenta si obra con su antigua concubina Mah-Li de otro modo: «Quería que usted percibiera la belleza de dar amor cuando no se merece. Dar amor sin pensar en el mérito, la correspondencia ni la gratitud. Ese es el privilegio originario de Dios y ahora es su privilegio ».

Yen responde con escepticismo. Le espeta que no le cree, que está actuando como si fuera de su propia carne y sangre alguien a la que acaba de conocer. Megan se aclara con contundencia: «Ella lo es. Todos somos de la misma carne y de la misma sangre.»

El argumento de Megan es la piedra miliar de la bioética, sin el cual el resto de las consideraciones carecen de fundamento: estamos llamados a proteger la vida humana de todo ser humano porque todos formamos parte de una misma familia.

Yen ha llegado a comprender el valor de la vida de Megan pero no en sí mismo

El general acabará entendiendo a Megan y su discurso, pero sólo a medias. Perdonará a su anterior concubina. Sin embargo, Mah-Li culminará su traición no sólo a Yen, sino también a Megan como su valedora, ya que la joven misionera debía responder con su vida por la falta de lealtad de la amnistiada. La reacción primera de Yen cuando ya se encuentra completamente arruinado y fracasado fue verse tentado de matar a Megan, no para vengarse, sino para hacerla participar del mundo de sus sueños. Yen: «¿Sabe lo que esperaba hacer esta noche?: iba a ir a su habitación para matarla. Y entonces la seguiría a un jardín celestial donde no hay un general Yen o una Megan Davis, sino tú y yo». La expresión es de rendido enamoramiento.

Yen renunciará a ello. Y no sólo eso: a pesar de que la misionera, deshecha de dolor por todos los males que le ha generado a alguien que está sinceramente prendado de ella, está dispuesta a entregarse a él… el general renunciará a que Megan frustre su relación con Bob Strike y se suicida, bebiendo un té con veneno. Yen ha llegado a comprender el valor de la vida de Megan. No ha llegado, sin embargo, a reconocer ese mismo valor en sí mismo.

El matrimonio aumenta la exigencia de amar «más» a esta persona

Y sin embargo, la joven misionera también ha aprendido algo muy profundo con Yen. Tras viajar desde Estados Unidos a China para casarse con Bob, al que hacía tres años que no veía, el novio aplaza unilateralmente la boda para atender un asunto humanitario con unos niños huérfanos. En este momento Megan lo entiende y hace causa común con su prometido. Pero en ningún momento se ha visto a Bob dubitativo, poniendo en un platillo de la balanza una cosa y la otra. Esta falta de delicadeza a la hora de posponer su matrimonio —aunque se dieran poderosas razones— es motivo para provocar la decepción de Megan, aunque ella, mujer dinámica y autónoma, no lo perciba en el primer momento. Permítasenos al respecto una cita de Dietrich Von Hildebrand, que a pesar de su extensión merece la pena reproducirse.

Podemos decir, pues, que… el amor esponsalicio, cuando ha llevado al entrelazamiento de la mirada, debería tener primacía sobre cualquier otro.

El matrimonio, como tal, es una consecuencia de la primacía del amor esponsalicio, primacía que se funda en su particularidad categorial. Llegar al extremo de unir nuestra vida, también externamente, con la de la persona amada, a comprometernos formalmente para toda la vida, a querer ser «una sola carne» con ella, nos concede un puesto singular en su vida. El matrimonio es la expresión objetiva más vigorosa de la primacía fundada en el entrelazamiento de la mirada del amor esponsalicio. Cuando existe un amor de este tipo y no hay ningún impedimento objetivo, se debería contraer matrimonio.

Si el matrimonio es una consecuencia de la primacía del amor esponsalicio, sirve, asimismo, para reforzar esta primacía. Igual que hace más importante y grave la exigencia de fidelidad, el matrimonio aumenta la exigencia de amar «más» a esta persona que a las demás y de que ocupe el primer lugar en nuestro corazón.

La entrega decidida que se da en el amor esponsalicio como tal adquiere, evidentemente, un carácter nuevo gracias al consenso y la entrega voluntaria –y, muy especialmente, gracias a la singular entrega de uno mismo en la consummatio del matrimonio–, con la que queremos, de una vez para siempre, vivir una vida con la otra persona.[5]

“El amor no es una posibilidad, no se debe a nuestra iniciativa”

Hay que insistir en que el dilema que se le plantea a Bob es más que razonable, y que procede de una obligación moral de impostergable de socorrer al necesitado cuando urge hacerlo. Lo que se echa de menos es la falta de compunción por no poder cumplir inmediatamente con su compromiso. Frente a esa postergación —objetivamente justificada pero falta de delicadeza— Capra presenta a un Yen por completo impactado por Megan, como hasta ahora no lo había estado con ninguna de sus concubinas.

