Tal y como explicamos en publicaciones anteriores, las grandes tecnológicas -tales como TikTok, Meta, Google o Snapchat- han sido demandas por decenas de escuelas en Seattle, Estados Unidos, por provocar daños psicológicos a gran escala en jóvenes menores de edad. Y es que, según datos de UNICEF, la edad media en que los niños disponen de teléfono móvil es antes de cumplir los 11 años, teniendo acceso a cualquier tipo de información y exponiéndose a convertirse en víctimas de delito.
La demanda se basa en la posibilidad de que el acceso a estas plataformas pueda relacionarse con la aparición de trastornos tales como depresión, trastornos de la conducta alimentaria (TCA), ciberacoso o disminución del rendimiento escolar. “El aumento de suicidios e intentos de suicidio y el incremento de visitas a los centros de salud mental no es una coincidencia. Esta crisis ya estaba empeorando antes de la pandemia y la investigación ha determinado que las redes sociales juegan un papel importante en la aparición de problemas en la salud mental de los jóvenes”, exponen los demandantes.
Las nuevas tecnologías se han hecho hueco, no solo en los hogares de la mayoría de los niños, sino también en las escuelas, pareciendo una herramienta indispensable en el plan escolar.
No obstante, la UNESCO publicó recientemente un informe de seguimiento de la educación en el mundo llamado “Global education monitoring report, 2023: technology in education: a tool on whose terms? (“La tecnología en la educación: ¿Una herramienta al servicio de quién?”). En él se afirma que no hay pruebas sólidas sobre el valor añadido de la tecnología digital en la educación, siendo muchas de ellas procedentes de quienes intentan venderla.
“La tecnología afecta a todos los ámbitos de la vida, ya que amplía las oportunidades de conexión y de acceso a la información, pero también plantea riesgos para la seguridad, la privacidad, la igualdad y la cohesión social, que en ocasiones se traduce en daños frente a los que es necesario proteger a los usuarios. No todos los cambios representan avances; solo porque algo pueda hacerse no significa que deba hacerse”, afirman en dicho informe.
El escrito asegura que el incremento en el tiempo de exposición a las pantallas puede repercutir negativamente en el control y estabilidad emocional, aumentar la ansiedad y la depresión y tener un efecto perjudicial si se utiliza de manera inapropiada o excesiva.
Los datos que ofrece el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, sugieren “una relación negativa entre un uso excesivo de las TIC y los resultados académicos de los estudiantes. Pocos países cuentan con reglamentación estricta en este ámbito, menos de una cuarta parte ha prohibido el uso de teléfonos inteligentes.”
Iniciativas en otros países
Varios países están llevando iniciativas para regular su uso:
Otra de las consecuencias del mal uso de las tecnologías, tal y como explicamos, ha sido el creciente consumo de pornografía entre los jóvenes, aumentando la agresividad sexual, el riesgo de las conductas sexuales de riesgo o la cosificación de la mujer. Existen evidencias incuestionables sobre las alteraciones en la conectividad cerebral objetivadas en los cerebros de personas adictas al consumo de pornografía, que deberían modificar los criterios de difusión y acceso a estos contenidos.
Emilio Calatayud -reconocido abogado, escritor, magistrado español y juez de menores- asegura haber tenido “casos de chavales que, sin saberlo los padres y aprovechando la COVID-19, han pasado 18 horas diarias con el teléfono. Es una droga, un instrumento muy peligroso para cometer hechos delictivos y un instrumento muy peligroso para ser víctima de delito”.
Julio Tudela
Paloma Aznar
Instituto Ciencias de la Vida
Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia

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