En Platinum blonde Capra muestra en qué consiste el verdadero matrimonio y lo que supone su falsificación. Dos jóvenes periodistas que se reconocen como amigos y colegas, en realidad son algo más según el amor que ella siente por él. Sin embargo, el joven se deja llevar por la seducción de una joven de clase alta, que es muy atractiva. Con el tiempo pronto descubre que la relación que llevan no es auténtica, que ella sólo ha querido comprarse un marido que se ajuste a sus exigencias de posición social. Será la recuperación de la relación con su colega la que le permitirá ver en qué consiste el verdadero matrimonio, reconociendo la falsedad del vínculo legal contraído por otro tipo de intereses.
El matrimonio en igualdad de reconocimiento favorece la dignidad humana en toda la sociedad
El cine de Capra propone una visión del matrimonio que es muy relevante para una bioética personalista. Sólo lo hay en sentido verdadero cuando hay un mutuo reconocimiento en la igualdad entre el varón y la mujer. Y también se puede afirmar que sólo se va formando una sociedad que cultiva adecuadamente la igual dignidad de las personas cuando existe un alianza conyugal que cultiva ese sentido de la humanidad, que se vive en primera persona por los esposos y que se va difundiendo en todos los estratos de la sociedad, a partir de la familia como comunidad de vida y amor.
Una película aparentemente ligera como Platinum Blonde (“La jaula de oro”, 1931) lo expresa con nitidez. Está basada en un relato de Harry Chandle (1882-1956) y Douglas W, Churchill (+1942), con diálogos del que llegara a ser estrecho colaborador de Capra, Robert Riskin (1897-1955) y con la adaptación del guion por parte de otro habitual con el director, Jo Swerling (1893-1964). Un equipo tan dotado explica que el resultado resultara mucho más sugestivo de lo que a veces se ha insinuado. Es cierto que el propio Capra en su autobiografía daba pie a una minusvaloración de la película al considerarla un “producto alimenticio” tras el fracaso supuso en la taquilla la anterior película The Mircle Woman[1]. Pero vamos a poder comprobar que quizás se trate de una expresión de modestia — o de no recordar muy bien el filme— pues estamos ante una realización que ofrece una mayor profundidad de lo que esas indicaciones sugieren.
La historia de dos jóvenes periodistas, Gallagher (Loretta Young) y Stewart “Stew” Smith (Robert Williams) -que se llevan muy bien como colegas… sin que él reconozca que puede haber algo más entre ellos- se ve alterada por la aparición de Ann Schuyler (Jean Harlow), una rica heredera de la aristocracia social y económica americana. Stew se enamora de ella, quien a su vez también parece encapricharse de él. El resultado es que se casan precipitadamente, guiados por una atracción superficial. Se muestra que entre ellos hay pocas actitudes, al menos por parte de Ann, que favorezcan el camino hacia constituir una comunidad de vida y amor. Más bien la joven potentada ha querido “comprarse” desde su posición y recursos a un muchacho atractivo, que con el tiempo se dará cuenta de que se le está metiendo en una “jaula de oro”, expresión que aparece en los diálogos de la película y que da lugar al título de la versión castellana.
La necesidad de superar los espejismos que anulan la visión del verdadero matrimonio
Dos realidades se apuntan ya con claridad desde el planteamiento. En primer lugar, Capra está en condiciones de denunciar un espejismo muy frecuente en la mentalidad popular de los ciudadanos estadounidenses -que por extensión acabaría siendo la propia de gran parte del mundo occidental-, tal y como describiera años después Jacques Maritain con una expresión acertadamente sintética: “Una cantidad de americanos parece pensar que el matrimonio debe ser tanto la realización del amor romántico como la busca de la autorrealización individual completa de las partes interesadas”[2]. Al menos eso es lo que parece vivir Stew. Ann es la respuesta a su sueño romántico, y ella debe adaptarse del todo a esta imaginación. La pregunta acerca de cómo es Ann como persona por ella misma y la determinación de entregarse a ella no están presentes en los planteamientos del reportero.
Por su parte la joven Schyler desarrolla a las claras una comprensión de las personas y de la familia completamente condicionada por su estatus y su rol social. Los Schyler ejercen -como formando propia parte de su propio deber y condición- un estilo de vida propio de las clases que se consideran superiores. Capra lo hace patente con el decorado de su mansión que es al mismo tiempo tan ostentoso como rígido y frío. El director la presenta con planos picados que subrayan la dureza de sus líneas arquitectónicas y con una profesión de enrejados que hacen pensar con facilidad en que estamos ante una jaula.
