Se trata de los embriones más antiguos usados de forma exitosa, según el Centro Nacional de Donación de EE.UU.

Algunos medios se hacen eco del alumbramiento hace tres semanas de dos bebés gemelos que fueron concebidos hace treinta años y cuyos embriones permanecían congelados desde entonces.

El 22 de abril de 1992 una pareja anónima decidió someterse a un tratamiento de fertilización in vitro. Para tal fin utilizaron a una donante de ovocitos de 34 años y a un donante de esperma de 50. Los embriones obtenidos se congelaron y permanecieron almacenados durante casi tres décadas en nitrógeno líquido a casi 200 grados bajo cero, hasta que los propietarios de los embriones decidieron donarlos al Centro Nacional de Donación de Embriones de Knoxville, en el estado de Tennessee, para que otra pareja pudiera usarlos.

Los esposos Rachel Ridgeway y Philip Ridgeway, padres de cuatro hijos, de ocho, seis, tres y casi dos años, todos concebidos de forma natural, se han se han convertido en los padres de los bebés Lydia Ann y Timothy Ronald, que, hasta la fecha, han sido los embriones congelados más antiguos que han logrado nacer. Rachel Ridgeway accedió, mediante reproducción asistida, a que los embriones le fueran implantados, gestándolos de forma exitosa.

Anteriormente  un embrión de 24 años y otro de 27 eran los que más tiempo habián permanecido criopreservados. El Centro Nacional de Donación de Embriones es una organización privada que ha ayudado al nacimiento de más de 1.260 bebés a partir de embriones donados.

Valoración Bioetica

La adopción de embriones sobrantes de las técnicas de reproducción asistida constituye un tema polémico que hemos abordado previamente.

La tragedia del enorme número de embriones humanos que permanecen criopreservados con un destino incierto o condenados directamente a su destrucción, Divorcio y embriones congelados ¿cómo se los repartirían sus padres ? constituye uno de los efectos indeseables principales de las técnicas de reproducción asistida, para el que hoy no se ha ofrecido una solución satisfactoria. Por el contrario, este número sigue incrementándose, saturando los criopreservadores de las clínicas que practican estas técnicas.

El destino de estos embriones puede ser múltiple. Existe la posibilidad de que sean finalmente implantados en el útero de una mujer que acceda a gestarlos, que puede ser la madre genética, que aportó el ovocito, u otra distinta. Pero estos casos son los menos frecuentes. Lo más habitual es que, en la mayoría de los casos, los embriones sobrantes no sean reclamados por los padres genéticos, pudiendo, tras el transcurso de los cuatro años que establece la ley, ser donados para la investigación biomédica, lo que supondrá inevitablemente su muerte.

En algunos casos, accidentes que han afectado al funcionamiento de estos criopreservadores, han provocado la muerte de un número indeterminado de estos embriones.

Los embriones criopreservados no implantados ni donados para la investigación, son víctimas de un destino incierto, probablemente su muerte por descongelación, que supone un inaceptable atentado contra su dignidad humana.

La adopción de embriones congelados

Los embriones no reclamados por sus padres genéticos tienen una única oportunidad de vivir que pasa por ser gestados por mujeres que los adopten. Esta posibilidad permite que finalmente vivan aquellos seres humanos que en estado embrionario, sufren una situación indigna permaneciendo abandonados en estado de criopreservación, sin otra esperanza de vida que ser implantados en el útero de mujeres que los acojan.

Pero, según hemos informado previamente, esta posibilidad no está exenta de dificultades éticas.

Aceptar la utilización de las técnicas de reproducción asistida, implica situar el comienzo de la vida humana fuera de su entorno natural: el abrazo amoroso del varón y la mujer que se entregan mutuamente y acogen el fruto de su donación. La fecundación in vitro tecnifica este proceso, sustituyendo su entorno natural por una placa Petri en el laboratorio. El recurso a estas técnicas por parte de parejas que, sin problemas de esterilidad, acceden a gestar estos embriones condenados a muerte para devolverles la posibilidad de vivir constituye un acto de generosidad indudable, pero se han planteado objeciones al proceso en el sentido de que podría contribuirse a la legitimación de procedimientos viciados de raíz, como son las técnicas de reproducción asistida. Sin embargo, a estas críticas puede oponerse el argumento de que los padres adoptivos, como se relata en el caso que nos ocupa, no han promovido el proceso de obtención de embriones in vitro, ni son responsables, por tanto, del excedente resultante, sino que acuden, a posteriori, a ofrecer la única salida posible para mantenerlos con vida y dejarles nacer. El recurso a la gestación de estos embriones mediante reproducción asistida constituiría, por participar de estas técnicas, un mal menor, que, por otra parte, constituye la única solución digna para ellos.