La concepción clásica de la consciencia

La consciencia es el estado de conocimiento de uno mismo, nos permite darnos cuenta de nuestra propia existencia y de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Es la melodía que nos queda grabada en la cabeza o el aroma del campo después de la lluvia. El origen y la naturaleza de estas experiencias han sido un misterio desde los primeros tiempos de la antigüedad y objeto de las más variadas teorías filosóficas o científicas.

Platón creía que tenía que haber realidades que existieran aparte del mundo material, a las que llamó “las formas”. Y que en los seres humanos existe una capacidad para aprehender estas formas, el alma o mente. Definió la conciencia como la relación del alma con ella misma. Para Aristóteles, en el compuesto de cuerpo (materia) y alma (forma) que es el ser vivo, ésta es la que lo completa y perfecciona: “el alma ni se da sin un cuerpo ni es en sí misma un cuerpo”.[1] Durante siglos, en la metafísica clásica, permaneció la idea de la existencia de un alma, hasta que la irrupción del materialismo mecanicista en los siglos XVII y XVIII modificó el enfoque de la comprensión del mundo y de nosotros mismos.

La concepción materialista 

En su concepción actual, el materialismo propugna que los estados mentales son idénticos a los estados cerebrales y que nuestros pensamientos y sentimientos y nuestro sentido del yo son propiedades de la actividad electroquímica en el cerebro. Así lo afirma Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN: “Usted, sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su sentido de la identidad personal y del libre albedrío, no son en realidad más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y sus moléculas asociadas”[2].

Pero, ¿cómo es posible que un montón de partículas desprovistas de conciencia se junten y provoquen la conciencia? Los defensores del materialismo propugnan diferentes explicaciones. Una solución propuesta consiste en considerarla una ilusión; en realidad esto no resuelve el problema, simplemente niega su existencia. Otros consideran la conciencia una propiedad emergente, que surge de la simple interconexión de 86.000 millones de neuronas; pero no se explica a partir de qué grado de complejidad se alcanza esa conciencia. Existen otras explicaciones desde el campo del materialismo, pero todas fallan al considerar la naturaleza como una máquina, una visión heredada de la física newtoniana, y, por tanto, no pueden ver que los sentimientos, junto con todos los aspectos de la vida interior, son los fundamentos de la vida humana, no la actividad química y eléctrica del cerebro. La falta de una explicación adecuada ha hecho que a lo largo del siglo XX la visión materialista haya ido perdiendo apoyo. Charles Sherrington, fundador de la neurociencia moderna, lo resume así: la física y la química “nos llevan al umbral del acto de percibir, y allí nos dicen adiós”[3].

El comportamiento cuántico apunta a un cambio de dirección

El siglo XX ha supuesto un cambio de paradigma para el problema cerebro-mente. Con anterioridad, todas las ideas generadas y debatidas eran especulaciones puramente teóricas. Se sabía muy poco sobre el funcionamiento del cerebro y la mecánica newtoniana resulta incompetente para explicar cómo el cerebro es capaz de generar experiencias conscientes inobservables. Todas las especulaciones se movían en el ámbito de la filosofía. Sin embargo, el siglo pasado ha conocido importantes logros de la neurociencia, y la mecánica cuántica ha revelado el comportamiento de la materia en sus niveles más elementales, permitiendo un acercamiento colaborativo entre ciencia y filosofía al conocimiento de la mente.

La investigación experimental ha abierto nuevas vías que permiten conocer mejor la naturaleza y características de esa relación entre el cerebro y la mente. Diferentes tipos de investigación parecen indicar la existencia de una mente o alma independiente del cerebro y, en general, del propio cuerpo humano. Entre ellas cabe incluir las observaciones del comportamiento del cerebro referidas por neurocirujanos, el análisis de Experiencias Cercanas a la Muerte, conocidas por sus siglas ECM, los análisis sobre Lucidez Terminal o los estudios de inteligencia en pacientes hidrocefálicos. Cabe decir que muchos de los neurocientíficos más destacados del siglo XX, entre otros, Charles Sherrington, Ramón y Cajal, Wilder Penfield, Benjamin Libet, Roger Sperry o John Eccles han sido dualistas, es decir, han percibido un carácter diferencial y una existencia diferenciada de la mente respecto al cerebro.

