Al hilo de la noticia que conocimos en el año 2022 sobre la muerte por eutanasia de la joven belga Shanti DeConte, que sobrevivió a los atentados del aeropuerto de Bruselas y entró en una depresión, retomamos nuestra reflexión sobre uno de los rostros más siniestros de esta práctica inaceptable.

Como se sabe, la joven de 23 años recibió la eutanasia el 7 de mayo de 2022 y falleció acompañada por su familia. El hecho de que fuera tan joven y de que no padeciera ninguna enfermedad física generó una gran controversia.

Seis años antes, el 22 de marzo de 2016, ocurrió un suceso que la traumatizó hasta el extremo de terminar solicitando la eutanasia. Se encontraba en el aeropuerto de Bruselas a punto de partir de viaje junto a sus compañeros de colegio cuando sufrió un atentado. Unos terroristas detonaron dos bombas que acabaron con la vida de 16 personas y aunque ella no resultó herida quedó traumatizada para siempre.

No era la primera vez que sufría serios problemas psicológicos, ya que con anterioridad había estado ingresada en un centro psiquiátrico, pero el atentado acentuó su frágil salud mental.

Unas semanas después del atentado, Shanti fue internada en un hospital psiquiátrico de Amberes, en el que ya había sido ingresada con anterioridad, y donde en 2018 fue víctima de un intento de agresión sexual por parte de otro paciente. Esto agravó su enfermedad y le llevó a intentar suicidarse.

Según ella misma decía en las redes sociales tomaba hasta 11 antidepresivos cada día: “Con toda la medicación que estoy tomando, me siento como un fantasma que ya no siente nada. Quizás haya otras soluciones además de los medicamentos”.

En el año 2020 volvió a intentar suicidarse. Mientras que su estado empeoraba la medicación que tomaba era cada vez mayor.

Sus cinco mejores amigas, que también estaban en el aeropuerto cuando tuvo lugar el atentado y tuvieron problemas para sobreponerse a la tragedia, participaron en una “Semana terapéutica”. Este proyecto, organizado por Myriam Vermandel, ofrecía atención médica y terapéutica a las víctimas de los atentados de Bruselas.  Aunque sus amigas asistieron, Shanti DeCorte declinó la invitación y se puso en contacto con una asociación que defendía el “derecho a morir con dignidad”.

En abril de 2022 presentó una solicitud de eutanasia por “padecimientos psiquiátricos irrevocables”, que fue aprobada por dos psiquiatras. Y finalmente en mayo de ese mismo año recibió la eutanasia y falleció.

En Bélgica, la eutanasia es legal siempre que la solicitud sea voluntaria, considerada, repetida y por escrito. El paciente debe estar en una situación de sufrimiento mental y físico insuperable, resultado de una enfermedad incurable. En 2021 solo un 1.9% de las peticiones de eutanasia en Bélgica fueron de personas con problemas mentales.

Otros precedentes

Previamente, hemos incidido en el Observatorio de Bioética sobre la tendencia que se constata en los países en los que se legalizan las practicas eutanásicas hacia una mayor tolerancia a la hora de incluir como candidatos a la eutanasia a pacientes no afectados con enfermedades terminales ni incurables, como es el caso de las enfermedades mentales.

La aplicación de eutanasia a pacientes con depresión o aquejados de estrés postraumático, como este caso, pone de manifiesto, una vez más, el rostro siniestro de esta práctica: Lejos de asistir a pacientes psiquiátricos para tratar de revertir su enfermedad, o al menos paliarla, se opta por eliminar al enfermo en lugar de tratar de curarlo. Este tipo de prácticas ponen de manifiesto que la eutanasia no es en realidad un acto médico porque se basa en omitir la atención y el cuidado que el paciente que sufre, terminal o no, demanda.

La extensión de la eutanasia a niños incapaces para admitir un consentimiento informado supone un atentado contra la libertad y la dignidad de la persona injustificable en todo caso.

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