No Time for Love presenta nuevas barreras que impiden la relación auténtica entre los varones y las mujeres, y, sobre todo, la fuerza y la alegría para superarlas

No Time for Love (No hay tiempo para amar, 1943), la segunda entrega de la trilogía de Mitchel Leisen con Claude Bynion y Fred MacMurray, presenta nuevas barreras que impiden la relación auténtica entre los varones y las mujeres, y, sobre todo, la fuerza y la alegría para superarlas. Muestra una insólita capacidad de exponer por medio del tono ligero de la comedia algunos temas nucleares de la filosofía, desde que Platón idease para sus alumnos el diálogo la República para interpelarles acerca lo que se ha de buscar para hacer buena la ciudad entre los hombres.

La bioética no puede entenderse sin ese compromiso por el bien en la convivencia democrática, que en otro caso haría vanos cuantos intentos se planteasen por preservar la dignidad humana de todos sus miembros. Especialmente de los más vulnerables, de los que no se pueden defender de los abusos y atropellos.

La denuncia de Take a Letter, Darling acerca de tratar a las mujeres como objetos —o viceversa— continúa en No Time for Love. Pero añade una nueva advertencia: el peligro de sentirse superior, de una clase más alta (upper-class). Leisen y Binyon lo presentan de modo asociado. La protagonista, Kate (Katherine) Grant (Claudette Colbert) es una sofisticada fotógrafa que tiene serias dificultades para ver como iguales a sí a los hombres que no sean de su alto y refinado ambiente social. Lo parapeta además por medio de su estilizado gusto que defiende ardientemente ante su editor Christley (Bill Goodwyn).

Cuando este le pide que fotografíe a las bailarinas de una revista, Kate realiza unas tomas artísticas de las cuerdas de los telones. Christley se lo recrimina y ella le contesta por escrito muy airada: “Mr. Christley, estas fotos son mi visión sobre el tema. Mientras exista la libertad de expresión y de prensa, lucharé por el derecho de libre fotografía.” Una exhibición de autenticidad cuyo riesgo de repercusiones negativas está seriamente amortiguado: la fotógrafa es la prometida de Henry Fulton (Paul McGrath), el propietario de la revista.

El editor se ve forzado a transigir, pero el siguiente encargo que le encomienda a Kate es fotografiar las obras de debajo del túnel. Ella protesta: “Ud. sabe que no es mi estilo de fotografía. Quizá cuando acaben el túnel y vea figuras geométricas con luces y sombras.” Pero Christley ejerce de maestro de la joven y le abre los ojos: “La cuestión es que no habría ningún túnel si no hubiera hombres arriesgando su vida allí. Nos interesan ellos, no los muros.” Una expresión que el espectador estadounidense del momento podrá entender con toda facilidad como trasladable a los soldados americanos combatiendo en el frente.

Platón en No Time for Love: “Bajé al Pireo, acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón…”

Katherine se ve obligada a bajar al túnel, y no resulta nada aventurado pensar en este momento en las primeras palabras de la República de Platón: “Bajé al Pireo, acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón…”[1]. El verbo “bajé” centra desde el principio el gesto educativo del diálogo central del fundador de la Academia de Atenas. William H. Altman ha enfatizado su sentido.

Platón tomó la decisión de empezar su obra maestra con la palabra… “bajé”… […] Y aunque la Alegoría de la Caverna se cita porque ilustra perfectamente el tipo de emancipación de la ignorancia que es una verdadera educación, resulta que también ilustra igualmente a la perfección la esencia de la Justicia, que no queda instanciada en la liberación del estudiante de las cadenas y las sombras de la irrealidad, sino, más bien en la elección aún más difícil de volver a la oscuridad a la luz de un bien mayor, habiendo escapado, en primer lugar, de ellas. Con Sócrates, tanto Platón como sus estudiantes escogidos pueden decir: “Escapé de la Caverna, pero volví a ella”; en definitiva, pueden decir: “Bajé”.[2]

Kate hará esta bajada a la Caverna con el reportaje sobre las obras del túnel. Pero veremos que no será suficiente con esta ocasión y que tendrá que volver a ella. Como señala Stanley Cavell, tendrá que rebuscar.