Observaciones del comportamiento del cerebro por neurocientíficos

Son numerosos los neurocientíficos cuyas experiencias les han llevado a concluir que hay algo en los seres humanos que va más allá de la materia. Como ejemplo original y destacado cabe referirse a Wilder Penfield. La experiencia de este neurocirujano, pionero en la callosotomía para pacientes epilépticos, tiene que ver con las observaciones de numerosos pacientes tratados a lo largo de su dilatada

Wilder Penfield (McGill University)

vida profesional. El cerebro no experimenta dolor, por lo que un paciente de neurocirugía puede permanecer cómodamente consciente sólo con anestesia local. El cirujano puede entonces comunicarse con el paciente para asegurarse de que el tratamiento no está dañando el habla o el movimiento.

En primer lugar, se dio cuenta de algo acerca de las convulsiones. Podía provocar ataques estimulando el cerebro. El paciente podía sacudir el brazo, sentir hormigueos, ver destellos de luz o incluso tener recuerdos. Pero lo que nunca podía hacer era provocar una convulsión intelectual: el paciente nunca razonaba cuando se estimulaba su cerebro.

En segundo lugar, Penfield observó que los pacientes siempre sabían que el movimiento o la sensación provocados por la estimulación cerebral se la hacían a ellos, pero no por ellos. Había una parte del paciente, la voluntad, a la que Penfield no podía llegar con su electrodo. Así que llegó a la conclusión de que el intelecto y la voluntad no provienen del cerebro.[4]

Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM)

Tras un infarto de miocardio, un ahogamiento o un traumatismo importante, es frecuente que las personas sufran una grave falta de oxígeno, lo que provoca una reducción gradual de la actividad eléctrica en el cerebro y da lugar a una «desconexión» del funcionamiento cerebral superior, así como de la mayoría de las funciones del cerebro inferior, un fenómeno que se caracteriza por un electroencefalograma plano.

Desde los años sesenta, los avances en reanimación han ayudado a revivir a millones de personas después de que su corazón se haya detenido. “Estos supervivientes han descrito un conjunto único de recuerdos en relación con la muerte que parecen universales.”[5] Esta es la afirmación contenida en el artículo firmado por 18 investigadores pertenecientes a 13 instituciones diferentes, universidades y grandes hospitales, de Estados Unidos y Gran Bretaña, publicado en los Anales de la Academia de Ciencias de Nueva York.

Un creciente número de investigadores empezaron a recopilar datos cualitativos e investigar sobre las ECM tras la publicación en 1975 del libro del psiquiatra y médico Raymond A. Moody Vida después de la vida, que detallaba relatos de pacientes con experiencias cercanas a la muerte, acuñando el término con el que desde entonces se conocen estos estudios.

Para describir el caso genérico, lo primero en que hay que insistir es que se trata de personas que en ese momento sufren una muerte clínica, con encefalograma plano, sin función del tronco encefálico, sin actividad eléctrica en la corteza cerebral ni funciones elementales como la respuesta de la pupila a la luz, que surjan del tronco encefálico. Es decir, que todas las funciones cerebrales han llegado a su fin. Esto significa que el paciente no puede pensar, ni ver, ni evocar recuerdos pasados ni recordar nuevos datos. Pero que tras el proceso de “resucitación” cuentan que en esos momentos su conciencia ha abandonado su cuerpo físico (como un espíritu o alma), y que esta alma tiene la capacidad de pensar, ver, oír, recordar y moverse, sin estar limitada por las leyes físicas.

Los sistemáticos estudios realizados por reconocidas universidades y hospitales clínicos a lo largo y ancho de todo el mundo definen una serie de características comunes de los fenómenos experimentados individualmente por los miles de personas analizadas. Pacientes que no tienen funciones cerebrales significativas dicen ser capaces de pensar, ver, recordar y moverse. Son muy diversas las apreciaciones de las personas que han experimentado una ECM, y por ello para sistematizar la investigación se ha propuesto clasificarlas en 50 diferentes temas.[6] Pero para la comprensión de la relación mente-cerebro que aquí tratamos son importantes dos características destacadas por estos pacientes: la experiencia extracorpórea, la percepción de que se está fuera del propio cuerpo, así como experimentar tanto una percepción visual como auditiva precisas. Porque ello sugiere que la mente o alma resulta ser algo que se relaciona con el cerebro o el cuerpo pero no mediante ningún medio mecánico, químico o eléctrico.

