American Madness de Frank Capra plantea que en la causa de las crisis económicas se encuentra la pérdida de confianza, la renuncia a poner a la persona humana y su dignidad en el centro de las actividades financieras. De ese modo impulsa a reconocer cuál es la verdadera solución para recuperar un sistema financiero en el que la técnica se ponga al servicio del hombre. Del mismo modo, la bioética personalista denuncia que cualquier alejamiento de la dignidad insoslayable de toda persona humana, nos sitúan en las antípodas del verdadero progreso, por más que la falsa corrección política quiera establecerlo como derecho. De lo que se trata es de no llamar solución a lo que en el fondo es una deserción en la defensa de la dignidad de la persona humana.
A la denuncia de la “locura del dólar”
American Madness (1932) de Frank Capra fue presentada en la versión española como “La locura del dólar”. La traducción parece acertada porque recoge bien lo que a nuestro juicio quiere transmitir la película. Una economía de mercado requiere un sustrato moral para funcionar. Y este no es otro que la responsabilidad moral y la confianza entre las personas. Un argumento personalista que san Juan Pablo II expuso con claridad en la Encíclica Centesimus Annus en su juicio sobre el capitalismo.
Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios productivos, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa. [1]
En los años posteriores al crac de 1929 la crisis iba afectando a capas cada vez más amplias de la población. La reacción que se iba extendiendo era la del pánico. Y Capra, en colaboración con su guionista Robert Riskin, ofrecieron un relato precisamente para que llegase al espectador que frecuentaba las salas de cine. Se trataba mayoritariamente de personas económicamente humildes, que encontraban en las películas un momento de distracción que les pudiese hacer más soportables los difíciles momentos.
Capra se sitúa frente a la crítica lanzada por Max Horkheimer y Theodor Adorno, tan repetida por círculos intelectuales y que ha funcionado como anteojeras que han impedido ver el potencial personalista de algunas películas.
El cine y la radio no necesitan ya darse como arte. La verdad de que no son sino negocio les sirve de ideología que debe legitimar la porquería que producen deliberadamente. Se autodefinen como industrias, y las cifras publicadas de los sueldos de sus directores generales eliminan toda duda respecto a la necesidad social de sus productos. [2]
La libertad artística de Capra y la síntesis de la película
La autobiografía de Capra, y de un modo muy explícito en los pasajes dedicados a American Madness[3] deja patente que los directores sí tenían la libertad artística para hacer llegar mensajes que no fueran esquemas ideológicos a favor del sistema. La trayectoria de compromiso social del guionista Robert Riskin contribuía en esta misma dirección. Capra era plenamente consciente de la orientación que quería dar a su película. Tenía que enfrentar que “la realidad de los ciudadanos americanos en 1932 era dura, deprimente, y empeoraba. El talante que prevalecía era la desesperación.”[4]
American Madness se puede sintetizar con facilidad[7], dado que con sus setenta y seis minutos no es una película extensa, si bien fue rodada a un ritmo tan trepidante[8] que el espectador tiene la sensación de haber asistido a un relato de mayor duración. Presenta a Thomas Dickson (Walter Huston) que ha conseguido llevar adelante durante 25 años su banco, el Union National Bank, con una política crediticia basada en la confianza: creer en las personas y creer en la viabilidad de sus proyectos como primera evidencia sobre la que apoyarse. Pero la mayoría de los otros directivos de la junta rectora de la entidad, Clark (Edwin Maxwell), Schultz (Walter Walker) y Ames (Edward Martindel) desconfían: consideran que tal proceder no es el adecuado para unas finanzas saneadas y mucho menos que se trate de una política que pueda hacer frente a la situación de crisis, como la que se arrastraba con el crac del 29. Sin embargo, un cuarto directivo, O’Brien (Burton Churchill), se muestra algo más dudoso y un quinto, Ives (Athur Hoyt) parece querer restablecer la confianza con Dickson… pero nunca le dejan terminar de hablar.