Señalo, en primer lugar, que la premonición de sus primeras palabras — «Bajé al Pireo» —, no se descubre hasta el mito de la Caverna en el libro VII y que, en el libro IX, el reconocimiento de los juicios de la felicidad y de la desgracia requieren, esencialmente, descender a la ciudad a rebuscar en cada esquina (República, 576 d, e).[3]

En su primera visita a los areneros de debajo del río, Kate pasará por una sala de descompresión. Uno de los muchos hallazgos de puesta en escena de Mitchell Leisen, que permite marcar el surco entre los dos mundos. Los trabajadores la reciben de uñas porque piensan que, según una vieja superstición, una mujer en el túnel trae mala suerte. Ella se defiende con hábil dialéctica: “Me dijeron que aquí había hombres realmente valientes. Nadie me habló de niños supersticiosos.” Consigue que la dejen hacer su trabajo y ella se fija en un hombre corpulento, Jim Ryan (Fred McMurray), que no está dispuesto a colaborar.

A su mentalidad refinada le resultará difícil admitirlo, pero Kate se siente atraída por Jim. Buscando el plano para una toma provocará su aparatosa caída. Y aunque sea ella quien en una acción física valiente y decidida evite que una máquina acabe con Jim, su relación será difícil. Él le acusará de haberle echado el ojo en cuanto lo vio. Ella a él de ser “un mono presumido”, “la prueba viviente de que los hombres pueden vivir sin intelecto”, de fantasear con que “una mujer culta y refinada pueda enamorarse de él”. Llega acusarle de que “una silla de su apartamento tiene más carácter” que Jim.

El obrero aprovechará que ella se ha olvidado el trípode en el túnel para ir a devolvérselo al día siguiente. Le pedirá que le enseñe esa silla “con más carácter que él”, y para mostrarle que no es así, la besa en los labios, sin que ella proteste. Hace ademán de darle un segundo beso y se frena, temeroso de que “ella pudiera llegar a interesarle”. La pandilla de amigos refinados de Kate descubre que Jim está en su casa y siguen con la burla de que se trata de un hombre primitivo. Jim entra en el juego para mostrarles cómo son las peleas entre sus compañeros, golpeando a uno en el estómago, y al novio de Kate en la cabeza, chocándola con la de otro amigo.

Las imágenes oníricas de la joven sugieren que Jim responde a su anhelo de una liberación de los círculos estrechos en los que se mueve su vida, de la necesidad de una nueva educación

Leisen ha filmado con elocuencia el mundo en el que se mueve Kate y el fuerte contraste que tiene con el de Jim. A pesar de todo, ella queda prendada de ese hombre rudo, del que permanece atrapada hasta en los sueños. El director estaba interesado en el psicoanálisis, una doctrina terapéutica cuya coincidencia en el tiempo con la aparición del cine muchos han señalado. Las imágenes oníricas de la joven sugieren que Jim responde a su anhelo de una liberación de los círculos estrechos en los que se mueve su vida, a la necesidad de una nueva educación.

Cuando él regrese a su casa protestando de que lo han sancionado a cuatro meses sin trabajo por las fotos de una pelea que la revista publicó, ella le explica que no tuvo nada que ver. Jim acepta sus excusas y ella a cambio lo emplea como ayudante suyo. Con ello, la joven quiere verlo como realmente es y quitárselo de la cabeza. En uno de sus encargos acuden a fotografiar a bailarinas. Y si Kate había mostrado sus prejuicios hacia los areneros por su escasa cultura, ahora lo hará también hacia estas mujeres a las que considera vacías de intelecto. Para colmo, Jim tontea con una de ellas, Darlene (June Havoc), testificando la baja aspiración de sus expectativas hacia las mujeres.