Estudios de Lucidez Terminal

Durante los últimos 250 años, los médicos han documentado de forma intermitente un aumento inusual de la claridad mental en los últimos minutos, horas o días antes de la muerte de un paciente. Entre los numerosos casos descritos figuran pacientes con trastornos neurológicos graves (como Alzheimer avanzado, demencia avanzada y daños neurológicos graves por accidentes cerebrovasculares), sin apenas capacidad cognitiva atribuible a la función cerebral, que de repente despiertan a la consciencia y a una actividad cognitiva significativa antes de morir.

Un ejemplo muy conocido lo explica Ted Christopher[7] así: “Quizá el caso más llamativo fue el de una joven con una discapacidad grave llamada Anna («Kathe») Katherina Ehmer. Su caso ocurrió en 1922 y tuvo una comprobación sustancial, ya que Kathe era paciente de un hospital psiquiátrico y su episodio de lucidez repentina fue observado por el médico jefe del hospital, Wilhem Wittneben, y también por su director, Friedrich Happich. Kathe había nacido con graves discapacidades y, como tal, nunca había hablado y, además, parecía ajena a su entorno. Sin embargo, en su última media hora de vida, al parecer cantó y, en particular, la frase repetida: “¿Dónde encuentra el alma su hogar, su paz? Paz, paz, paz celestial”. La mayoría de los casos no son tan llamativos, pero esconden el mismo misterio, parecen indicar una conciencia más allá del cerebro. Un ejemplo típico referido en el mismo artículo citado: “El caso se refería a una anciana que llevaba años con un deterioro cognitivo tal que «no daba muestras de reconocer a su hija ni a nadie». Sin embargo, en los momentos previos a su muerte, «entabló una conversación normal con su hija». La hija se sorprendió y quedó «totalmente confundida».”[8]

Aunque no existen todavía estudios sobre la incidencia a nivel universal se puede asegurar que es un fenómeno relativamente frecuente, como manifiestan todos los investigadores que han tratado este tema. Podemos intuir la frecuencia de este fenómeno a partir de un estudio realizado por investigadores de los hospitales universitarios de las universidades de Dongguk y de Gyeongju de Corea del Sur publicado en 2018[9]: “De las 338 muertes que se produjeron durante el periodo de estudio (187 en la UCI y 151 en las salas generales), se identificó lucidez terminal en 6 casos de las salas generales. Los periodos de lucidez oscilaron entre varias horas y 4 días.” Si extendemos este porcentaje a los más de 55 millones de personas que padecen demencia en todo el mundo, según cifras de la Organización Mundial de Salud[10], se comprende que estamos ante un fenómeno que se repite millones de veces.

El biólogo alemán Michael Nahm, que fue quien acuñó el término “lucidez terminal”, considera que hay indicios preliminares de que nuestras mentes trascienden de algún modo nuestros cuerpos, cerebros e incluso el reino físico por completo: “Cuando ves la lucidez terminal en el contexto de todas las demás experiencias al final de la vida o fenómenos cercanos a la muerte, todas parecen apuntar al hecho de que la conciencia humana no está ligada a una relación de uno a uno con la fisiología del cerebro”.[11]