De modo paralelo, por un lado el jefe de los cajeros, Cyril Cluett (Gavin Gordon), se confabula con el mafioso Dude Finlay (Robert Ellis) para facilitarle un robo en el banco, para de este modo saldar las deudas de juego que ha adquirido con él. Y por otro, la esposa del director, Phyllis Dickson (Kay Johnson), dolida porque siente que su marido la posterga y no le dispensa la atención requerida, coquetea con Cluett, que en su momento había rivalizado por Dickson por entrar en relación con ella. El cajero, presionado por el mafioso, ve la ocasión para utilizarla como coartada para la noche en la que se va a producir el atraco al banco.
Frente a estos elementos que marcan una línea de oscuridad en la película, Capra muestra a otro empleado que gestiona la caja fuerte, Matt Brown (Pat O’Brien), un exconvicto que debe el puesto a la bondad y a la confianza del director casualmente es testigo involuntario de estos flirteos y acudirá al piso de Cluett para impedir que Phyllis dé un paso más que haber salido al teatro con Cluett y traicione a su marido.
Mientras, se perpetra el atraco, en el curso del cual muere un vigilante. La solvencia del banco queda así en entredicho por este luctuoso hecho y se acrecientan los rumores promovidos por la ligereza de las telefonistas. Señala Charles J. Maland: “Capra muestra las profundidades del abismo en quince tomas, que duran apenas dos minutos”[9].
Multitudes atemorizadas y enloquecidas acuden a retirar su dinero y Dickson ha de capear el temporal como mejor puede, mientras los directivos críticos con su gestión aprovechan para forzarle a dimitir. En un primer intento, el director busca que les presten dinero otros grandes de la banca. Pero estos hacen oídos sordos a su angustia.
Las sospechas del inspector de la policía (Robert E. O’Connor) se dirigen inicialmente hacia Matt, pero acabarán descubriendo a Cluett. Cuando el jefe de los cajeros pide ayuda a Dickson, se le escapa que estaba en su piso con su mujer Phyllis en la noche del robo. Dickson llama a su esposa que no es capaz de desmentirlo. El director se viene abajo y deja de luchar por el banco. Su esposa acude entonces a su oficina para explicarse y pedirle perdón porque nunca ha dejado de quererlo. Al encontrarlo muy abatido, le suplica que, al menos, batalle por el banco.
Quienes lo han reemplazado en esa tarea han sido su secretaria Helen (Constance Cummings) y su prometido, que es precisamente Matt. Llaman a los amigos de Dickson, los empresarios en apuros que han recibido préstamos desde la confianza y estos reaccionan con toda lealtad y sin dudarlo, depositando los ahorros de sus ganancias de nuevo en el banco. Su ejemplo hace que desistan de retirar sus ahorros quienes estaban dispuestos a hacerlo. Y, entonces, hasta los directivos siguen sus pasos, realizando ingresos en el banco de cantidades importantes, entre conmovidos y avergonzados. La multitud que se había dejado llevar por el pánico se serena y ahora son capaces de reconocer que no había motivos para dudar de la solvencia del banco. Al día siguiente llega la calma, Dickson les da permiso a Helen y Matt para que se tomen el día libre y se casen, y él mismo prepara una luna de miel con Phyllis.
“La persona es de lo único de lo que puede fiarse y es lo único que sacará este país de la miseria”
La trama ha sido capaz de plantear con elocuencia que la raíz de la crisis económica se encuentra en la pérdida de la confianza, y en la manipulación de las masas que se dejan llevar por el pánico y el egoísmo[10]. Y que esa misma difusión de la sospecha ha comenzado por los propios responsables de la banca. En
Capra pone en boca de los críticos de Dickson una objeción aparentemente lógica: “¿Y cómo piensa protegerlos (a sus clientes) concediendo préstamos sin sentido?”. Consideran que hasta ahora ha tenido suerte, pero que esa buena fortuna se puede terminar. Schultz sentencia: “Hoy en día los bancos deben tener cuidado. Y Usted ha sido más generoso que nunca”.
