Cuando la libertad y la autonomía, sin límites ni fronteras, se convierten en el único vector de lo humano, se descuidan otras dimensiones morales esenciales como la centralidad y la dignidad de la vida humana desde la concepción. El Otro es tratado como objeto, no como persona. También resulta cuestionable éticamente que la pregunta sobre el bien de una acción se fundamente sólo en las buenas intenciones porque pueden convertirse en una justificación fácil de graves injusticias y maldades. Éstas son algunas de las objeciones bioéticas desde el personalismo al enfoque idealizado y reduccionista sobre el aborto de la película Todas somos Jane.

 

Título original: Call Jane

Año: 2022

Duración: 121 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Diamond Films

 

La cineasta estadounidense Phyllis Nagy se inspira en su film Todas somos Jane, de reciente estreno en España y de título original Call Jane (2022), en los hechos reales protagonizados por la red clandestina Jane Collective. Esta organización fue responsable de 12.000 abortos ilegales en EEUU durante la década de los sesenta del siglo XX hasta que el Tribunal Supremo legaliza la interrupción voluntaria del embarazo en 1973 en la causa “Roe contra Wade”. El estreno de esta cinta coincide con el fallo de la Corte Suprema estadounidense, en junio de 2022, que deroga la sentencia de los setenta, dejando de considerar las interrupciones del embarazo como un derecho reproductivo. La nueva sentencia pone en manos de los Estados legislar sobre el aborto y una mayoría ha dejado de considerarlo como derecho, imponiendo severas restricciones.

La propuesta fílmica de Nagy que relaciona el aborto con la liberación feminista nos presenta un caso ficticio, el de Joy, personaje interpretado por Elizabeth Banks para formular un razonamiento inductivo incompleto en el que la premisa particular de partida se eleva a conclusión general verdadera de manera forzada y con una débil fundamentación, como veremos.

La trama del film justifica todos los extremos de la actividad de la red activista clandestina proabortista a partir de lo que le sucede a la protagonista. Una mujer casada de clase acomodada y madre de una hija se queda embarazada sin desearlo y desarrolla una afección cardiaca que pone en peligro su vida si sigue adelante con la gestación. Joy se siente sola cuando la dirección del hospital se niega a realizar la intervención y recurre a la organización clandestina de mujeres que dirige Virginia -papel interpretado por Sigourney Weaver- con la que contacta a partir de una enigmática propaganda que llega casualmente a sus manos: “Si estás embarazada y necesitas ayuda, llama a Jane”.

La mujer convence a su familia de que ha perdido de forma espontánea el bebé y, tras el aborto, se convierte en una destacada activista de este colectivo clandestino. Sin formación médica llega a practicar abortos y enseña a otras mujeres que también carecen de la preparación adecuada. Tal decisión se fundamenta en supuestas buenas intenciones de marcado criterio utilitarista: abaratar los costes de cada aborto y atender la demanda creciente de mujeres que alegaban dificultades económicas para seguir adelante con su embarazo.

Las prácticas para realizar abortos se realizan con calabazas, extrayendo su fruto, las pepitas, como si se tratase de embriones. Al enfoque idealizado de lo que, en realidad, es un auténtico drama contribuye la evitación de la palabra aborto que se sustituye por el término “intervención”; la alusión a los embriones malogrados es un cubo con la etiqueta: “residuos infecciosos”. Además, en ningún momento de la cinta se plantean dilemas morales, los riesgos para la salud física y psicológica de las gestantes o una reflexión sobre el fracaso social y político que implica la ausencia de ayudas a las mujeres embarazadas y a las familias. El film acaba homenajeando al colectivo sin una visión crítica de algunas cuestiones como las referidas y con un enfoque reduccionista al dejar de contemplar perspectivas que resultan esenciales para no objetualizar al otro. En este caso, se desposee al embrión de la consideración ética que merece toda vida humana y, por ende, no se respeta su dignidad intrínseca.

Valoración bioética

La propuesta fílmica de Todas somos Jane plantea, desde una perspectiva personalista, objeciones bioéticas esenciales frente al tratamiento del drama del aborto de forma simple e idealizada.

Un aspecto clave es partir de la débil y errónea premisa de que la libertad y la autonomía, sin límites ni fronteras, pueden justificar cualquier decisión y convertirse en el único vector de indagación, reconocimiento y relación con lo humano. Caer en esta trampa implica descuidar otras dimensiones morales esenciales que tienen que ver con la centralidad y la dignidad de la vida humana desde la concepción. El Otro es tratado como objeto, no como otra persona, cuando se ignoran notas esenciales de la estructura humana como la afectividad, la relacionalidad, el ser corpóreo y también espiritual, o la novedad que aporta cada persona al mundo en su unicidad e irrepetibilidad. Además, puede resultar limitante el planteamiento de la sororidad femenina al ceñirla sólo al aborto como única solución sin contemplar un vector humano esencial como es la solidaridad que nace de la sociabilidad como seres vulnerables y dependientes unos de otros. Ello podría dirigirnos a una cultura de la vida frente a la cultura de la muerte que justifica que algunos no vivan para que otros puedan seguir haciéndolo.

También resulta cuestionable éticamente que la pregunta sobre el bien de una acción se fundamente sólo en las buenas intenciones, en este caso, las del colectivo o las de la propia protagonista. Ello puede convertirse, como sucede en la trama, en una justificación fácil de graves injusticias y maldades. En la lectura fílmica que nos ocupa, es lo que sucede cuando se naturaliza o incluso se propone como algo valioso o bueno, un acto casi de heroicidad a imitar, que mujeres practiquen abortos a partir de ensayar con calabazas, extrayendo las pepitas, como paso previo a malograr los embriones. O que se equipare la interrupción del embarazo en el caso excepcional y extraordinario de que suponga un peligro para la vida de la madre con el de la joven que recurre al aborto hasta en tres ocasiones porque no tiene acceso a una educación sexual y reproductiva, o como la única salida para miles de mujeres que alegan problemas económicos sin detenerse en examinar el fracaso social y político que esto implica.

El filósofo moral Robert Spaemann en su obra Ética: Cuestiones fundamentales afirma: “El mal consiste en que, al perseguir un bien de una manera que no se puede justificar, se cause o se acepte a cambio un mal. Sobre todo, si hace que otros paguen el precio. La buena intención no cambia en nada la injusticia del acto”. Spaemann alerta de que justificar actuaciones desde la buena intención es una escuela de inautenticidad cuando se pretende hacer algo que no se debe hacer -en este caso acabar con vidas humanas- tratando de desviar la atención de los aspectos negativos de una acción para sesgar la mirada. Precisamente, ahí está el mal porque la mirada de lo real se enturbia con sentimentalismos, ideologización o reduccionismos que no nos dejan ver lo que se hace pagar a otros.

 

Amparo Aygües

Ex alumna Master Universitario en Bioética

Colaboradora del Observatorio de Bioética