Experimenta lo que Levinas explica con perfección: “El amor no es una posibilidad, no se debe a nuestra iniciativa, es sin razón, nos invade y nos hiere, y, sin embargo, el yo sobrevive en él.”[6] El director añade dos escenas que no se encuentran en la novela de Grace Zaring Stone[7] que inspiró el guion de la película. Una es un sueño amoroso de Megan con Yen, que se produce en el ambiente erotizado que se vive una noche de primavera en los cuarteles de Yen. La segunda es que el general no muere en la guerra sino al suicidarse con el veneno arrojado en el té. En ambas, Megan puede recibir la conmoción de un amor incondicional, frente a la excesiva contención del expresado por Bob.

Disponibles para sentir el dolor de un pueblo y para preocuparse de los últimos entre los últimos

La crítica a la actitud de Bob con respecto a su boda, no oscurece que se trata de un misionero más entregado que el resto de sus compañeros a la hora de implicarse con el pueblo que están evangelizando. En la escena inicial en la que vemos los preparativos de la boda, la mansión de Mrs. Jackson (Clara Blancik) parece un mundo aparte que ignora la realidad de la guerra. Quienes asisten lo manifiestan sin pudor: «por nada del mundo me perdería la boda de Mr. Strike…»… «toda China está aquí». Además comentarios del obispo Harkness (Emmet Corrigan) destacan su sensación de fracaso tras muchos años de misión en China. Cuenta que explicar el relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo a un grupo de bandidos mongoles propició que crucificaran a las víctimas que capturaron un tiempo después. Frente a ello, Bob y Megan expresan otro tipo de implicación pues están disponibles para sentir el dolor de un pueblo y para preocuparse de los últimos entre los últimos: los niños huérfanos de los que nadie se ocupa.

Capra está tensando el acorde del principio personalista del amor que nutre la bioética: frente al riesgo de separar el cuidado del prójimo de las fuentes del amor esponsalicio -como en cierto modo se ha podido desequilibrar en Bob Strike- y frente a un amor erótico desconectado de la caridad hacia los demás semejantes -que practica Yen- la defensa de la vida necesita personas unificadas en las exigencias del verdadero amor sin sesgos ni exclusiones, que reconozca su condición de don en el matrimonio y su extensión hacia todos los oprimidos.

Carola Minguet Civera recoge muy bien este aliento de la primacía del amor también para nuestros días, en los que se espera demasiado de una técnica que nos lo resuelva todo, y sobre lo que la bioética personalista no ha de dejar de estar vigilante: “Al final, sólo el amor nos pone de rodillas ante lo que no hemos creado. Y esa genuflexión interior, cada vez más extraña para el hombre moderno, es el comienzo de una obra verdaderamente humana.”[8]

 

Ficha técnica:

Título original: «The Bitter Tea of General Yen » (“La amargura del general Yen”).

Año: 1933.

Duración:  1h. 15m.

País: Estados Unidos

Dirección: Frank Capra

 

Gracia Prats-Arolas

Profesora e investigadora en Filosofía y Cine

Universidad Católica de Valencia

 

Jose Alfredo Peris-Cancio

Profesor e investigador en Filosofía y Cine

Miembro del Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

 

[1] Una buena versión original subtitulada en español accesible en la red se puede encontrar en https://ok.ru/video/2358511340169.

[2] Capra. (1997). Frank Capra. The Name above The Title: an Autobiography. New York: Da Capro Press, pp. 140142.

[3] McBride, J. (2000). Frank Capra: The Catastrophe of Succes, New York. New York: Simon & Schuster Inc., pp.278-279

[4] DiBattista, M. (2001). Fast-Talking Dames. Yale University Press: New Haven and London.

[5] Von Hildebrand, D. (1988). La esencia del amor. Pamplona: Eunsa, p. 419.

[6] Levinas, E. (1993). El Tiempo y el Otro. Barcelona: Paidós Ibérica, p. 132.

[7] Stone, G. Z. (1930). The Bitter Tea of General Yen. Indianapolis: The Bobbs-Merrill Company Publisher. Accesible en https://www.gutenberg.org/ebooks/78108

[8] Carola Minguet Civera (16 del 06 de 2026), “Primero el amor, después la técnica”, Religión confidencial, https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/carola-minguet-civera/primero-amor-despues-tecnica/20260616012639057098.html

 

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