Pistas bioéticas para superar la lacra humana y social en que consiste el racismo

Asistimos cada fin de semana con preocupación a que el más mediático de los deportes en gran parte de la humanidad, el fútbol, sea el espejo de una pesadilla que no acaba de desaparecer: el racismo. En los últimos días los gritos despectivos contra personas negras en los campos de fútbol han ampliado su espectro, mostrando su ira hacia un entrenador gitano o hacia un futbolista argentino de tez morena. Afortunadamente se trata de hechos aislados, pero no tan minoritarios como sería deseable. Son como una hojarasca social, que parece deambular por nuestras calles con cierta impunidad e inconciencia, pero que se encuentra en condiciones de poder prender en cualquier momento. Y asusta.

No parece arriesgado señalar que ciertas actitudes de xenofobia y cerrazón de corazón con respecto a los migrantes por necesidad y a los refugiados pudiera tener una raíz relacionada con el racismo. Cuando los que vienen de fuera se detectan como si no fueran de los nuestros, no podemos dejar de observar que alguna alteración profunda de la vocación a la fraternidad humana está colonizando la mentalidad de quien así se expresa.

Desde estas coordenadas, asistir al visionado de Golden Earrings («En las rayas de la mano». 1947) de Mitchell Leisen puede suministrarnos pistas bioéticas para superar la lacra humana y social en que consiste el racismo. Con esa capacidad que tienen las películas —y de modo singular las de los directores del personalismo fílmico del Hollywood clásico— para suscitar unos registros antropológicos que complementan lo que podemos expresar en un lenguaje predicativo, o que incluso nos llevan más allá, y nos permiten penetrar, siguiendo de una manera libre la expresión de Julián Marías, en los estratos prefilosóficos sobre los que se asienta el razonamiento humano.

El componente esencial de esperanza y comunión

El guion de Golden Earrings procede de la novela homónima en inglés de la escritora húngara Yolanda Foldes (Jolán Földes). Su redacción corrió a cargo principalmente de Abraham Polonsky con la colaboración de Frank Butler y Helen Deutsch. Como ya sucedió otras veces con las película del director, Polonsky se sintió defraudado del resultado. Hubiese querido que Mitchell Leisen acentuase más los aspectos de la película que la pudieran aproximar al cine negro. Precisamente en ese género el guionista neoyorkino triunfaría de modo inmediato en obras como Body and Soul (“Cuerpo y alma”, 1947), sobre el mundo del boxeo, o Force of Evil (“La fuerza del mal”, 1948), en la que también actuó como director.

Una vez más, Leisen marcó su propio criterio, sin subordinarlo al del guionista, como ya había sucedido con Preston Sturges o Billy Wilder. La película nos muestra realidades dramáticas, con todo el eco que los años de la Segunda Guerra Mundial habían dejado en las almas de muchos de los espectadores. Pero, al mismo tiempo, concede un peso mayor a los argumentos que llevan a confiar en la fuerza del amor o de la entrega sincera de uno mismo. Sin lugar a duda, se estaba contestando así más eficazmente a la barbarie que el nazismo había sembrado en las conciencias, porque con bastante frecuencia el cine negro se hacía eco de manera ambigua del triunfo de las fuerzas del mal. Leisen, en su relato fílmico, ponía el foco de la cámara en retratar a las personas y en ellas el componente esencial de esperanza y comunión que permitiera romper con todos los cánticos de alabanza al pesimismo derrotista.

Golden Earrings promueve la superación del racismo porque anima a creer en la fuerza del amor que va más allá de las etnias y de las fronteras culturales. Eso es lo que les sucede al Coronel Ralph Denistoum (Ray Milland) y a Lydia, la gitana (Marlene Dietrich). Sólo se puede ver bien la película si la comprendemos como una historia de trasformación. Ya desde los primeros planos Leisen nos sitúa a un elitista militar británico —Denistoum que ya en 1946 goza del estatuto de general retirado— en su exclusivo club. Allí a un periodista americano, Quentin Reynolds, que se interpreta a sí mismo, le llama la atención que tan adusto personaje tuviese las orejas perforadas como un gitano. Sus compañeros de tertulia no saben la explicación, pero sí en sus efectos positivos: “Nadie se ha atrevido a preguntarle. Cuando estalló la guerra estaba en Europa. Regresó así. Debe haber sido magia negra. Regresó cambiado. Antes era un tipo estirado. Ahora es un tipo bastante simpático.”

Quentin Reynolds coincide en un avión a París con Denistoum, al lado de su asiento. El ya general en la reserva está de buen humor, porque ha recibido una cajita con unos pendientes de gitano que en su día Lydia le dejó, y va feliz a reencontrarse con ella. El americano se queda mirando los orificios del lóbulo de la oreja y consigue que el militar le confiese su historia. En síntesis, tuvo una misión en Alemania, en 1939 poco antes de que comenzase la Segunda Gran Guerra. Allí estuvo a punto de fracasar y perdió a su joven compañero Richard Byrd (Bruce Lester). Si no llega a ser por la implicación y la ayuda incondicional de una gitana, Lydia, que lo hizo pasar por su marido —para lo cual tuvo que perforarse las orejas y llevar pendientes—, no hubiese conseguido hacerse con la fórmula de un gas altamente venenoso, descubierta por un científico humanista, el profesor Otto Krosigk (Reinhold Schünzel), para así evitar que pudiese ser utilizada en lo que hoy día conoceríamos como “un arma de destrucción masiva”.

