El controvertido estreno del film Napoleón de Ridley Scott invita a una reflexión sobre algunas huellas perversas del imperialismo incrustadas en nuestras democracias occidentales. Son lógicas de control que ansían gobernarlo todo: la vida y la naturaleza humana, relacionadas con el concepto de biopoder, desarrollado por el filósofo Michel Foucault. En nombre de la idea de una paz mundial y perpetua, presentada como modelo de razón, se justifican guerras y una alteridad negativa que atenta contra la dignidad de la persona al naturalizar que hay vidas que no importan. Cerca de seis millones de personas entre civiles y soldados murieron en las guerras napoleónicas.

 

Al cineasta británico, Ridley Scott, le han llovido las críticas porque su versión de Napoleón, interpretado por el actor Joaquín Phoenix, no representa fielmente algunos acontecimientos importantes de la historia del ascenso al poder del cónsul y emperador de Francia que supo capitalizar el entusiasmo popular de la Revolución Francesa para convertirse, posteriormente, en un autócrata y, además, promotor de un imperio a golpe de sable. Scott alega que una película no es una clase de historia, ni un documental -aunque, no yerran del todo quienes apelan a ciertos límites- y ofrece al espectador todo un espectáculo comercial, particularmente, en las escenas bélicas, con un gran número de extras que se amplía mediante medios digitales.

Con todo, recurrir a una avanzada tecnología para deslumbrar al espectador, en palabras del cineasta español Víctor Erice, no garantiza que la cámara pueda atrapar momentos de verdad. Esto es algo que no tiene que ver tanto con la fidelidad a los acontecimientos históricos como con brindar una experiencia más humana. Lo logró el director francés de cine silente, Abel Gance, en 1927, con una versión de la vida de Napoleón, de cuatro horas de duración, que cautivó a Stanley Kubrick. Es un biopic con escenas de una fuerza visual impactante que, actualmente, puede verse en algunas plataformas digitales.

Las vicisitudes de la relación de Napoleón Bonaparte con su esposa, la emperatriz Josefina, papel que interpreta Vanessa Kirby (la princesa Margarita en la serie The Crown (2016) y la traficante de armas Alanna Mistópolis en Misión Impossible: Fallout (2018), tienen un peso notable en la trama de Ridley Scott. La pareja se deterioró por la imposibilidad de Josefina para concebir un heredero al trono de Francia, divorciándose en 1810. No olvidemos que este cineasta tiene en su carrera cinematográfica títulos memorables como Alien (1079), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991), Gladiator (2000), El reino del cielo (2005) o El último duelo (2021) que son ilustres precedentes de la obra que nos ocupa. En la cinta de Napoléon, resulta llamativa la elipsis del director sobre la Guerra de independencia española (1808-1814), o la reinstauración de la esclavitud en algunas colonias. Es de justicia apuntar que los africanos esclavizados contribuyeron con su sufrimiento y explotación a convertir Francia en una de las naciones más ricas del continente europeo. Tampoco hay alusión alguna al saqueo de obras de arte en países conquistados como a los hitos que le valieron al emperador francés el reconocimiento de constructor de la Francia moderna. El historiador francés, Jean Tulard, uno de los más reputados especialistas sobre la época napoleónica, declaraba recientemente que en calidad de profesor de Historia en la Sorbona desaconsejaría ver este filme, pero, como cinéfilo, sí que lo recomendaría.[1]

La imagen que ofrece Ridley Scott de Napoleón ha molestado a sectores franceses que no bendicen las vilezas de la dictadura napoleónica, el restablecimiento de la esclavitud en algunas colonias o más de dos décadas de guerras que llevaron a perder la vida a cerca de seis millones de personas entre civiles y soldados. Pero, sí sienten cierta incomodidad a la hora de justificar el mausoleo de Napoleón en el centro de París, en el complejo arquitectónico de los Inválidos. Es más, hay que tener en cuenta que el prototipo napoleónico ha encontrado ecos en dictadores del siglo inhumano siglo XX como Lenin, Stalin, Saddam Hussein, Ceaucescu o Gadafi, entre otros. El filósofo judío Martin Buber veía en él un antecedente de Hitler por su incapacidad de reconocer ningún tú en el otro.

Independientemente de las controversias suscitadas por el enfoque del célebre director británico, la película Napoleón tiene un interés bioético de calado. Las casi dos décadas en las que el emperador francés extendió su imperio por Europa son la clave de bóveda de secuelas imperialistas que socavan nuestras democracias occidentales. Remiten a lógicas de control sobre la vida y la naturaleza humana estrechamente relacionadas con el concepto de biopoder que desarrolla el filósofo francés Michel Foucault en el marco de un curso que impartió en el Collège de France (1978-79). Los neologismos biopolítica/biopoder aluden a mecanismos implementados desde los gobiernos con la intención de gobernar la vida individual y colectiva, así como los territorios. Se trata de prácticas y estrategias que inoculan determinadas lógicas de poder en las vidas cotidianas, creando una ilusión de libertad que no es real. Foucault logra poner el dedo en la llaga respecto a los límites de las democracias liberales.

