Una mujer ciega, de 70 años, recurrió en 2012 a la “Clínica para Morir” holandesa (Levenseindekliniek), la primera institución privada de su clase en el país, para que le practicaran la eutanasia. El caso, conocido ahora, ha reavivado el debate sobre la ayuda al suicidio para personas que consideran insoportable su sufrimiento psíquico, pero no están desahuciadas por una enfermedad física con dolores inaguantables.  La anciana en cuestión era viuda, vivía sola y había intentado quitarse la vida en varias ocasiones. “Su obsesión por la limpieza contribuía a su desespero, al no poder ver las manchas de su ropa”, ha dicho la geriatra Lia Bruin, que la trató en nombre de la clínica. El fallecimiento se ha hecho público con las últimas cifras sobre las eutanasias practicadas en 2012 que aumentaron un 13% hasta sumar 4.188.