El relato de la trama permite atisbar que la intención principal de Leisen era la de contraponer un modo de civilización basada en el odio y la persecución (la nazi) y otro basado en el amor que permite el verdadero encuentro entre las personas, más allá de las etnias y de las culturas. Desde el primer momento, Lydia traspasa su frontera gitana y acepta a un gadze (payo) como la persona de su amor: “Antes de verte, cuando los espíritus del agua me dijeron que venías, me dije: «Este será mi hombre». Liebling[1], tú eres mi hombre.”

“Cuando aprendes eso, aprendes mucho”

Lydia es una gitana, sí. Y sigue sus tradiciones de modo espontáneo y pintoresco. Pero Leisen la sitúa en un momento vital singular. Se ha separado de su grupo, lo que le permite descubrir algo más profundo en su vocación de persona, que le lleva misteriosamente a acoger con todo amor a Denistoum y su misión. Esto es precisamente lo que va a captar el militar británico, aunque no en un primer momento, en el que por el contrario siente una clara repugnancia por unas costumbres tan alejadas del proceder de un british gentleman. Es la lealtad de ella la que le lleva a reconocer ante su compañero en un encuentro fugaz con él: «Lo que ha hecho esa mujer por mí.» Se trata de algo que alcanza la verdad de sus personas. Como dice el militar, que le impulsa a la superación de una filosofía racionalista. Un diálogo entre ellos los expresa con vivacidad.

Denistoum: “Sabes, Lydia, yo solía ser racionalista.”

Lydia: “¿Qué es eso?”

Denistoum: “Bueno, es cuando crees sólo en lo que ves u oyes, o sientes. Pero últimamente ha empezado a sospechar que hay más cosas.”

Lydia: “Cuando aprendes eso, aprendes mucho.”

Poco después, ante la perspectiva de su próxima separación, su declaración de amor se hace más explícita. Mutuamente han descubierto su misterio personal, y se han dejado iluminar por él.

Denistoum: “Ah, Lydia. Quiero que sepas que en estos últimos días he sido muy feliz. Más feliz de lo que creía posible. Y es muy raro porque han sido días de peligro e incertidumbre. Creo que no había empezado a darme cuenta hasta ahora en que mi tiempo contigo casi ha terminado. Eres la persona más maravillosa que he conocido. Tu generosidad y tu calidez y tu afecto y tu lealtad y tu devoción. El modo en que transmites esos sentimientos me hizo sentir muy bien y muy seguro, y poco merecedor de todo ellos.

Lydia: “No conoces tu dulzura. Dices algo, quizás vuelves la cabeza y me sonríes. Y entonces emanas una belleza como el agua al sol. Y hace que mi corazón desborde y te ame tanto. Más de lo que puedo soportar.”

No, nunca supiste lo que era el amor verdadero. Y yo nunca supe lo que era la vida

Y ya en el momento final, cuando la separación es inminente y resulta más que problemático que se vuelvan a ver en un mundo en guerra y en persecución genocida de los gitanos por parte de los nazis, la declaración de amor apunta ya a la fusión de alma.

Lydia: “Estoy hechizada. La cabeza me da vueltas y me diento débil y asustada. Ya nada me importa, sólo tú. Toda mi vida creí que si no amaba a un hombre, amaría a otro. Pero ahora es diferente. Es como… como estar enferma.”

Denistoum: “No, nunca supiste lo que era el amor verdadero. Y yo nunca supe lo que era la vida. Ahora nos hicimos el uno como el otro. Nos fundimos el uno en el otro. Gitana, payo. Paya gitano”.

Lydia (segundos después lo ratifica): “Tú… eres sólo medio payo. Y yo medio gitana. (A continuación reza por él) Espíritus de la tierra y del agua, guían a mi amado. Háganlo fuerte como el roble. Que viva en la belleza y el vigor se du semilla. Dulces espíritus de la tierra y del agua, os devuelvo a mi amado.”

En ese punto, la narración del pasado, el flashback, cesa y vuelve la conversación al avión. Allí el periodista no duda en sentenciar: “Era una gran mujer.” Denistoum lo ratifica: “Así es, Mr. Reynolds, así es”. Han pasado siete años desde que se despidieron, pero la película cierra con su reencuentro. Ambos han sido fieles a lo que se les reveló de ellos y de su mutuo amor, aunque Lydia con sencillez reconoce: “Creí que no vendrías. Estaba por irme”.

