En abril de 2025, un equipo de investigadores de la Universidad de California, Berkeley, logró un hito científico al crear un nuevo color inédito para el ojo humano, bautizado por los participantes como “olo”. Mediante el desarrollo de la “Máquina Oz” -un avanzado sistema que combina óptica adaptativa, seguimiento ocular de precisión y láseres de alta velocidad-, los científicos consiguieron estimular de forma aislada los fotorreceptores de la retina para generar un verde azulado de saturación “imposible” que no existe en la naturaleza. Este descubrimiento no solo abre la puerta a innovadoras aplicaciones clínicas para tratar alteraciones visuales como el daltonismo, sino que confirma la extraordinaria capacidad del cerebro para construir nuevas experiencias sensoriales y representaciones de la realidad ante estímulos totalmente desconocidos.
En abril de 2025, un equipo de científicos de la Universidad de California, Berkeley, anunció un logro extraordinario: la creación de un color nunca antes visto por el ojo humano.[1]
Como ocurre en tantas ocasiones en el ámbito científico, este hito nació a partir de una pregunta aparentemente sencilla sobre los mecanismos de nuestra biología. Los seres humanos vemos a través del cerebro, el cual interpreta constantemente las señales superpuestas que le llegan desde la retina. Cuando la luz entra en el ojo, incide sobre unas células fotorreceptoras llamadas conos, responsables de la percepción cromática. Existen tres tipos de conos, sensibles a las longitudes de onda cortas (S), medias (M) y largas (L), que corresponden aproximadamente a los colores azul, verde y rojo.
En condiciones normales, estos conos no procesan la luz de forma aislada, sino que trabajan en conjunto; el cerebro compara la actividad de cada tipo y, a partir de esa combinación, construye toda la gama cromática que conocemos. Ante esto, los investigadores de la UC Berkeley se plantearon una posibilidad: ¿qué ocurriría si se pudiera activar un solo tipo de cono dejando los demás completamente inactivos? Ren Ng, profesor de ingeniería eléctrica y coautor del estudio, lo planteó en estos términos: “¿Qué pasaría si ilumináramos solo miles de conos M? ¿Sería el verde más intenso que jamás hayas visto?”[2].
Se diseña y construye la máquina OZ
Responder a esta pregunta requería enfrentarse a complejos desafíos tecnológicos derivados de la extrema precisión necesaria y del hecho de que cada ojo humano es único, ya que la distribución de los conos varía drásticamente entre individuos. Para solucionarlo, los científicos escanearon y fotografiaron un pequeño parche de la retina de un escaso número de participantes a fin de obtener un plano de coordenadas personalizado. Mediante este mapa de alta resolución, lograron identificar y clasificar la posición exacta y el tipo de fotorreceptor de hasta 1.000 conos por sujeto.
El paso siguiente fue desarrollar un emisor de láser capaz de cumplir con unos requisitos físicos extremadamente exigentes. Para ello, el equipo integró tres tecnologías de vanguardia: la óptica adaptativa, que corrige en tiempo real las distorsiones que las estructuras del propio ojo generan en la luz; un escáner láser de alta velocidad que dispara los pulsos en millonésimas de segundo; y, dado que el ojo humano nunca está completamente quieto, un sistema de seguimiento ocular (eye-tracking) de precisión micrométrica.
Este aparato fue bautizado por el equipo investigador como Oz, en alusión a la obra El Mago de Oz, uno de los cuentos infantiles más populares del siglo XX. Pero sin duda teniendo muy presente el espectacular efecto de la película de 1939 que comienza en tonos sepia, dando la sensación de vida gris y monótona, y que cuando el tornado lleva a la protagonista a Oz, la imagen cambia de forma espectacular al Technicolor, inundando la pantalla de colores vivos e intensos. Los investigadores esperaban producir un efecto igualmente sorprendente: revelar una experiencia visual completamente nueva.
El experimento y la experiencia de “olo”
Cinco participantes, entre ellos varios de los propios investigadores, fueron sometidos al procedimiento. Todos describieron haber visto un color inédito al que llamaron “olo”[3]. Lo definieron como un verde azulado de saturación “imposible”, mucho más intenso que cualquier verde natural. Austin Roorda, uno de los líderes del proyecto, afirmó que al compararlo con el verde más saturado posible, este último “palidecía en comparación”[4].