La maestría de Joseph Walker (1892-1985), el director de fotografía más apreciado por el realizador de origen siciliano, se hace patente. Quienes viven en ese palacio no son conscientes de que en el fondo está atrapados. Por eso, su estrategia obligada será la de seguir incorporando a las personas que pasen a formar parte de su familia a esa manera estrecha y prepotente de concebir la vida. Así lo quiere hacer Ann con Stew. Es su manera de realizar lo que ella cree que es su propio proyecto, aunque en realidad sea una expresión del rol social que cree que debe ejercer, que parece anularle cualquier determinación más personal.
Planteadas las cosas de este modo, Capra, con el desarrollo de la acción, quiere mostrar que las personas esperan del amor matrimonial algo distinto, más auténtico, que está más allá del amor romántico y del propio proyecto individual. Parece que está de acuerdo con Maritain cuando señala que esta visión del matrimonio debe superarse.
…lejos de tener como principal objetivo el perfecto cumplimiento del amor romántico, el matrimonio debe realizar una labor bastante distinta en los corazones humanos -una operación de alquimia infinitamente más profunda y misteriosa-: quiero decir que debe efectuar la trasmutación del amor romántico, o lo que de él existía en un principio, en amor humano real e indestructible, amor realmente desinteresado, que no excluye el sexo, por supuesto, pero que se independiza del sexo cada vez más y en sus formas más elevadas, puede hasta estar desprovisto de deseo e intercambio sexual, porque en su naturaleza es esencialmente espiritual: la ofrenda absoluta e irrevocable del uno al otro, por amor al otro.[3]
La autenticidad en la relación representada por el personaje de Gallagher
¿Cómo se va a presentar en la pantalla esta superación del amor romántico, su trasmutación en amor verdadero? La respuesta la encontramos en el personaje de Gallagher. La belleza serena de la actriz que la interpreta contrasta con el sex-appeal explosivo de la que encarna a Ann Schyler. No nos parece que acierte Joseph McBride cuando considera que nuestro director se fascinó por Jean Harlow y pospuso a Loretta Young[4]. Más bien se va produciendo una emergencia silenciosa del modo de ser de Gallagher, que sufre en silencio el error que Stew está cometiendo en su deslumbramiento por la muchacha de la alta sociedad, y le va acompañando en un mejor reconocerse a sí mismo.
Pero lo que espera de su colega no es nada que entre en conflicto con Ann o que suponga una infidelidad hacia ella, al menos de una manera directa. La ilusión que comparte con ella es que siempre ha querido escribir una obra de teatro, una comedia, y que nunca lo había conseguido. Gallagher le hace reflexionar acerca de que hasta ahora Stew ha querido representar lugares de fantasía, remotos y fabulosos que no conocía en primera persona -Siberia, Arabia, Noruega… o incluso el viejo Madrid-. Ella le propone seguir el consejo literario de escribir sobre lo que uno conoce, probablemente en la senda de la filosofía de la propia experiencia de Emerson[5]. Con ello busca que salga de un mundo de fantasía desconectado de su propia realidad, para que sea capaz de iluminar lo que le pasa desde un ejercicio más lúcido de la imaginación.
Necesitamos representarnos la vida por ella va más allá de sí misma, es el escenario de nuestra libertad
Julián Marías ha explicado admirablemente las razones que las personas tenemos para acudir al arte -o a la literatura, el teatro o el cine- para esclarecer nuestra propia existencia. El fundamento sólido del consejo de Gallagher.
La vida va más allá de sí misma. Esta vida real que llevamos vivida hasta hoy es solo una de nuestras vidas posibles; la vida efectiva está constituida por lo que se hace y se deja de hacer. No entendemos lo que significa estar aquí si no vemos a la vez otros sitios en que podíamos estar, el no estar en los cuales es componente virtual del «estar aquí». Elegir es preferir, poner algo delante de las demás cosas; las posibilidades preferidas van más allá que las otras y se convierten en realidades, pero no sin las otras. La vida es renuncia, porque el hombre va poniendo detrás o postfiriendo otros muchos yos posibles. Y en el arte el hombre salva algunos posibles, parcelas de felicidad a las cuales no puede renunciar; porque a la felicidad el hombre no renuncia: se pasa sin ella, lo cual es cosa muy distinta. La felicidad es condición a la vez intrínseca e imposible de la vida terrena: el hombre necesita ser feliz y no puede serlo. Y en esa medida, como salvación de porciones irrenunciables de felicidad, el arte está inscrito en la constitución metafísica de la vida humana[6].
Sin embargo, la aportación de Gallagher no se va a limitar a prestar una ayuda para que Stew componga su obra. Ella misma va a aparecer con su rostro de mujer. En las primeras escenas la hemos visto divertirse con su colega como dos compinches sin diferencia sexual. Pero la primera vez que Ann la conoce va vestida de manera muy elegante, mostrando su belleza femenina. Y la joven Schyler se siente celosa porque cuando había oído a su esposo hablar de Gallagher creía que se trataba de un muchacho. Ahora, cuando regresa a su casa donde Stew, en su ausencia -el joven se había negado a acudir con ella a una pesadísima recepción por parte del alcalde- se había reunido con su colega y otros amigos, Ann vuelve a percibir el encanto discreto de la joven periodista.
