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Trasplantes de órganos postmortem. Aspectos médicos y éticos

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Trasplantes de órganos postmortem. Aspectos médicos y éticos
26 febrero
12:16 2016

En un reciente artículo del diario El País, se critica una supuesta oposición de la Iglesia Católica a algunos trasplantes.[i] En palabras de Rafael Matesanz, creador en 1989 de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) española, “incluso hoy, la Iglesia Católica sigue presionando para impedir algunos tipos de trasplantes, en países como Italia y Polonia”, sigue afirmando en el mismo artículo: “Yo fui durante tres años asesor de trasplantes en la Toscana y allí se nota la influencia del Vaticano. En Italia no han conseguido introducir la donación en parada cardiaca por las presiones de la Iglesia católica”.

Cuando uno lee esto, aderezado por otros datos muy negativos, extraídos de la época del comienzo de los trasplantes, nos parece que hay una cierta información sesgada sobre la posición de la Iglesia Católica sobre ese tema, por lo que nos parece de interés reflexionar sobre ello.

El conflicto de intereses  de los trasplantes post mortem

La cuestión que nos ocupa se refiere al trasplante post-mortem, y a la dificultad que surge ante la delimitación precisa de los criterios para establecer la muerte de un paciente con la máxima seguridad, a efecto de serle extraídos sus órganos que se utilizarán para trasplante.

El conflicto radica en la necesidad de celeridad en la extracción de los órganos que han de trasplantarse, con el fin de que no sufran daños irreversibles que malograrían la intervención. Esta premura viene irremediablemente limitada por la necesidad de cerciorarse de que el paciente donante ha muerto definitivamente. La extracción de un órgano en un paciente agonizante pero no todavía fallecido, implicaría provocarle la muerte, extremo inaceptable éticamente.

Por tanto, podría pensarse que una definición escrupulosa del momento de la muerte, interferiría, por retrasarlo, en la posibilidad de obtener más órganos y en mejores condiciones. Parece que las críticas del artículo periodístico referido hacia la Iglesia Católica irían en esta dirección.

De igual modo, modificar los criterios de muerte, de modo que sean menos exigentes, permitirían intervenir antes y en más casos, con el beneficio que esto supondría para los pacientes que esperan un órgano para su curación. Entones, ¿dónde está el límite? ¿tiene sentido esperar ante un paciente agonizante, para extraer sus órganos siendo que esto perjudica a los enfermos que los esperan para salvarse?

Como establecer cuándo se produce la muerte

Aquí radica el principal conflicto para establecer cuál es el momento indicado en que debe ser realizada la extracción de órganos para trasplante.

Cuanto menos restrictivo sea el criterio aplicado para determinar el momento de la muerte, más órganos y en mejores condiciones estarán disponibles. Por el contrario, una definición escrupulosa que pretenda asegurar que el paciente está realmente muerto antes de serle extraídos sus órganos, implicará una pérdida de oportunidades para muchos de ellos, extremo al que se refiere el Dr. Matesanz en la entrevista referida.

Clásicamente la delimitación del momento de la muerte se asocia a la parada cardiorrespiratoria y la aparición del rigor mortis.  El avance en los métodos de diagnóstico ha permitido poder certificar una muerte sin necesidad de que aparezca el rigor mortis, bien constatando inequívocamente una parada cardiorrespiratoria irreversible o bien una muerte encefálica global, esto es, que incluya el cerebro superior y el troncoencéfalo.[ii]

Parada cardiorrespiratoria: limitaciones

La existencia de parada cardiorrespiratoria implica la ausencia de oxígeno en todos los tejidos del organismo, incluido el cerebro, pero no de forma inmediata. El dilema de utilizar la parada cardiorrespiratoria como criterio para establecer el momento de la muerte, estriba en la capacidad de resucitación que posee un individuo durante un tiempo posterior a la parada. La intervención sobre un paciente al que se le ha parado el corazón transcurridos solo algunos minutos no asegura que su organismo esté definitivamente muerto, por lo que la extracción de sus órganos en esa situación resulta éticamente inadmisible e incompatible con el respeto a la dignidad de esa vida humana.[iii]

Es por tanto crucial, establecer criterios objetivos científicamente argumentados, que permitan establecer el tiempo tras el cual un organismo en parada cardiorrespiratoria puede considerarse muerto de forma inequívoca, desprovisto de toda capacidad de resucitación y con deterioro, por tanto, definitivo de su organismo incompatible con la vida, lo cual incluiría la muerte encefálica global.

La determinación de este periodo es objeto de controversia, admitiéndose como suficiente 75 segundos por algunos autores, o hasta 15 minutos por otros.[iv]

Muerte cerebral: limitaciones

El diagnóstico de muerte cerebral es el criterio más utilizado hoy en día para la determinación del momento de la muerte de un posible donante de órganos para trasplante. Puede darse la muerte cerebral detectada  trasplantes3por inactividad en el electroencefalograma, aun persistiendo el latido cardiaco, y, por tanto, el suministro de oxígeno al resto de tejidos del individuo. Determinar que un paciente con electroencefalograma plano es un paciente fallecido al que pueden extraérsele sus órganos, aun persistiendo la función cardiorrespiratoria es, cuanto menos, imprudente. Aun siendo el cerebro un órgano vital de la persona, ésta no es solo cerebro, por lo que podría esgrimirse el principio de totalidad, que la define como un conjunto complejo, en el que la muerte de una parte no implica necesariamente la muerte del todo.