Estudios de inteligencia en pacientes hidrocefálicos

La hidrocefalia es una enfermedad en la que el líquido cefalorraquídeo sustituye al tejido cerebral en las partes vitales del cerebro necesarias para la función cognitiva. En 1980, el pediatra británico John Lorber informó de que algunos adultos normales, aparentemente curados de hidrocefalia infantil, no tenían más del 5 % del volumen de tejido cerebral normal. Este caso tan extremo se daba en 60 de los 600 casos estudiados por Lorber. Sin embargo, se trataba de niños misteriosamente normales: comían, bebían, jugaban, estudiaban e incluso eran sobresalientes en clase. Incluso uno de los niños, con un cerebro extremadamente pequeño de 5 mm tenía un coeficiente intelectual superior al normal. Esta realidad refuta todas las teorías existentes sobre el cerebro. Ante esta realidad, una gran parte de los neurólogos se limitan a opinar que hay que modificar nuestra concepción de cómo funciona el cerebro. Así lo expresa el neurólogo de la Universidad de Sheffield Adrian Bower: “aún quedan muchas preguntas por responder sobre el cerebro humano, y hay que admitir que el provocador planteamiento de Lorber hace pensar en ellas”.[12] Otros científicos, como el bioquímico Donald R. Forsdyke de la Universidad Queen, ante estas evidencias apuntan en una nueva dirección: “El cerebro [es] como un receptor/transmisor de alguna forma de onda/partícula electromagnética… por supuesto, al hablar de memoria extracorpórea entramos en el dominio de la «mente» o el «espíritu», con las correspondientes implicaciones metafísicas.”[13]

En busca de la explicación física

Un cerebro es consciente de un objeto cuando existe en su memoria una representación física (correlato neural) de ese objeto junto con su “significado”. En la física clásica no se encuentra ningún mecanismo capaz de explicar cómo el cerebro genera el inobservable mundo psicológico interior de las experiencias conscientes y cómo, a su vez, esas experiencias conscientes dirigen los procesos cerebrales subyacentes hacia el comportamiento deseado. Una de las preguntas que no tienen respuesta es: ¿cómo puede un fenómeno mental que no tiene fuente de energía dar lugar a un fenómeno que depende de la energía?

Pero con las leyes físicas cuánticas que tratan la información cuántica inobservable sí parece que se pueda llegar a explicar la existencia de la mente y su relación con el cerebro. Se han propuesto muy diferentes teorías basadas en estas leyes, siendo la propuesta por Bohm y Hiley la que entendemos que responde mejor a todas las características que conocemos empíricamente de la relación mente-cerebro.

La explicación de David Bohm está basada en la mecánica cuántica (QM), en la interpretación de “onda piloto” de Louis de Broglie, en la que introduce ideas nuevas que implican una visión radicalmente distinta de la naturaleza, sin que supongan ninguna diferencia empírica.

La materia, y también la materia del cerebro, está conformada por partículas que sabemos están constituidas por campos cuánticos, que interactúan en el espacio-tiempo. Bohm postula que una partícula es siempre una partícula y un campo a la vez. Se trata de un nuevo tipo de campo presente en todo el universo que contiene lo que denomina información activa, cuya fuente es una nueva cualidad de la energía, que informa literalmente a la partícula. Esta nueva cualidad de la energía[14] forma parte de la esencia de los estados mentales, lo que nos permite entender cómo los estados mentales pueden influir en los procesos físicos.

Lo que Bohm propone, en palabras de Robert Spitzer es: “concebir la materia no como una sustancia completamente distinta de la mente (el alma), sino más bien como constituida por campos cuánticos intrínsecos a las partículas, influidos por los efectos gravitatorios del espacio-tiempo, y concebir los campos cuánticos como portadores básicos de campos de información que pueden influir en las partículas y en niveles superiores de campos de información y sistemas físicos.”[15]

El pensamiento humano y la elección afecta a los campos cuánticos intrínsecos a las partículas elementales en el cerebro (y, a través del cerebro, al resto del cuerpo). La conciencia emerge como una secuencia infinita de potenciales cuánticos en niveles sucesivos, cada uno de los cuales controla al que está por debajo.

Este mecanismo por el que la conciencia individual puede abstraerse de un “fondo” subyacente de conciencia, constituye una explicación de la relación mente-cerebro que determina la elección racional libre y consciente y satisface las observaciones experimentales que apuntan a una mente o alma fuera del ámbito de la física clásica.