Más allá del nuevo color: posibles aplicaciones médicas
Aunque la atención mediática se centró en el “nuevo color”, los investigadores destacan que el verdadero valor de Oz reside en sus potenciales aplicaciones clínicas.
Según el artículo publicado en Science Advances[5], la estimulación selectiva de fotorreceptores podría abrir nuevas vías para tratar distintas alteraciones visuales.
Una de las aplicaciones más prometedoras es el tratamiento de determinadas formas de daltonismo. Al estimular de manera precisa los conos funcionales o compensar la ausencia de otros, podría mejorarse la información cromática que llega al cerebro y, en algunos casos, restaurar parcialmente una visión tricromática.
La técnica también podría emplearse en programas de rehabilitación tras lesiones de la retina o de la vía visual. Incluso podría convertirse en una herramienta de investigación para estudiar fenómenos como las migrañas visuales, determinadas alucinaciones o formas ampliadas de percepción del color.
Aunque por ahora Oz sigue siendo un prototipo experimental, representa un importante paso hacia terapias visuales mucho más personalizadas.
De la óptica a la neurociencia
Sin embargo, la mayor aportación del proyecto probablemente no sea tecnológica, sino conceptual. El experimento ha abierto un intenso debate científico que trasciende la simple visión del color. Más que demostrar la existencia de un “nuevo color”, el proyecto ha puesto sobre la mesa una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto el cerebro humano es capaz de crear experiencias perceptivas inéditas al recibir estímulos que jamás había procesado? Como explica Austin Roorda: “Fue emocionante, no sólo porque el sistema funcionó, sino porque el cerebro demostró capacidad para reconocer y comprender algo a lo que nunca antes había estado expuesto”[6].
A fin de cuentas, la retina únicamente transmite señales eléctricas; el color no existe físicamente en la luz ni en la materia, sino que es una construcción elaborada por la corteza visual. Al aislar fotorreceptores individuales, el experimento demuestra que, cuando el sistema nervioso recibe un patrón de información completamente nuevo, responde generando una vivencia sensorial igualmente nueva.
De este modo, el proyecto Oz refuerza la corriente de pensamiento iniciada en el siglo XIX por Hermann von Helmholtz. El físico y fisiólogo alemán acuñó el término “inferencia inconsciente”[7] para explicar que los sentidos nos aportan datos incompletos o ambiguos, y que el cerebro debe interpretar estas señales de forma automática basándose en la experiencia previa, la memoria y reglas aprendidas.
La experiencia visual, por tanto, no depende en exclusiva de las propiedades de la luz, sino del procesamiento cerebral. En este sentido, Oz desplaza definitivamente el centro del debate desde la óptica del estímulo hacia la neurociencia de la percepción, demostrando que los límites de lo que vemos no vienen dictados únicamente por la radiación electromagnética, sino por la arquitectura computacional del sistema visual y por la asombrosa capacidad del cerebro para construir nuevas representaciones de la realidad.
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Vídeo generado por IA a partir del artículo original del autor.
Instituto Ciencias de la Vida
Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
[1] James Fong et al. ,Novel color via stimulation of individual photoreceptors at population scale.Sci. Adv.11,eadu1052(2025).DOI:10.1126/sciadv.adu1052
[2] Anne Brice, Kara Manke Berkeley Voices: How seeing a new color stretches the limits of human perception UC Berkeley News May 26, 2025
[3] El nombre olo hace alusión a que en el experimento se activaron exclusivamente los conos M (verdes), dejando los conos L y S en cero estimulación, representado según la notación binaria como L = 0, M = 1 (máxima estimulación) y S = 0. Y de 010 se sigue “olo”
[4] Anne Brice, Kara Manke How seeing the new color ‘olo’ opens the realm of vision science
UC Berkeley News August 18, 2025
[5] James Fong et al. ,Novel color via stimulation of individual photoreceptors at population scale.Sci. Adv.11,eadu1052(2025).DOI:10.1126/sciadv.adu1052
[6] Anne Brice, Kara Manke How seeing the new color ‘olo’ opens the realm of vision science
UC Berkeley News August 18, 2025
[7] Antonio Crespo León La inferencia inconsciente en Helmholtz: su papel en el proceso perceptual Rev. de Psicol. Gral y Aplic. 1989, 42(4), 441-447 ISSN: 0373-2002