Otro tema polémico es definir la propia muerte cerebral: ¿se refiere a la muerte de los hemisferios cerebrales (cerebro superior),[v] o también al troncoencéfalo, cerebro inferior, que suministra soporte vital al resto del organismo? [vi]

La definición de muerte cerebral  referida solo al cerebro superior es utilizada por los partidarios de la “eficacia” en la donación y trasplante de órganos, dado que permite una actuación más rápida y más probabilidades de éxito para el receptor. También implica menos certeza sobre si el paciente está realmente muerto o no.

Ampliar el criterio de muerte cerebral a la muerte del tronco del encéfalo implica extender el daño cerebral al resto del organismo, que se verá en este caso afectado irremediablemente hacia su muerte definitiva, por afectarse la respiración y, por tanto la viabilidad cardiaca.[vii]

La consideración de esta “muerte encefálica global” que incluye el tronco del encéfalo, excluye irremediablemente a pacientes que de otro modo (considerando solo la muerte cerebral en su criterio menos restrictivo) serían susceptibles de serles extraídos sus órganos. Esto reduce la eficacia del proceso, pero incrementa la certeza de que la extracción de órganos de realiza sobre un cadáver y no sobre un paciente aún vivo.

Su diagnóstico fiable puede requerir el recurso a técnicas como ultrasonografía doppler transcraneal, angiografía o resonancia magnética, además del electroencefalograma.[viii]

Criterio combinado: muerte cerebral y parada cardiorrespiratoria

Como hemos explicado la existencia de muerte cerebral total, implica en breve periodo de tiempo, la parada cardiorrespiratoria. Establecer la existencia de estos síntomas y mantener un periodo prudencial de tiempo en el que sea excluida toda posibilidad de resucitación parecen los criterios más seguros para determinar cuándo se ha producido el óbito.

¿Qué dice la Iglesia Católica del proceso de la donación y trasplante de órganos?

En numerosas ocasiones la Iglesia no solo ha considerado lícita la donación de órganos, sino que la ha definido como un verdadero acto de amor, que recomienda vivamente.[ix]

¿De dónde provienen, pues, las agrias críticas a las que nos referimos?

Lejos de esgrimir inconvenientes al proceso de donación y trasplante de órganos, lo que exige es el respeto a la dignidad personal de todo ser humano, desde su concepción a su muerte natural. Esto es, un agonizante sigue siendo un ser humano plenamente digno, merecedor de todo respeto, por lo que constituye un acto grave cualquier intervención que le provoque la muerte directamente, extremo que sucedería en el caso de la extracción de órganos a un paciente que no haya muerto.

A este respecto, la Iglesia Católica considera válido el criterio de muerte encefálica global como criterio para determinar el momento de la muerte, según consta en un documento elaborado por Academia Pontificia de las Ciencias titulado  “Por qué el concepto de muerte cerebral es válido como definición de muerte”, publicado en  2008.[x]

Son los postulados utilitaristas, que relativizan el concepto de dignidad humana y lo someten a su utilidad, los que se muestran partidarios de “facilitar” el proceso de donación de órganos, simplificando el diagnóstico de muerte. Podría decirse desde esta ética utilitarista, que el individuo que está a punto de morirse no es ya merecedor de derechos en la misma medida que el resto, por lo que, en función de la utilidad de sus órganos para un tercero, podría intervenirse sobre él, aún no definitivamente muerto, en aras de mejorar la eficacia de la técnica y en beneficio de los posibles receptores.

Es el mismo criterio que se aplica a los ancianos para los que se solicita la eutanasia, o los fetos enfermos, o los embriones congelados o sobrantes de las técnicas de reproducción asistida, o los descartados como consecuencia del diagnóstico genético preimplantacional. Al fin de  al cabo, no son útiles, por lo que no serían dignos.

La Iglesia Católica se ha manifestado en contra de estos criterios utilitaristas con la misma nitidez con la que se ha mostrado a favor de la donación y trasplante de órganos.

Pero ninguna vida vale más que otra, y nunca ha reconocido lícito matar a unos para salvar a otros, porque cada vida es digna de ser vida en sí misma.

Salvaguardar el derecho a la vida de todo ser humano no es ir contra el progreso. Al contrario, atentar contra él es la más regresiva de las actitudes posibles.

justo aznar Definitiva    julio-tudela

Julio Tudela y Justo Aznar

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

Referencias:

[i] http://elpais.com/elpais/2016/02/10/ciencia/1455109819_016399.html
[ii] Tonti-Filippini N. “Secularism And Loss Of Consciousness About The Diagnosis Of Death. The National Catholic Bioethics Center 2010;10(3):491-514
[iii] Machando C, Dorein J. Irreversibility: Cardiac Death Versus Brain Death. Institute of Neurology and Neurosurgery. Havana Cuba. Rev. Neurosci 2009, 20(3-4):199-202
[iv] Harrington MM. The Flat Line: Redefining Who Is Legally Dead In Organ Donation After Cardiac Death. Denver University Law Review. 2009;86(2)
[v] E. Mays WE, Defining Death and Organ Transplantation, Catholic Bioethics And The Gift Of Human Life, Huntington (USA) 2008. Pag.353, Second Edition
[vi] Jan MM. Brain Death Criteria: The Neurological Determination Of Death. Neuroscience 2008;13(4):350-5
[vii] Bernat JL. On Irreversibility As A Prerequisite For Brain Death Determination. Adv. Exp. Med. Biol. 2004;550:161-7
[viii] Machado C, Pérez J, Scherle C, Korein J. When are Ancillary Tests Recommended In Brain Death Confirmation? The Internet Journal Of Neurology 2010;12(2)
[ix] https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2008/november/documents/hf_ben-xvi_spe_20081107_acdlife.html.
[x] Statement by the Pontifical Academy of Sciences and Responses to Objections Extra Series 31
Vatican City, 2008. p.54 http://www.pas.va/content/accademia/en/publications/extraseries/braindeath.html
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