Dickson no se inmuta: “El problema de este país es que se acapara demasiado dinero. El dinero parado no sirve para nada… Debemos hacer que circule si quieren que este país prospere”[11]. Como la censura de los directivos se centra sobre los destinatarios de ese crédito, Dickson pone el ejemplo de Jones (Charley Grapewin) — quien luego será el primero que luego ingresará dinero en el banco para contrarrestar la situación de pánico creada— y ve en él lo que ha podido acaecerles a muchos hombres de negocio: una situación delicada que necesita ayuda, tras muchos años de ejercicio ejemplar. Considera que Jones merece el crédito porque es sincero, porque sigue siendo un buen hombre de negocios y porque las dificultades lo han hecho más prudente. Y concluye: “Debemos ofrecer la seguridad adecuada. No acciones de valores fluctuantes… sino garantías basadas en las personas”. Clark ironiza: “la persona. Esa es su idea”. Dickson sentencia: “Es de Alexander Hamilton[12], la mejor mente bancaria de este país. Estas fueron sus palabras literales: la persona es de lo único de lo que puede fiarse y es lo único que sacará este país de la miseria”.
Un síntoma del declive de una civilización que renuncia a cuidar de los débiles y opta por su eliminación
De igual modo que para Capra el exceso de codicia pudo acarrear la crisis económica, hoy la bioética personalista debe denunciar que esa “locura del dólar” puede afectar de un modo trágicamente negativo la toma de decisiones en ciencias de la salud. Lo primero que hay que sostener para que una bioética pueda cumplir su misión es la dignidad insoslayable de cada persona humana. Sin ese principio, la legitimidad de cualquier determinación se oscurece y se va extendiendo la locura de reconocernos los unos a los otros en aquello que nos constituye.
Brechas de este tipo se han abierto incluso en el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos cuando han avalado la continuidad del proceso para aplicar la eutanasia frente a otras medidas cautelares. Como han señalado acertadamente Julio Tudela y Esther Bosch:
El paciente que pide morir, en muchos casos, lo que realmente necesita es ser atendido, aliviado, acompañado y tratado en sus sufrimientos. Provocar su muerte puede suponer una forma de abandono difícilmente justificable, impropia de una civilización que debería ocuparse especialmente de sus miembros más vulnerables… una vez ejecutada la eutanasia, podemos afirmar que este suceso no es más que un síntoma del declive de una civilización que renuncia a cuidar de los débiles y opta por su eliminación.[13]
Películas como las de Capra, pueden ayudarnos a recuperar la genuina esperanza que nos abra a un mundo mejor
La eutanasia puede verse alentada por un clima de pánico social ante el sufrimiento, por desánimo ante los grandes males que desgarran nuestra civilización en forma de terrorismo, guerras y catástrofes sin cuento. Una bioética que no ataque este mar de fondo se verá ejerciendo complicidad con una locura que traiciona la confianza entre las personas. No tomar conciencia de la magnitud del problema es una auténtica tragedia. Y películas como las de Capra, pueden ayudarnos a recuperar la genuina esperanza que nos abra a un mundo mejor. Como señalaba el director de cine francés Francois Truffaut, ironizando sobre la corrección política:
Este italiano, nacido en Palermo, aportó a los estudios de Hollywood los secretos de la comedia dell’arte. Es el timonel que mejor sabe el arte de llevar a sus personajes a los más hondo de situaciones humanas desesperadas (he llorado muchas veces en los momentos trágicos de las comedias de Capra) antes de enderezar el timón y realizar el milagro que nos permitía salir del cine habiendo recobrado la confianza en la vida.
