En los últimos años, nuevas evidencias científicas están poniendo en tela de juicio que los genes sean la clave que define nuestra identidad. El biólogo Alfonso Martínez Arias, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, ha publicado el libro “The Master Builder”, en el que sostiene que nos hemos perdido la visión más amplia: no son nuestros genes los que definen quiénes somos, sino nuestras células.

Martínez Arias argumenta que, si bien los genes son importantes, nada en nuestro ADN explica por qué el corazón está en el lado izquierdo del cuerpo, cuántos dedos tenemos o incluso cómo nuestras células logran reproducirse. Basándose las investigaciones actuales en el campo de los embrioides, el biólogo afirma que tanto el largo linaje de nuestras células (que se remonta a la primera célula o cigoto producido tras la fecundación) como sus intrincadas interacciones dentro de nuestros cuerpos, hoy nos hacen quienes somos. “Un organismo es obra de las células. Los genes solo proporcionan los materiales”, defiende el autor de The Master Builder, que será publicado en español este año de la mano de la editorial Paidós.

“A menudo surge la pregunta de cómo es posible que genomas tan similares puedan construir animales tan diferentes como las moscas, las ranas, los caballos y los humanos. Sin embargo, la auténtica maravilla es cómo un mismo genoma puede construir estructuras tan diferentes como un ojo y un pulmón en el mismo organismo. Demos a las células el crédito que les corresponde”, manifiesta el biólogo.

Martínez Arias considera que una prueba irrefutable de su teoría son los casos de quimerismo tetragamético, en los que dos óvulos son fecundados por dos espermatozoides formando dos cigotos y después esos embriones se fusionan en un estado temprano de su desarrollo, dando lugar a un embrión con dos genomas distintos. Es el caso, por ejemplo, de Karen Keegan, una mujer que en 2002 se sometió a una prueba de histocompatibilidad para ver si alguno de sus tres hijos podía donarle un riñón y las pruebas determinaron que dos de ellos no eran sus hijos. En realidad sí lo eran, pero su genoma no coincidía con el que había sido analizado, pues Karen tenía dos genomas distintos. La existencia de personas con dos genomas distintos desafía la idea de que es el ADN el que define nuestra identidad.

Implicaciones bioéticas

Los casos de quimerismo, que son extremadamente raros, normalmente se descubren de forma accidental, cuando alguna prueba de análisis médico encuentra una discordancia genética entre padres e hijos, como en el caso de Karen. Es importante tener en cuenta esta posibilidad, pues en el caso de pruebas de paternidad puede conducir a error. Así sucedió en el caso de Lydia Fairchild, quien casi perdió la custodia de sus hijos debido a un malentendido similar causado por su quimerismo. Este tipo de problemas podría incrementarse con el uso de las técnicas de fecundación in vitro, ya que está habiendo un aumento global de los embarazos múltiples y con ello de los eventos en que cigotos distintos se fusionan.

Por otro lado, cabe plantearse si el rechazo del ADN como la clave primera de nuestra identidad conduce a negar que en el embrión temprano ya podemos reconocer a un individuo, dada la posibilidad de que se fusione con otro embrión. A nuestro juicio, desde una visión puramente biológica, dado que el embrión se comporta en todo como un organismo, hay que considerarlo como tal. Si en un momento dado dos embriones se fusionan, está claro que teníamos dos y nos quedamos con uno. Pero lo que no está claro es cómo ocurre esto, ¿es uno de ellos el que desaparece y otro el que adquiere parte de su composición celular? ¿O se trata de una fusión propiamente dicha? Esta pregunta está por resolver. Desde un punto de vista metafísico, a la hora de pensar en el alma, parece que la primera posibilidad tendría más sentido, de manera que no habría una fusión propiamente dicha sino una especie de absorción de un individuo (el que muere) por parte del otro (el que vive).

Finalmente, la cuestión de si el ADN es o no lo que define nuestra identidad, nos parece más un reclamo mediático que un interrogante científico. A nuestro juicio, los casos de quimerismo tetragamético, excepciones que confirman la regla genérica de la conformación del genoma de la descendencia mediante la fusión del ADN de los gametos, no cambian nada la consideración de que el ADN tiene un impacto en el fenotipo resultante del organismo. Si solo hay un genoma, que es lo más habitual, solo él contribuye al fenotipo, y si hay dos, contribuirán los dos, por lo que seguirá siendo cierto que el ADN tiene un importante papel en determinar cómo somos, papel que se sabe compartido con el ambiente. En cuanto al importante papel que juegan las células como entidad compleja, efectivamente se está demostrando que el contexto celular es indispensable para el desarrollo, pero no hay que perder de vista que, sin la correcta secuencia de ADN, su correcto marcaje epigenético y su correcto silenciamiento o activación, las células no pueden funcionar y diferenciarse adecuadamente.

El descubrimiento reciente de lo que se ha venido en denominar “genoma oscuro”, pone de manifiesto que solo un 2 % de nuestro genoma desempeña la función de codificar las proteínas que nos caracterizan como individuos, lo que se conoce como proteómica. El 98 % restante de nuestra información genética contenida en nuestro ADN, se propone que contribuiría a los procesos de regulación de la expresión de nuestros genes codificantes, incorporando información procedente de estímulos del entorno. Esta regulación epigenética, que va desarrollándose a medida que el individuo evoluciona en complejidad, y que explica que de una sola célula, el cigoto, aparezcan más de 200 tejidos diferentes en el individuo, supone una información adicional a la estrictamente heredada de nuestros padres, que condicionará nuestra expresión fenotípica. Pero no deja de ser información genética definitoria de la individualidad de la persona.

Probablemente el término “identidad” no es el más adecuado a la hora de plantear estas cuestiones. O, si se quiere utilizar debería definirse exactamente qué acepción del término se está empleando, para evitar confusiones innecesarias que nos alejan de la verdadera pregunta, que solo pretende elucidar cómo se orquesta el complejo proceso del desarrollo embrionario.

 

  

Lucía Gómez Tatay

Julio Tudela Cuenca

Instituto Ciencias de la Vida

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

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