En un momento determinado Kate está dispuesta a reconocer que está enamorada de él y a decírselo mientras se despiden en el descapotable. Pero Hoppy Grant (Ilka Chase), la hermana de la fotógrafa, que sabía de los planes de Kate de quererse burlar de Jim para olvidarlo, los ha visto por la ventana. Irrumpe para que le confiese al joven la verdad. A pesar de las lamentaciones de Kate acerca de que ya no es cierto, Jim se marcha ofendido y deja el trabajo.

La reconciliación entre ellos vendrá precedida de una segunda bajada a la Caverna, esto es, al túnel. Christley envía de nuevo a Kate a las obras, porque hay un hombre que parece tener la solución para que no se detengan por la presencia de agua y lodo. Resulta ser Jim, que ahora sabemos que también buscó bajar a su vez a la Caverna: es un joven ingeniero que quiso compartir la vida de los obreros a pie de obra antes de aplicar sus innovaciones tecnológicas. Quien aparecía como paleolítico dispone de una alta especialización tecnológica. El artilugio de Jim falla en una primera prueba, pero unas fotografías tomadas ocultamente por Kate permiten ver que sí su funciona. Ella se las enseña a sus jefes, con el ruego de que no le digan a Jim que ha tenido nada que ver, para que no sienta en deuda con ella. Cuando el directivo dice no entender, Kate sentencia otras frase filosófica, planteando el problema de las otras mentes: “Los hombres entienden nada unos de otros”. Esta segunda bajada ha hecho a Kate más sabia.

Será un personaje secundario Roger Winant (Richard Haydn) el que hará de mediador ante la pareja. De modos afectados y una bulimia nada disimulada, lee en el corazón de su amiga Kate y sabe que está enamorada de Jim. Y así se lo hace saber al ingeniero, rebajando su orgullo con el dato de que la nueva oportunidad que le han concedido se la debe a las fotos de la joven.

Escena final y conclusión

En la escena final Kate muestra que ha aprendido más cosas. Resignada, está en la fiesta de su compromiso de Henry Fulton. Recibe la visita de Darlene, que tiene a Jim como posesión suya, y que ha escuchado su conversación con Roger. Celosa la abofetea y Kate le devuelve un gancho en el mentón que la derriba.  Jim que llega en ese momento, contempla la escena y alaba a Kate. Sus mundos se han aproximado. Él a su vez coge a Henry bajo un brazo, va a la habitación de Kate, toma la silla con la otra mano y le hace elegir a quien prefiere. “A ti grandísimo mono”, dice ella. “Eso te convierte en la esposa de un mono”, le contesta.

Las barreras se han derribado. A diferencia de lo que ha sostenido Shulamith Firestone (1945-2012)[4], para Leisen y Bynion la diferencia varón/mujer no está llamada a prolongar la lucha de clases, sino a la verdadera educación mutua que haga posible la civilización del amor y de la vida, que no renuncie a bajar a la Caverna y a perseverar en el bien del mutuo reconocimiento.

 

Ficha técnica:

Título original: No Time for Love (No hay tiempo para amar)

Año: 1943

Duración: 1h. 23 minutos

País: Estados Unidos

Dirección: Mitchel Leisen

 

José-Alfredo Peris-Cancio

Profesor e investigador en Filosofía y Cine

Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir

 

[1] Platón, La República, 327 a 1.

[2] Altman, W. H. (2023). ¿Por qué leer la República de Platón? (M. Golfe-Folgado, Ed.) La torre del Virrey, 34(2), 28-39. Obtenido de https://revista.latorredelvirrey.es/LTV/article/view/1463, 32.

[3] Cavell, S. (2007). Ciudades de palabras. Cartas pedagógicas sobre un registro de la vida moral. (J. Alcoriza, & A. Lastra, Trads.) Valencia: PRE-TEXTOS.

[4] Firestone, S. (1972), The dialectic of sex, Banthan, New York, 1972