Desde el pasado mes de diciembre la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos permite que la píldora abortiva sea dispensada por correo a sus usuarias. Hasta ese momento las mujeres que querían abortan debían ir a un centro médico a recoger la receta para poder comprar las pastillas.

El principio activo de la píldora abortiva es mifepristona, un fármaco que bloquea los receptores de la progesterona, hormona del embarazo, y que permite abortar hasta las diez semanas de gestación. Suele administrarse asociada a una prostaglandina, el misoprostol, que incrementa el efecto abortivo.

Esta nueva medida proporciona el acceso al aborto a mujeres que no quieran acudir a un hospital, ya que pueden tener una consulta online con su médico y recibir por correo la medicación para practicarse el aborto en casa.

En Estados Unidos, más del 40% de los abortos se realizan por medio de la píldora abortiva, dado que este método es mucho más barato que una intervención quirúrgica para terminar con el embarazo.

Valoración bioética

El aborto químico, que es como se denomina el producido por la administración de fármacos, tal como ya indicamos en un informe previo con ocasión de la posibilidad de conseguir el fármaco a través de una página web en Holanda, desde 2017, presenta un riesgo importante de efectos secundarios, que se presentan con frecuencia tras su administración, destacando hemorragias vaginales, dolor abdominal, náuseas, vómitos y fatiga. En algunos casos la intensidad de la hemorragia vaginal hace necesaria una transfusión sanguínea. Por ejemplo, según se muestra en estudios relacionados, entre septiembre de 2000 y septiembre de 2004 se notificaron 607 accidentes secundarios: 237 hemorragias, 1 con fallecimiento de la paciente, 42 con riesgo de muerte, 168 graves, 68 que requirieron transmisión sanguínea; 66 infecciones, 7 casos de shock séptico, 3 con fallecimiento, 4 casos graves potencialmente fatales; 513 pacientes requirieron una intervención quirúrgica secundaria posterior, 235 de urgencia y 278 no urgente. Se puede considerar como un efecto secundario la necesidad de tener que realizar un aborto quirúrgico al fallar el aborto químico. Esta posibilidad oscila entre el 1% y el 10% de los casos. Esta segunda intervención quirúrgica secundariamente puede incrementar el riesgo de esterilidad permanente.

En cuanto al misoprostol, los efectos secundarios más frecuentes son náuseas, vómitos, diarrea, mareos, dolor de cabeza, escalofríos y fiebre.

El aborto inducido con mifepristona se asocia a porcentajes más elevados de hemorragias, náuseas, vómitos y dolor abdominal, que el quirúrgico; presenta efectos teratogénicos en caso de que el embarazo prosiga y requiere más visitas hospitalarias.

Existen además contraindicaciones para la administración de mifepristona, tal como figura en el prospecto del fármaco, como son, de forma absoluta: embarazo ectópico conocido, reacciones alérgicas a estos fármacos, porfiria hereditaria, insuficiencia suprarrenal y tendencia hemorrágica si han transcurrido más de 63 días desde la última menstruación. Son contraindicaciones relativas, el que la mujer esté recibiendo corticoides, padecer anemia severa, tener factores de riesgo o enfermedad cardiaca y padecer asma.

A la luz de estos datos, no parece indicado facilitar el acceso de estos fármacos eliminando controles en su dispensación, monitorización y seguimiento posterior dada la importante prevalencia de complicaciones asociadas. Al hecho reprobable bioéticamente de utilizar fármacos con probado efecto abortivo para terminar con la vida de un ser humano en estado embrionario, habría de añadirse lo inaceptable de su banalización, promoviendo que mujeres solas se enfrenten al hecho de un aborto provocado y sus consecuencias, dificultando el poder ser atendidas cuando se presenten las complicaciones graves que lo requieran.

El aborto no es nunca una solución. Sigue constituyendo un serio problema, que lejos de ser abordado como requiere, mediante la información, la educación sexual y el acompañamiento y apoyo a la mujer que sufre un embarazo no deseado, parece promoverse facilitando el acceso con escaso control a fármacos abortivos y fomentando su práctica desde el anonimato, que hace, por otra parte, que muchos de estos abortos no sean declarados ni registrados estadísticamente, contribuyendo a falsear la dimensión actual del problema.