La pregunta tan necesaria como pertinente es hasta dónde debe extenderse un gobierno para garantizar el buen funcionamiento de la sociedad y, al mismo tiempo, ser respetuoso con la libertad de las personas para llevar adelante sus proyectos vitales. Foucault toma la idea de la expresión “gobierno frugal” de Benjamin Franklin. Del citado concepto se sigue, según el filósofo Alfredo Marcos[2], en alusión a la obra de Foucault, que donde falta virtud y afición al trabajo se requerirá un gobierno más intervencionista. Y éste procederá a adelgazarse en cuanto promueva la virtud. Pero será abusivo si aprovecha el vicio y la desidia o los fomenta para ensanchar su poder y controlarlo todo.

Napoleón es hijo de un momento de transición, el cambio del mundo feudal a la sociedad burguesa del estado-nación que ofrece un nuevo paradigma en lo que respecta al concepto de biopoder. Si el señor feudal tenía la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte de sus siervos, en las sociedades modernas se abren paso formas sociales distintas de control y más sutiles. La etapa napoleónica resulta de interés por encuadrarse en dialécticas ilustradas de una paz mundial y perpetua, por emplear las expresiones de Kant, asociada a un modelo de razón ilustrada, que no sólo han justificado guerras, sino también lógicas de exclusión.

Michel Hardt y Toni Negri, en su obra Imperio vs. Multitud [3] aluden a tres rasgos que nos pueden resultar muy familiares, a tenor de los conflictos que vivimos actualmente. El primero, la falta de fronteras, ya que el dominio del imperio no tiene límites; el segundo, las perspectivas del imperio, estableciendo una idea sobre cómo las cosas que son objeto de gobierno están destinadas a ser, de acuerdo a un orden perpetuo, permanente deseable y omnisciente: y, el tercer rasgo, es que el imperio no sólo regula las interacciones humanas, sino que además procura gobernar directamente toda la naturaleza humana (Hardt & Negri, 2005:170). Es una dialéctica de control que tiene como consigna la ausencia de discusión porque cualquier discrepancia se interpreta como atentado o peligro para los intereses de la humanidad.

Así, por ejemplo, la identidad colonial de la etapa napoleónica responde a una lógica de exclusión, una alteridad negativa que se da de bruces con el cultivo de la humanidad y el impacto ético del rostro del otro, en línea con la filosofía de Emmanuel Lévinas. Con la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, la alteridad negativa presenta al otro como objeto, o un ser inferior.

Siguiendo con la obra de Hardt & Negri, las claves del biopoder se fundamentan en uno o más discursos sobre la verdad, con autoridades consideradas competentes para hablar de tales verdades que pueden ser biológicas, demográficas o sociológicas; normas de vida y salud que apuntan estrategias de intervención hacia formas de existencia y que pueden especificarse en términos de emergencia biosocial sobre la raza, el género o la religión; y las formas que permiten el autogobierno de los ciudadanos.

En definitiva, frente a relaciones de respeto mutuo entre las naciones y una defensa y salvaguarda de la persona, el biopoder actual se caracteriza por imposibilitar un despliegue de lo humano y por la ausencia de normas morales en sociedades alienadoras, elitistas y disfuncionales que cuestionan sistemáticamente la dignidad de cada persona. Todo lo anterior no resulta baladí si tenemos en cuenta que, actualmente, el biopoder se juega en numerosos ámbitos como la eutanasia, el aborto, las leyes sobre la familia o la educación de los niños y jóvenes, y, además, se decide que hay partes del mundo que pueden soportar sufrimientos que, en otras zonas, se consideran intolerables. Si somos capaces de alzar el vuelo y que los efectos especiales no nos despisten de lo auténticamente importante, la película Napoleón merece la pena.

 

Ficha Técnica:

Título original: Napoleón

Año: 2023

Director: Ridley Scott

País: EEUU/ Reino Unido

Duración: 157 min

 

Amparo Aygües

Ex alumna Master Universitario en Bioética

Colaboradora del Observatorio de Bioética

 

 

[1] https://elpais.com/cultura/2023-11-23/el-napoleon-de-ridley-scott-no-convence-en-francia-un-filme-muy-antifrances.html

[2] http://www.fyl.uva.es/~wfilosof/webMarcos/textos/textos2022/Scio_Biopolitica.pdf

[3] Hardt, M. & Negri, T. (2005). Imperio vs. Multitud. Barcelona: Paidós.