Probablemente esa reacción de Ann cambia la mirada de Stew hacia Gallagher. Ya no la ve sólo como una compañera de profesión, si siquiera como una amiga leal, sino como aquella persona a la que puede haber estado amando desde hace mucho tiempo sin saberlo. No siente por ella el deslumbramiento erótico que le llevó a la confusión con Ann. Es una atracción integrada en una visión completa de Gallagher como mujer, como persona, que le va a permitir esa conversación propia del matrimonio que le hace crecer.
La escena final muestra el contraste entre ambas relaciones. Ann manda a Grayson (un excelente Reginald Owen), su abogado, a que compre de nuevo a Stew, ahora para que acepte el divorcio, ofreciéndole una cuantiosa compensación. El periodista lo rechaza en un nuevo gesto de dignidad. Y lo despide tras propinarle un puñetazo en la nariz por la ofensa recibida. En cambio, por primera vez se dirige a Gallagher para hacerle ver que el final feliz de la comedia que quiere escribir no puede ser el del regreso a una falsedad con apariencia de matrimonio. Al contrario, lo que debe buscar el protagonista es ser fiel al verdadero amor que ha descubierto. Fundiendo la ficción y la realidad, Stew abraza a Gallagher que no puede contener las lágrimas que sellan su alegría porque ahora sí ambos comparten su verdadero amor.
Conclusión: el matrimonio como mutua educación
El matrimonio no puede ser concebido como una ley exterior que se impone, ni mucho menos como un ejercicio de compra de la libertad de las personas[7]. Lo que en la película aparece
… las comedias de renovación matrimonial… en tanto grupo, las considero como entregadas a la búsqueda de lo que podría llamarse «la igualdad entre los hombres y las mujeres» (y considero esto como emblemático de la búsqueda de una comunidad humana como tal, pero no ahondaré en el tema por el momento), a la búsqueda de una independencia y de una dependencia mutua correctas. Lo que revelan las comedias de renovación matrimonial es que, en el mundo tal como es, hay una desigualdad o una asimetría en esa búsqueda, pues las mujeres exigen educación para asegurar su igualdad, y esa educación debe ser asegurada con ayuda de los hombres. Por consiguiente, la primera tarea que cabe a la mujer es elegir el mejor hombre para hacer ese trabajo. A causa de su historia mutua –a la vez su historia privada y la historia de su cultura–, luchan el uno contra el otro… Si quieren que su relación salga adelante, el hombre y la mujer deben encontrar la manera de perdonarse mutuamente, y, para continuar con esa asimetría, ha de ser ante todo la mujer quien perdone al hombre, no solo porque tiene más que perdonar sino porque tiene más poder para perdonar[8].
Sí. Las lágrimas de Gallagher muestran sin duda ese mayor poder para perdonar.
Ficha técnica:
Título original: «Platinum Blonde» (“La jaula de oro”).
Año: 1931.
Duración: 1h. 29m.
País: Estados Unidos
Dirección: Frank Capra
Profesora e investigadora en Filosofía y Cine
Universidad Católica de Valencia
Profesor e investigador en Filosofía y Cine
Miembro del Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
[1] Capra. (1997). Frank Capra. The Name above the Title: an Autobiography. New York: Da Capro Press, pp. 133-134.
[2] Maritain, J. (1966b). América. (M. M. Corvalán, Trad). Buenos Aires; Barcelona: Emecé Editores, p. 118.
[3] Ibidem, pp. 121 -122. Los subrayados en cursiva son nuestros.
[4] McBride, J. (2000). Frank Capra: The Catastrophe of Succes, New York. New York: Simon & Schuster Inc., p. 231.
[5] Cfr. Emerson, R. W. (2010c). La confianza en uno mismo. En R. Emerson, Obra ensayística (págs. 175-214). Valencia: Artemisa Ediciones.
[6] Marías, J. (1971). La imagen de la vida humana y Dos ejemplos literarios: Cervantes, Valle-Inclán. Madrid: Ediciones de la Revista de Occidente, p. 15.
[7] Viladrich, P. (2010). La agonía del matrimonio legal: una introducción a los elementos conceptuales básicos del matrimonio. Pamplona: EUNSA.
[8] Cavell, S. (2008). «El pensamiento del cine». En S. Cavell, El cine, ¿puede hacernos mejores? (págs. 19-65). Madrid: Katz, p. 45. Hemos cambiado “enredo matrimonial” por “renovación matrimonial”.