“La lógica de la purificación del verdadero amor”

El personalismo de Leisen lo hemos caracterizado que como aquél que expresa “la lógica de la purificación del verdadero amor”[2], del aprendizaje continuo sobre como amar de verdad, alejándose cada vez más del egoísmo. En una obra temprana, Behold My Wife (1934) el director había mostrado ya la conexión entre “el matrimonio como lugar del corazón” y la superación del racismo frente a los primigenios pobladores de América.[3] Y esta clave intercultural de su planteamiento encuentra refrendos desde distintas posturas. Tomemos dos ejemplos, el primero meramente ilustrativo, el segundo más convincente.

Un pensador habitualmente bastante escéptico como Richard Rorty señaló la necesidad de saber responder a la pregunta «¿Por qué debo preocuparme por un extraño, una persona que no es de mi familia, una persona cuyas costumbres me parecen detestables?». Y consideró que la mejor respuesta no es un imperativo racionalista, sino “la historia larga, triste y sentimental que empieza así: «Porque esto es lo que ocurre cuando se está en su situación, lejos del hogar, en medio de extraños» o «porque ella puede convertirse en su nuera» o «porque su madre lloraría por ella»”.[4]

Conclusión: los caminos alternativos de una bioética verdaderamente humana

La segunda, que nos permitirá esbozar una conclusión,  es la aportación del profesor Josep Maria Esquirol en su ensayo Uno mismo y los otros. De las experiencias existenciales a la interculturalidad. Lo que allí se nos propone es una invitación a la profundidad. En lugar de dar un tratamiento superficial de la diferencia cultural, ir a la búsqueda de aquellas realidades que verdaderamente nos unen. Como Lydia y Denistoun, superar las primeras apariencias que nos alejan para navegar en dirección a lo que somos capaces de vivir desde el corazón y reflexionar sobre todo ello. El punto de partida del profesor Esquirol resulta interpelante.

¿Tiene algo que ver la experiencia de la extrañeza de uno mismo con el conocimiento de la cultura ajena?; ¿constituye la experiencia de la soledad y del vacío un «puente intercultural»: ¿por qué el autoexamen y la actitud crítica pueden considerarse como la mejor ética intercultural? Éstos son algunos de los interrogantes que he planteado en este ensayo. Mi intuición es que muchas de las cosas que hoy en día comentamos acerca de la interculturalidad pueden y deben ponerse en relación con algunas experiencias humanas más fundamentales. Si así se hace, no sólo evitamos caer en el error de descubrir mediterráneos, sino que damos a esas temáticas la profundidad que merecen.[5]

En la recapitulación de la obra sintetiza cuales son esas experiencias existenciales.

Espero haber mostrado que, con las de identificación, alteridad, diálogo, solidaridad, soledad y examen, estamos ante seis experiencias existenciales muy importantes y significativamente conexas con el tema de la interculturalidad. Además, como es cierto que las aguas subterráneas —y profundas— se comunican, quizás deba ocurrir lo mismo con estas experiencias si de veras son radicales.[6]

Muestra de esta comunicación profunda es que en la película de Leisen, Lydia descubre el amor verdadero al tiempo que Denistoun lo hace con la vida. La interrelación entre ambos temas, esencial para la bioética, hace ver que el racismo es ignorancia y barbarie que bloquea la fuentes de esperanza y comunión más profundas de las personas. Identificación, alteridad, diálogo, solidaridad, soledad y examen… son los caminos alternativos que una bioética verdaderamente humana —verdaderamente filosófica— debe saber proponer. Y una película como Golden Earrings facilita cómo hacerlo.

 

Ficha técnica:

Título original: Golden Earrings (En las rayas de la mano)

Año: 1947

Duración: 1h. 35 minutos

País: Estados Unidos

Dirección: Mitchell Leisen

José-Alfredo Peris-Cancio

Profesor e investigador en Filosofía y Cine

Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir

 

[1] Querido, cariño, en alemán.

[2] Peris-Cancio, J.-A., Marco, G., & Sanmartín Esplugues, J. (2022a). Cuadernos de Filosofía y Cine sobre el personalismo de Leo McCarey. Tomo I: Fundamentos y Primeros Pasos hasta «The Kid from Spain» (1932). Valencia: Tirant Humanidades, p. 52.

[3] Lo hemos trabajado con el profesor Sanmartín en el Cuaderno 64. El matrimonio como lugar del corazón en Behold My Wife (1934) entre dos entretenimientos ligeros, Murder at the Vanities (1934) y Four Hous to Kill (1935), en Sanmartín Esplugues, J., & Peris-Cancio, J.-A. (2019c). Cuadernos de Filosofía y Cine 05. Elementos personalistas y comunitarios en la filmografía de Mitchell Leisen desde sus inicios hasta «Midnight» (1939). Valencia: Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir, pp. 97-109.

[4] Rorty, R. (1998). Derechos humanos, racionalidad y sentimentalidad. En S. Shute, & S. Hurley, De los derechos humanos (págs. 117-136). Madrid: Trotta. pp. 135-136.

[5] Esquirol, J. M. (2017). Uno mismo y los otros. De las experiencias existenciales a la interculturalidad. Barcelona: Herder, p. 9.

[6] Ibid., p. 153,

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