Además, como explican Hiley y Pylkkänen: “Al afirmar que la información existe objetivamente (independientemente de la mente humana) y desempeña un papel organizador activo en distintos niveles de la naturaleza, estamos proponiendo que cambiemos radicalmente nuestra visión del mundo[16]. En lugar de decir que todo es fundamentalmente materia y energía, seguimos a Bohm al sugerir que la realidad es un proceso que tiene dos caras, una somática, material/energética, y otra significativa, con significado”.[17]

Pasados cien años desde el descubrimiento del mundo cuántico, vemos como poco a poco la mecánica cuántica nos van permitiendo acercarnos al conocimiento de la realidad. La explicación de la consciencia es seguramente el mayor enigma al que se enfrenta la humanidad desde siempre. Lo que se ha dado en llamar interpretación ontológica de la teoría cuántica de David Bohm, que se inicia en 1952, permite una explicación en términos generales de cómo la mente o alma puede interactuar con el cerebro y en general con el cuerpo humano. Mediante las contraintuitivas leyes que emanan del mundo cuántico podemos llegar comprender la jerarquía integrada de mente-cuerpo.

Pero lo que nos puede parecer un sorprendente acercamiento de la ciencia a la realidad de la mente o alma, es seguro que no constituiría ninguna sorpresa para Aristóteles o para Tomás de Aquino.

 

Manuel Ribes

Instituto Ciencias de la Vida

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

 

 

[1] GARCÍA ALANDETE, J. Del alma y el intelecto en el De Anima de AristótelesEstudios Filosóficos, 63 (182), 23–45.   (original publicado el 16/03/2021)

[2] George Stanciu Materialism: The False God of Modern Science – The Imaginative Conservative 1/03/2023

[3] Ibid.

[4] Michael Egnor Science and the Soul – Plough 20/08/2018

[5] PARNIA, Sam, et al. Guidelines and standards for the study of death and recalled experiences of death – a multidisciplinary consensus statement and proposed future directions. Annals of the New York Academy of Sciences, 2022, vol. 1511, no 1, p. 5-21.

[6] Ibid.

[7] Christopher, T. (2022) Dualism 101: Terminal Lucidity and an Explanation. Open Journal of Philosophy, 12, 687-700. doi: 10.4236/ojpp.2022.124047

[8] Ibid.

[9] Lim, C. Y., Park, J. Y., Kim, D. Y., Yoo, K. D., Kim, H. J., Kim, Y., & Shin, S. J. (2020). Terminal lucidity in the teaching hospital setting. Death Studies, 44(5), 285–291. https://doi.org/10.1080/07481187.2018.1541943

[10] Organización Mundial de Salud Dementia 15/03/2023

[11] Zaron Burnett III Terminal Lucidity: The Researchers Attempting to Prove Your Mind Lives On Even After You Die MEL Magazine  26/09/2018

[12] Roger Lewin Is Your Brain Really Necessary? Science 210, 1232-1234 (1980). DOI: 10.1126/science.7434023

[13] Neuroskeptic “Is Your Brain Really Necessary?», Revisited Discover Magazine 26/07/2015

[14] El potencial cuántico es la fuente de la información activa, pero en última instancia su fuente es una nueva cualidad de la energía, que no está presente en el ámbito clásico. La aparición de otra cualidad de la energía no debe sorprendernos. En termodinámica tenemos muchas nociones de energía: energía interna, energía libre de Helmholtz, energía libre de Gibbs e incluso energía térmica, todas las cuales surgen en los procesos químicos generales; en este caso, surge de los procesos cerebrales. La ventaja de esta nueva cualidad de la energía es que se «toma prestada» de la energía cinética para dar forma al proceso global, pero de tal manera que la energía siempre se conserva.

[15] Fr. Robert Spitzer, S.J  Science at the Doorstep to God Ignatius Press September 11, 2023 ISBN/UPC: 9781621646365

[16] M.Ribes Información, ¿un nuevo paradigma? Observatorio de Bioética UCV 26 enero, 2024  https://www.observatoriobioetica.org/2024/01/informacion-un-nuevo-paradigma/10000126

[17] Hiley, Basil J., and Paavo Pylkkänen, ‘Can Quantum Mechanics Solve the Hard Problem of Consciousness?’, in Shan Gao (ed.), Consciousness and Quantum Mechanics (New York, 2022; online edn, Oxford Academic, 20 Oct. 2022), https://doi.org/10.1093/oso/9780197501665.003.0016

 

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