El endurecimiento de la vida social al acabar la segunda guerra mundial, la generalización del egoísmo, la obstinación de los millonarios en creer que “se lo llevarán consigo” (el dinero), han hecho cada vez más improbables esos milagros. Pero ante la angustia humana, las dudas y la inquietud, ante la lucha cotidiana por la vida, Capra fue algo así como un curandero, es decir, un adversario de la medicina oficial. Y además ese buen médico era también un gran director de cine.[14]
Conclusión
La locura del dólar nos previene contra la trágica confusión entre lo válido y lo vigente. Que determinados atropellos contra la dignidad humana vayan ocupando su lugar en el Derecho, lejos de oscurecer ese principio, nos deberán impulsar hacia una mayor y mejor movilización de las
Entonces la pregunta ha de reformularse: ¿qué tipo de progreso es este? Porque lo que está en juego no es sólo si es lícita la eutanasia, sino cuándo empezamos a considerar que seguir viviendo ha dejado de ser una expectativa exigible. Y esa idea se forma lentamente, se repite, se legitima, hasta que deja de parecernos extraordinaria. Y cuando deja de parecernos extraordinaria es que ya ha empezado a parecernos razonable. Quizá el verdadero progreso consista en sostener como irrenunciable precisamente aquello que más cuesta sostener, en no llamar solución a lo que en el fondo es una renuncia, y en no aceptar como respeto lo que empieza a parecerse demasiado a una forma educada de desistir. Porque cuando el suicidio se presenta como una opción legitimada, seguir viviendo, especialmente en condiciones de fragilidad, empieza a requerir justificación. Y una sociedad en la que vivir necesita justificarse va en caída libre.[15]
Ficha técnica:
Título original: «American Madness» (“La locura del dólar”).
Año: 1932.
Duración: 1h. 15m.
País: Estados Unidos
Dirección: Frank Capra
Profesora e investigadora en Filosofía y Cine
Universidad Católica de Valencia
Profesor e investigador en Filosofía y Cine
Miembro del Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
[1] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 42: AAS 83 (1991) 845-846. También recogido en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia en el número 335.
[2] Horkheimer, Max, & Adorno, T. W. (1998). Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. (J. J. Sánchez, Trad.) Madrid: Trotta, p. 166.
[3] Capra. (1997). Frank Capra. The Name Above the Title: an Autobiography. New York: Da Capro Press, pp. 136-140. [Capra, F. (2007). Frank Capra. El nombre delante del título. Madrid: T&B Editores, p. 161-166].
[4] Capra, F. (2007). Frank Capra, cit., p. 162.
[5] Ibidem, p. 163.
[6] Ibidem, p. 164.
[7] Seguimos libremente el resumen contenido en Sanmartín Esplugues, J., & Peris-Cancio, J.-A. (2017b). Cuadernos de Filosofía y Cine 02. Los principios personalistas en la filmografía de Frank Capra. Valencia: Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir, p. 119.
[8] Capra, F. (2007). Frank Capra, cit., pp. 164-166.
[9] Maland, C. (1980). Frank Capra. Boston: Twayne Publishers, pp. 100-101.
[10] Zagarrio, V. (1998). It is (Not) a Wonderful Life: For a Counter-reading of Frank Capra. En R. &. Sklar, Frank Capra: Autorship and The Studio System (págs. 64-94). Philadelphia: Temple University Press, p. 87.
[11] Buscombe, E. (1998). Notes on Columbia Picture. En R. Sklar, & V. Zagarrio, Frank Capra. Authorship and The Studio System (págs. 255-284). Philadelphia: Temple University Press, pp. 263-264.
[12] Alexander Hamilton (1757-1804), primer Secretario del Tesoro de los Estados Unidos fue economista, abogado, escritor y político.
[13] Tudela, Julio; Bosch, Ester. “Noelia recibe la eutanasia tras un proceso judicial marcado por un intenso debate”, Observatorio de Bioética, Universidad Católica de Valencia.
[14] Truffaut, F. (2017). Frank Capra, el curandero. En F. Truffaut, Las películas de mi vida (págs. 89-90). Madrid: Torres de Papel, pp. 89-90.
[15] Minguet Civera, Carola, “Cuando vivir necesita justificación”, Religión Confidencial.
