Es un error reducir al ser humano a su capacidad de sentir. No somos solamente seres sintientes, nuestra definición más profunda es lo que somos: personas, y esto desde el inicio. En ningún momento es moralmente lícito terminar con la vida de un ser humano, basándonos en su estado de desarrollo biológico.

Hasta hace pocos años, se pensaba que el feto humano era ajeno al dolor. No obstante, los avances científicos que vamos conociendo, plantean nuevos datos que implican dilemas éticos relacionados con las intervenciones con fetos.

En una conferencia, presentada el 15 de febrero de 2022 en el Congreso: Conference on Retroviruses and Opportunistic Infections CROI 2022,  se aportaron evidencias acerca de la capacidad de los fetos para sentir dolor, obtenidas tras su estudio anatómico, fisiológico y embriológico. Se han podido observar señales de llanto, y otras reacciones a través de movimientos y parpadeos, que muestran su capacidad para ser excitados por estímulos externos como ruidos estridentes o repentinos. También se ha visto que, en cirugías intrauterinas, los parámetros vitales como la frecuencia cardíaca, cambios respiratorios u hormonas del estrés, varían como respuesta a una intervención invasiva. Todo esto abre un dilema acerca de los límites en la cirugía fetal, en la que debería evaluarse cuándo se inicia el desarrollo de la percepción del dolor y cuándo éste se hace consciente, entre otros aspectos, para ponderar adecuadamente los daños que pueden infligirse al feto en estas intervenciones, adecuándolas de modo que respeten su dignidad, como ocurre en cualquier otra intervención.

Anand y Carr, publicaron en 1989, un gran estudio explicando el desarrollo fetal en relación con la percepción del dolor. Explican cómo a lo largo del primer trimestre gestacional, se produce el desarrollo de la amígdala cerebral (1), centro del miedo y la ansiedad procedente del diencéfalo y telencéfalo. Por otra parte, se produce la sinapsis entre las fibras sensitivas y las neuronas receptivas del asta dorsal de la médula espinal (2). Asimismo, los encargados del proceso neuronal de señalización de daño tisular, los nociceptores, se encuentran distribuidos en la piel del feto en la misma proporción que en el adulto, primero en la piel (semanas 11 y 15) y más tarde en las mucosas (semana 20), además de la producción de neuro transmisores (3).

En el segundo trimestre, entre las semanas 14 y 26, se desarrolla primero la subplaca, estructura primordial del cerebro fetal para el procesamiento de la información tálamo- cortical y, posteriormente, las conexiones tálamo-corticales (4).

A finales del segundo y principios del tercer trimestre, las vías de la nocicepción ya se consideran íntegras. A partir de la semana 29-30 podemos considerar que está presente la capacidad de una percepción consciente (5). La única diferencia es la incompleta mielinización de las vías nerviosas en la semana 37. La vaina de mielina permite que los impulsos se transmitan de manera rápida y eficiente a lo largo de las neuronas por lo que, su ausencia, no imposibilita la transmisión, sino que es simplemente más lenta.

Según la International Association for the Study of Pain (IASP) el dolor es “una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a un daño tisular real o potencial”. Además, este es siempre subjetivo y supeditado a la experiencia. Sin embargo, como se afirma en un reciente artículo publicado en la revista Cuadernos de Bioética “diversos autores han manifestado su insatisfacción en relación al rechazo del dolor fetal basado en una definición que no incluye a aquellas personas que no son conscientes de su propio cuerpo o que no pueden describirlo, como es el caso de las personas con discapacidad cognitiva, los recién nacidos y por presunción los fetos”, por lo que sería necesario ampliar esta definición que excluiría a tantas personas.

Esta redefinición de la capacidad de percepción del estímulo doloroso afecta a numerosas intervenciones como el diagnóstico prenatal, la cirugía fetal y, sobre todo, el aborto. El reconocimiento basado en estas evidencias, de que el feto sobre el que se practica el aborto es capaz de experimentar dolor, podría modificar la actitud de algunas mujeres y sanitarios implicados, que podrían reconsiderar su decisión de participar en abortos.

En cuanto a las intervenciones quirúrgicas fetales o de diagnóstico prenatal, debería evaluarse la necesidad de aplicar anestesia para tratar de paliar el sufrimiento al que puede ser sometido el feto. En caso contrario se estaría procediendo de modo maleficente sobre él.

La diversidad de opiniones sobre cuándo comienza la vida humana en el útero, así como cuándo el embrión o el feto deben ser considerados personas, dificulta que pueda ofrecérsele un trato digno como a cualquier otro paciente, con dignidad y derechos.

Constituye un deber del médico y el personal sanitario, así como de la sociedad en su conjunto, abordar esta cuestión, para dar cumplimiento a lo que afirma La Declaración de Ginebra en el sentido de que “existe una necesidad urgente de adoptar medidas directas y eficaces para hacer frente a las causas fundamentales de las amenazas y de la violencia en nuestra contra”.

 

Julio Tudela

Paloma Aznar Campa

Instituto Ciencias de la Vida

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

 

 

1 Muller, F., O´Rahilly, R. “The amygdaloid complex and the medial and lateral ventricular eminences in staged human embryos”.

J Anat. 2006; 208 (5): 547–564.

2 Anand, K. J. S., Hickey, P. R. “Pain and its effects in the human neonate and fetus”. New England Journal of Medicine. 1987; 317: 1321-29.

3 Tadros, M. A., Lim, R., Hughes, D. I., Brichta, A. M., Callister, R. J. “Electrical maturation of spinal neurons in the human fetus: comparison of ventral and dorsal horn”. J Neurophysiol. 2015; 114 (5): 2661-71.

4 Kostović, I., Judas, M. “The development of the subplate and thalamocortical connections in the human fetal brain”. Acta Paediatr. 2010; 99: 1119-27.

5 Lee, S. J., Ralston, H. J., Drey, E. A., Partridge, J. C., Rosen, M. A. “Fetal pain: a systematic multidisciplinary review of the evidence”. JAMA. 2005; 294: 947-54.