El lanzamiento del Proyecto Genoma Humano Sintético, impulsado por Wellcome Trust, marca un nuevo hito en la investigación genética al plantear la posibilidad de crear ADN humano de forma sintética. Este avance, apoyado por herramientas de inteligencia artificial cada vez más potentes, abre enormes expectativas terapéuticas, pero también suscita interrogantes bioéticos de gran calado sobre los límites de la intervención humana, los riesgos asociados y la responsabilidad moral ante tecnologías capaces de transformar la propia naturaleza de la vida.
La mayor organización médica benéfica del mundo, Wellcome Trust, ha aportado 10 millones de libras, (casi 14 millones de dólares,) para poner en marcha un proyecto cuyos detalles se dieron a conocer en el 25 aniversario de la finalización del Proyecto Genoma Humano, que cartografió las moléculas del ADN humano y también fue financiado en gran parte por Wellcome.
Denominado Proyecto Genoma Humano Sintético, pretende, leyendo una molécula de ADN, crear partes de este o su estructura completa a partir de sus componentes básicos.
Antecedentes
Como ilustró acertadamente el científico Luis Franco en una publicación previa de nuestro Observatorio, la síntesis química de DNA es una práctica habitual desde hace mucho tiempo. En 1984 ya se sintetizó un gen y existen máquinas automáticas para hacer esa síntesis.
El 20 de mayo de 2010, la revista Science publicó un artículo firmado por Craig Venter, uno de los pioneros en la secuenciación del genoma humano, y otros 23 científicos en el que se anunciaba la “creación de una célula bacteriana controlada por un genoma sintetizado químicamente”.
Como detalla el profesor Franco, Venter, responsable de la investigación, habló de la creación de una “célula sintética” lo que tuvo una gran repercusión mediática, con titulares como “nos científicos crean vida artificial en el laboratorio” que publicó el diario The Times al día siguiente.
En realidad, lo que se logró fue sintetizar el DNA de M. mycoides de casi 1.100.000 pares de nucleótidos en vez de los 300 que se ensamblaron en el citado experimento de 1984. Pero es algo muy distinto de crear vida sintética en el laboratorio: ese DNA necesitó de estructuras biológicas preexistentes muy complejas para que el código que contenía lograra expresarse y programar el funcionamiento celular.
Proyecto Genoma Humano Sintético
En este nuevo proyecto, se trata de avanzar en el desarrollo de herramientas para crear secciones cada vez mayores de ADN humano, hasta el punto de haber construido sintéticamente un cromosoma humano, donde se estructuran los genes que rigen nuestro desarrollo, reparación, mantenimiento y envejecimiento.
El recurso a la inteligencia artificial en este campo ha supuesto un gran impulso para transformar la forma en que se analiza e interpreta la información genómica.
Así, los creadores de AlphaFold, la herramienta de predicción estructural por la que fueron galardonados con el Premio Nobel de Química en 2024, presentaron en junio de 2025 un nuevo modelo de inteligencia artificial denominado AlphaGenome.
Los algoritmos de esta aplicación ayudan a predecir cómo las variantes genéticas afectan a múltiples aspectos de la regulación génica y explorar nuevas vías para entender el funcionamiento del genoma, siendo capaz de analizar secuencias de hasta un millón de pares de bases y generar predicciones a nivel de nucleótido.
Crear ADN de cero
Matthew Hurles, director del Instituto Wellcome Sanger, que secuenció la mayor parte del genoma humano, ha afirmado que “construir ADN desde cero nos permite comprobar cómo funciona realmente el ADN y probar nuevas teorías, porque en la actualidad sólo podemos hacerlo realmente modificando el ADN que ya existe en los sistemas vivos”.
Retos bioéticos
Aunque las aplicaciones positivas de esta tecnología son inmensas, tanto para identificar defectos en el DNA y su generación como para sintetizar secuencias de DNA que permitan corregir defectos genéticos, elaborar nuevos tratamientos, obtener nuevas especies bacterianas corrigiendo sus resistencias o especies vegetales mejoradas, los riesgos que acompañan a estos posibles logros son enormes.
Producción de armas biológicas, modificaciones genéticas de mejora en seres humanos, insertar ADN humano en animales, son algunos de los riesgos que han señalado científicos como el profesor Bill Earnshaw, de la Universidad de Edimburgo que diseñó un método para crear cromosomas humanos artificiales.
Los riesgos asociados a las técnicas de edición genética, que permiten modificar la secuencia o la expresión de determinadas secuencias del genoma, y que han sido analizados previamente en nuestro Observatorio, quedan ensombrecidos ante la posibilidad de producir sintéticamente millones de pares de nucleótidos, incluso cromosomas completos, que pueden introducir variaciones catastróficas, si resultan incontrolables, en la especie afectada.
La obtención de “humanos a la carta” o animales modificados, puede llegar a constituir un suculento negocio por el que empresas relacionadas compitan para controlar.
Como siempre ante avances científicos significativos, lo que sus autores anuncian son aplicaciones terapéuticas que permitan curar lo hasta ahora incurable, retrasar el envejecimiento o prevenir enfermedades.
Pero con frecuencia, estos fines lícitos pronto se ven superados por otros que no los son, como los expuestos previamente.
No todo lo que es posible hacer, debe hacerse. No toda novedad científica implica progreso humano. Aprender de los errores pasados debe contribuir a evitar su repetición.
Los riesgos que supondrían errores no controlados en la introducción de enormes secuencias de ADN sintético en los seres vivos, o ceder ante la tentación de diseñar “posthumanos” que supongan un cambio de naturaleza, justifican plantear regulaciones, consensos y moratorias estrictos que traten de impedirlo.
A medida que los instrumentos en manos de los científicos se vuelven más poderosos, la urgencia de adquirir una formación bioética robusta por su parte, se configura como una exigencia inexcusable.
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Vídeo generado con IA a partir del artículo original del autor.
Julio Tudela
Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia

