El Estado francés acaba de aprobar por una mayoría del 80 % la inclusión del derecho al aborto en su Constitución. La intención que subyace a esta decisión es blindar el presunto derecho a abortar de las mujeres frente a posibles limitaciones que pudieran establecerse por futuros gobiernos, más sensibles con el respeto a la vida humana.

La reforma ahora aprobada ha sido presentada por los políticos franceses de casi todo el espectro político como una conquista de la libertad para las mujeres, que, finalmente, podrán “disponer de sus cuerpos” sin restricciones.

Pero ¿es realmente un avance de la civilización el reconocimiento del derecho a abortar e incluirlo en la Carta Magna de una nación, que debe custodiar los derechos y el respeto a la dignidad de todos sus ciudadanos?

Excluir a los seres humanos no nacidos, inmaduros, débiles e indefensos, del deber de custodia y defensa de sus derechos no puede presentarse en ningún caso como una conquista del progreso sino, más bien, como una involución.

Los políticos que ahora festejan en Francia excluir de la Carta Magna que defiende los derechos de todos, a los más necesitados de custodia y protección, han contribuido a fraguar un descomunal retroceso: el de normalizar el exterminio de los débiles, de los que no pueden defenderse, de los que dependen absolutamente de otros.

Los antecedentes históricos de las civilizaciones que han pisoteado los derechos humanos hoy reconocidos, el primero de los cuales es el derecho a la vida, nos muestran que su destino es la decadencia, el debilitamiento de las estructuras sociales y, finalmente, su extinción.

El horror que nos produce contemplar los campos de exterminio, los genocidios de todo tipo, la esclavitud o cualquier otra forma de violencia de los fuertes sobre los débiles, parece ahora anestesiado ante la descomunal tragedia que supone la normalización del hecho de que una madre termine deliberadamente con la vida de su hijo indefenso antes de nacer.

Apelar al derecho de la mujer sobre su propio cuerpo para legitimar la práctica del aborto es ignorar la realidad, falsearla o manipularla. Cuando una mujer atenta directa e intencionadamente contra la vida de su hijo al que gesta, no actúa sobre su cuerpo, sino sobre el cuerpo y la vida de otro ser humano, individual y distinto de ella, con su propia biografía, al que acoge y nutre en su seno.

Ignorar este hecho es el paso necesario para admitir que matar no es matar. También lo hicieron los que esclavizaban con sus esclavos, a los que consideraban cosas, que podían comprar o vender, o matar, sin que ello constituyera ningún delito. O los hutus contra los tutsis, cuando en el genocidio de Ruanda llamaban cucarachas a sus enemigos antes de segarles la vida sin remordimiento alguno.

La historia reciente nos muestra también tristes ejemplos de como el hombre atenta contra el hombre impunemente cuando le retira previamente su condición personal: no es uno de los míos, no tiene derechos, su vida no vale nada.

Nacer en Francia será ahora un poco más complicado. Ya lo es en muchos países, como el nuestro, donde terminar con la vida de un embrión o feto humano no requiere ninguna justificación, más allá de la voluntad de la mujer que aborta.

Pero ahora los franceses han blindado el derecho a matar a los más débiles. No quieren marcha atrás. Sin embargo, caminan hacia atrás.

Jérôme Lejeune, de cuya muerte celebramos el trigésimo aniversario, insigne científico y genetista, defensor de la vida humana desde la concepción, ya advirtió sobre ello: “La calidad de una civilización se mide por el respeto que profesa a los más débiles de sus miembros”.

Francia retrocede, con el práctico consenso de sus políticos y la mayoría de sus ciudadanos, en la calidad de su civilización, reincidiendo en atropellos históricos sobre la dignidad humana que pensábamos superados.

Mis condolencias por este regresivo atentado contra el hombre, que extingue su libertad en nombre de la libertad.

 

 

Julio Tudela

Observatorio de Bioética

Instituto Ciencias de la Vida

Universidad Católica de Valencia

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